REAL VALLADOLID-NUMANCIA (CRÓNICA)
Demasiados enemigos
El Valladolid choca con un pésimo árbitro que le anula el gol del triunfo, la dureza del Numancia y su sempiterna falta de continuidad

Villar se lamenta tras una ocasión fallada.-MIGUEL ÁNGEL SANTOS
No fue el acontecimiento histórico planetario de la Pajín, pero casi. Una confluencia de fuerzas malignas se alineó ayer contra el Real Valladolid. Las exógenas se llamaron arbitraje y dureza del rival. La endógena: falta de personalidad, traducible en esa continuidad y mando en el juego que los blanquivioleta son incapaces de encontrar. Para ellos parece la Atlántida.
Figueroa Vázquez se cargó un partido que los locales merecieron ganar. De hecho marcaron más goles que el Numancia, sólo que la torpeza arbitral impidió computarlos legalmente. Lo del trencilla fue una exhibición de torpezas, desde el principio hasta esa traca final en forma de gol legal anulado por fuera de juego con 2-2 y a falta de cuarto de hora.
Total, si le ha señalado antes dos o tres al mismo futbolista, ¿cómo no va a estarlo en la siguiente jugada? La táctica de no pensar para pitar, lastrado por un estólido auxiliar, fue un fracaso. El gol era válido. Como también lo hubiese sido un remate a la red de Roger en el minuto 15, tras haber señalado Figueroa otro órsay inexistente.
El trencilla estuvo sembrado. Debe ser que el derbi con los sorianos atrae este tipo de actuaciones. O a los más torpes. Aún se recuerda la exhibición de Piñeiro Crespo en el partido de la primera vuelta, con una rajada incluida de Braulio que le costó una sanción económica al director deportivo.
Aquel encuentro también les sirvió a los rojillos para encontrar un guión con el que enfrentarse a los pucelanos. Está compuesto por reiteradas protestas al colegiado, golpes desequilibrantes y agarrones al jugador que va a recibir el balón, y hachazo si logra controlarlo. Los numantinos se miden y ven hasta dónde les deja llegar el árbitro. No es cosa de quedarse con siete en el campo. Ayer hubo barra libre y se pusieron las botas, como las termitas ante un salón-comedor de pino macizo.
Pero también hay que buscar en las entrañas para explicar este nuevo fracaso en Zorrilla, estadio donde el Real Valladolid sólo ha ganado cinco de sus trece partidos. El defecto propio exhibido con total impudicia fue el de la falta de continuidad, de mando, de lectura. Eso que separa a los buenos, los que imponen su ley, los que tocan la música, de los del montón, que la bailan moviéndose siempre al ritmo que dictan los primeros.
Los pucelanos no lo tienen ni se ven expectativas de que vayan a adquirirlo. Porque cada paso para adelante está seguido de una pausa o uno atrás, aunque lleven siete encuentros sin perder. El empate es la victoria del pobre.
Duele más la igualada porque todo se puso de cara. Los de Portugal comenzaron mordiendo, intensos y utilizando los pasillos interiores para desarbolar al Numancia. A los 4 minutos llegó el 1-0. Un fuerte disparo de Roger que Munir se tragó. El cuero pasó por encima de su cabeza, como si fuese un tiro de balonmano, pero el melillense no supo reaccionar.
Los locales comenzaron a tejer buen fútbol, con Roger apoteósico, Rennella muy centrado, Villar intermitente y Mojica poco visible. El 2-0 pudo llegar de nuevo con Roger, con un fuera de juego mal anulado. Y con Villar, si no hubiese chutado flojo y al centro en un mano a mano con Munir.
A los 20 minutos se acabaron las ideas y el juego entró en una fase abúlica. El Numancia, que sólo había avisado con dos faltas de Julio Álvarez, se estiró. Pedraza obligó a realizar una portentosa parada a Kepa. Y al filo del descanso, la desgracia. Nikos y Silva se dan un cabezazo y el griego queda en el suelo sangrando. El Numancia sigue, el cuero pasea por el área pequeña y Callens marca. Empate y adiós al récord de imbatibilidad.
La segunda parte fue un monólogo pucelano, roto sólo por el gol de Pedraza. Un grueso error estratégico defensivo permitió que rematase desmarcado en el segundo palo. Silva, Juanpe, Nikos y Mojica, quien en teoría debía cubrir el palo, estaban muy adelantados. Pareció un gol de la etapa de Garitano.
El Real Valladolid se estiró y llegó el golazo desde fuera de área de Roger. Su volea fue sensacional, pero se la comió Munir. De nuevo. Después llegó el gol mal anulado, el tiro lamiendo el poste de Guzmán y la vaselina fuera de Villar. El Pucela. El equipo del casi.