Diario de Valladolid

Delibes, un cazador que escribe

Reúne fotografías que Ontañón realizó durante las cacerías del escritor para ‘El libro de la caza menor’

Elisa Delibes y Javier Ortega.-J. M. LOSTAU

Elisa Delibes y Javier Ortega.-J. M. LOSTAU

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Ana de la Fuente

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La caza fue una de las dos grandes pasiones de Delibes. «Salir al campo a las seis de la mañana en un día de agosto no puede compararse con nada. Huelen los pinos y parece como que uno estuviera estrechando el mundo. Tal cual si uno fuera Dios», decía. La otra, la literatura. En ella, encontró «el refugio perfecto». Ahora, sus dos pasiones se citan en la Casa Revilla gracias a la exposición Cazando imágenes. Una muestra compuesta por una selección de cuarenta fotografías que Francisco Ontañón realizó entre 1961 y 1963 para ilustrar El libro de la caza menor, publicado en 1964.

Ayer, la hija del escritor, Elisa Delibes, reconocía que su padre solía definirse como un «cazador que escribe» y que en los últimos años de su vida, «le costó más dejar de cazar que escribir».

Probablemente fue este contacto con la naturaleza y sus paseos por el campo escopeta en mano y con su inconfundible visera, los que le proporcionaron buena parte de su sabiduría ‘popular’ y un empleo del lenguaje preciso y certero, con un castellano puro y vivo. La caza fue para él un permanente elemento de inspiración literaria que, de una u otra forma, se cuela en todos sus libros.

Cazando imágenes, además de servir como preámbulo de los actos de celebración del centenario de su nacimiento que se conmemorará en 2020, constituye, apuntó el director de la Fundación Miguel Delibes, Javier Ortega, un documento «de primer orden» para conocer el contexto en que se gesta buena parte de su narrativa, pero no sólo en los aspectos relacionados con la caza, sino también en los sociales, paisajísticos, demográficos o antropológicos.

Porque en estas salidas al campo Ontañón no se limita a inmortalizar sólo los momentos de caza, sino que capta los interiores de insólita desnudez de las fincas, las tradiciones de la vida rural y austera de la Castilla de mediados del siglo XX, pero rehuyendo de la edulcorada imagen folclórica que en aquellos momentos se estilaba. Así, comparte también madrugones, caminatas, almuerzos y sobremesas con los miembros de la cuadrilla de Miguel Delibes: su hermano Manolo, Manolo Monsalve y Antonio Merino. Y quién sabe, como ayer apuntaba Elisa Delibes, si fue en alguna de estas cacerías donde su padre se topó con el ‘Azarías’, el inmortal protagonista de Los Santos Inocentes y uno de sus personajes más intensos.

«El morral hay que sudarlo», decía el escritor, quien amaba la caza a pesar «de los madrugones inclementes, las ásperas caminatas y las comidas frías en una naturaleza inhóspita». Su hija recordaba, en este sentido, que la actividad cinegética «propició algunos de los mejores momentos de su vida» y le ayudó a superar su carácter depresivo. Por eso, estoy convencida de que «no podría entender» la suspensión cautelar del decreto que regula la caza en Castilla y León, señaló tras ser preguntada por este hecho.

Junto a las fotografías de Ontañón, la exposición reúne también textos originales de Delibes, como las primeras páginas manuscritas de Diario de un cazador, anotaciones de un diario en las que celebra sus presas, parte de la correspondencia que mantuvo con su editor Jorge Vegés o con el propio Ontañón, así como objetos personales de sus cacerías como un morral, una cartuchera, una caperuza para aves o una de sus inseparables viseras.

Y es que rememorando las palabras que Ontañon escribiría años después:«Lo peor que tienen las fotos es que te recuerdan momentos felices que ya no se pueden repetir. ¡Una cabronada!».

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