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Beatriz S. Olandía
Valladolid

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No podía evitar el técnico Miguel Ángel Portugal una media sonrisa al ser entrevistado al término del partido de ayer. Se intuía un gesto de satisfacción, sí, pero también de alivio. Pocos partidos pueden arreglar tanto en tan poco tiempo como el de ayer, que sin ser un gran encuentro, trae a orillas del Pisuerga mucho más que tres puntos.

Porque el equipo se mantenía a base de medias verdades y medios partidos: con la excusa de la bajona instalada en el vestuario, se pasaba por alto las carencias en el juego, en el carácter y en la actitud del equipo. Había que hacer mucho trabajo en lo anímico, es cierto, pero cuántos fallos por la falta de esfuerzo no se habrán tapado con la excusa de la depresión.

Por eso, el estadio de La Romareda asustaba más que nunca. Pasa en Zaragoza lo mismo que en Valladolid, que aún se están preguntando qué han hecho -o deshecho- ellos para merecer esto, con la diferencia de que los maños están sabiendo encarrilar una temporada en la que, aún siendo pronto para decirlo, parece que terminarán luchando por el ascenso. Asustaba porque la imagen del Pucela no ha sido la mejor durante este arranque de Liga, ni mucho menos, y porque la racha reciente del equipo local invitaba a pensar en otro tipo de resultado.

Pero el fútbol está para sorprender y las ocasiones, para aprovecharlas. Por eso, cuando algún aficionado vallisoletano se enganchó tarde a la televisión o a la radio, no pudo por menos que arquear las cejas asombrado por el tempranero gol. Y por eso, cuando el árbitro pitó un penalti que ni el propio Miguel Ángel Portugal acertó a justificar, muchos pensamos en que la suerte, al fin, había dejado de sernos esquiva.

Más que los goles lo importante fueron los tiempos, es cierto, porque llegaron en el momento justo de ahogar los ánimos en la grada y en el césped. Y también porque llegaron sin merecerlo demasiado -gol en propia puerta, penalti más que dudoso-, para demostrarnos que si haberlas haylas, ahora están de nuestra parte. Tal vez los méritos vengan acumulados de los partidos jugados con anterioridad, de esas veces que se fallaban goles cantados y nunca se rompía el cántaro por mucho que lo llevábamos a la fuente.

Por eso los tres puntos conseguidos ayer son más que tres puntos, porque demuestra que podemos ganar, que sabemos hacerlo; porque llega en un momento en que aún hay capacidad de reacción, semanas y partidos por delante en los que apuntalar esos buenos resultados.

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Porque los tres puntos de La Romareda han caído del cielo para arrebatarles a los jugadores del Real Valladolid la excusa de la tristeza y porque a partir de ahora veremos si aquel mantra de la depresión no era más que falta de ganas de ganar.