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Redacción de Valladolid
Valladolid

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¿En qué se parecen la entrega de los Nobel, la forma ritual en que los japoneses beben el té y las loas de los jugadores a un entrenador moribundo deportivamente? En que las tres son ceremonias irrenunciables.

Ni en Suecia se otorgan los premios tirándolos en bañador al galardonado como si fueran una lata de cerveza, ni en Japón se echa la infusión de un termo a un vaso de plástico en dos segundos, ni un jugador cuenta lo que de verdad pasa en un vestuario en público. Son ceremonias.

No estoy llamando mentiroso a Rubio. Ni mucho menos. Quizá cuenta lo que debe de contar y quizá lo estúpido sea meterle la alcachofa. Pero cuando un entrenador se tambalea, hay que hablar con el capitán. Aunque sea un buenazo y el típico tipo al que comprarías un coche usado. Porque tampoco diría mucho de su calidad humana que pusiese a parir a Garitano. No equivaldría a derribar a un gigante sino a dar el descabello a un agonizante.

Pero una vez más se demuestra que el fútbol es el espacio para los lugares comunes. En situaciones de crisis siempre se apela a lo mismo. «Hay que trabajar», dijo Garitano el domingo. «Hay que trabajar», repitió Rubio ayer. «Hay que trabajar», dijeron los jugadores y técnicos preguntados en la última década y dirán los de la siguiente.

Trabajar. ¿Qué pasa, que no se trabaja? ¿Que se trabaja poco? O, lo que nadie dice en España: ¿Se trabaja mal? Es lo que hay que analizar. Porque, como dijo Ortega, «el esfuerzo inútil conduce a la melancolía».

La intensidad de las sesiones de Garitano son innegables. Como su dedicación. Pero la aplicación práctica es cada vez más calamitosa y lleva camino de ser patética. ¿Se trabaja lo que hace falta o aspectos secundarios?

No hay que jugar a entrenador para decir que el equipo no cuenta con una idea básica sobre la que avanzar. No sabe cuál es su relación con el juego. Si pasiva, activa o ambas. Las líneas están demasiado separadas. El balón quema en los pies. Las transiciones son malas y lentas por esa distancia. El míster cambia jugadores de la grada a la titularidad, y viceversa, con el consiguiente descontrol mental en cada jugador y en el equipo. Hay futbolistas que juegan gratis desde el principio (como Leão) y otros a los que no sabe calibrar su verdadero potencial (como Tiba).

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Pero, sobre todo, el gran problema, es que el Valladolid ha jugado con el freno de mano echado cuando debía volar. Los mediocentros no podían subir. Los laterales no podían desdoblarse.Siempre pensando en guarecerse en vez de aplastar. Y ahora los jugadores se creen que su capacidad es la que han exhibido hasta ahora. ¿Trabajar? Claro. Pero los problemas que plantea el fútbol se resuelven con fútbol, no con horas extra.