A traición
Cuentos
La vida, aunque se empeñen en demostrar lo contrario, está hecha para vivirla en primera persona. Puede parecer una obviedad, pero la mayoría del tiempo nos la pasamos esperando a otros, en el banco de la paciencia, convencidos de que lo bueno empezará mañana y lo de hoy es un puro ensayo. Lo malo es que cuando te quieres dar cuenta de que aquí el titular, juegues o no juegues, eres tú, ya estás en el tiempo de descuento. Pero más allá de cobardías existe un tipo de inacción, una clase de estatismo obligado, que viene dado no por la falta de agallas propias, sino por la ausencia de humanidad ajena. Sentarse a ver si ese día alguien te libera de tus obligaciones, ahora ya absurdas, debe de ser algo tan frustrante como la espera del coronel de García Márquez.
Como al personaje de Gabo, ninguneado y engañado en su lógica inocencia, la plantilla del muerto en vida en que se ha convertido el Club Baloncesto Valladolid espera que alguien dé la cara. Se les podría tratar de ilusos si no fuera porque tienen la gallardía y el coraje de su parte. Sunil se ha creído liberado de cualquier responsabilidad para con un club al que aún no se sabe muy bien qué vino a hacer, y en ese autoengaño que se administra con cada declaración, se olvida de que aún hay vida entre sus cuatro paredes. El placebo de la autocomplacencia es tan eficaz como adictivo.
Ya advertí semanas atrás que de esta muerte anunciada aún nos quedan capítulos por desvelar, cuentos más bien, en los que el esperpento lo domina todo. Sirva como ejemplo y papel principal una recepcionista que acude puntualmente a su puesto de trabajo sin tener que trabajar, una persona a la que se le está despojando de su dignidad y que se ve anclada a una oficina vacía, no tanto de contenido, sino de sentido vital. Sunil cogió carretera y manta llevándose por delante lo que pudo y sin mirar atrás, convencido de estar protagonizando una escena elegante. A tanto ha llegado el engaño que es probable que ni él mismo sea consciente del ridículo que nos brinda.
La situación, por humillante para los trabajadores que se encuentran en tierra de nadie, y por sonrojante para el deporte vallisoletano y la ciudad en general, debería encontrar una solución en breve. Un final amparado no sólo por quien quiera que ostente ahora la responsabilidad de lo que queda de club -¿alguien lo sabe?- sino por las propias instituciones. El prudente silencio que se guarda desde el Ayuntamiento habría de tornarse en medidas concretas que pongan fin a este cuento del que, además, ya se conoce el final.