real valladolid
Don erre que erre
Los jugadores de Rubi vuelven a evidenciar los mismos errores y falta de intensidad de los ridículos de Sevilla y Tenerife / El técnico regala la primera parte con un esquema sin fruto

Los jugadores del Real Valladolid abandonan cabizbajos el estadio El Toralín tras la derrota con los aficionados vallisoletanos al fondo-Luis de la Mata
Y una tarde más se presenció la misma película. El Real Valladolid estuvo sin energía, sin alma y sin intensidad en gran parte del encuentro de El Toralín. Un análisis del choque es sencillo. Es tan simple como acudir a la hemeroteca y releer que el conjunto de Rubi repitió los mismos errores, carencias y déficits que lleva evidenciando en la mayoría de sus salidas a lo largo de la temporada. El técnico catalán y sus jugadores se ha empeñado en hacer ‘un Paco Martínez Soria’ y cada quince días realizar un erre que erre.
El equipo estuvo apagado, sin ideas y con un técnico que no supo leer el choque, una vez más, cuando la Ponferradina le ganó la merienda desde el minuto 1. Bueno, mejor dicho, minuto 3, que fue el único tiempo donde parecía que se podría ver otra escena diferente a la vivida en Tenerife o en Sevilla contra el Betis.
Rubi apostó de nuevo por el 4-3-3 pero en este caso con actores diferentes. Sastre entró en el trivote en vez de Álvaro Rubio y con Óscar de falso nueve. Un cuarto de hora sirvió para evidenciar que el salmantino sigue sin estar bien, y sin él al 100%, todo es más complicado.
Todo fueron errores. La banda de derecha de Chica se convirtió en un coladero. Peña, empeñado en hacer penaltis, más de lo mismo. Los centrales llegaron siempre tarde y realizaron pésimos achiques, lo que provocó que pronto se cargaran de tarjetas. Pese a tener tres jugadores en el centro del campo (Andre Leao, Timor y Sastre), eran incapaces de elaborar juego ni conectar con la parte ofensiva, e incluso de tener la posesión.
Rubi comprobó que había tirado 45 minutos. Movió ficha. La salida al campo de Túlio De Melo fue el único canto al optimismo. Con un delantero nato fijando a los centrales blanquiazules, la sensación de peligro fue mayor. Pero la ilusión duró lo que tardó el colegiado López Amaya en señalizar el penalti de Peña. La entrada de Jonathan Pereira demostró que con dos delanteros en el campo durante 90 minutos, quizás el resultado hubiera sido distinto.
El único consuelo que le puede quedar al conjunto vallisoletano es que los rivales tropezaron en una jornada de locos. Pero no es excusa cuando ya es la tercera vez que ocurre esta situación. Sin embargo, una vez más el adversario no hizo un partido de diez, simplemente le puso más intensidad, alma y energía que el equipo de Rubi, y se llevó los tres puntos. El mal de alturas que vive el Real Valladolid es preocupante, siempre que tiene la ocasión de ponerse líder, la decepción llega con mayúsculas.
El tiempo ya juega en contra de los jugadores vallisoletanos que tienen que asumir su falta de contundencia. No hay mejoría cuando juega fuera del estadio José Zorrilla, sigue habiendo miedo desde el banquillo al campo. Ahora sólo cabe confiar en un cambio de tendencia que hasta ahora no se ha producido.