Publicado por
Beatriz S. Olandia
Valladolid

Creado:

Actualizado:

La subida de temperaturas, la laxitud en el vestir, las bermudas y las pantuflas reconvertidas en prendas a la moda son patrimonio del verano, del mismo modo que lo es la noticia anecdótica, el reportaje sobre ‘la caló’ -«el verano más caluroso desde el del año pasado»- o la (presente) columna intrascendente. Todo se relaja y se desparrama en verano, unos recompensando el esfuerzo invernal y otros sabiendo que oponer resistencia a los manjares -culinarios o no- veraniegos es una batalla perdida. En verano puedes llegar a querer a tu suegra, hacer castillos de arena en la playa como si te importara la proporción áurea o, incluso, en el aire si la hormona te dicta un fortuito amor estival. Todo es posible en verano.

Ese renacer de entre las grises cenizas del invierno es el motivo por el que la Cúpula del Milenio se llenó hace un par de semanas para contemplar, en una ceremonia vista ya antes de que comenzara, las nuevas camisetas del Real Valladolid. Es la adrenalina del cuento de la lechera, el futuro que se dibuja optimista y luminoso gracias al sol de poniente. Mirar al horizonte e imaginar un ascenso limpio y sencillo es patrimonio del verano, como lo es el vermú de antes de comer, la sangría con gotas del durante y el melón de postre. El optimismo que nos regalan la luz, el calor y los colores facilita infinito el trabajo de los clubes, aunque en la trastienda esa labor siga siendo igual de gris que en los días de niebla. El espectáculo sirve para ilusionar y la ilusión, para llenar estadios y pabellones.

Sin embargo, no todo se ha de fiar al optimismo canicular. Algo de trabajo debe haber tras la parafernalia de las presentaciones y las puestas de largo. El buen trabajo, la honestidad y, más que nada, la humildad, son garantía de éxito o, al menos, de comienzo serio e ilusionante. El nuevo Club Baloncesto Ciudad de Valladolid ha conseguido una respuesta unánime entre el tejido deportivo de la ciudad. Ha esperanzado al aficionado, convencido a más de un empresario y demostrado ante la creciente y ávida afición, de momento, que lo suyo no es un capricho subvencionado sino una apuesta firme por el baloncesto de base. Y si hay que convencer de que la ardilla es un animal de la tierra -perdonen, pero no lo veo-, pues se convence. El calor y el verano, como ya he dicho, ayudan a verlo todo más claro.

Los mismos argumentos valen para entender las buenas cifras de abonados que está registrando el Atlético Valladolid: el amor veraniego por unos colores, el horizonte despejado de un posible ascenso, frustrado la temporada pasada a pocos metros de la meta, y el (buen) trabajo en la sombra. Todo es posible en verano.

Cargando contenidos...