Diario de Valladolid

DE FIESTA EN FIESTA

La fiesta de la exaltación de la Santa Cruz en Castilla y León

El núcleo de un periodo festivo

Imagen Cristo Marcello.-EL MUNDO

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Publicado por
JOSÉ LUIS ALONSO PONGA
Valladolid

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Dos son las fiestas con las que la mayoría de los cristianos (católicos, ortodoxos y algunos anglicanos) honran de manera especial a la Santa Cruz. Otros, como muchos protestantes consideran estas celebraciones cultos idolátricos, postura que mantienen con cualquier tipo de reliquia. Las dos fiestas son la de la ‘Invención de la Santa Cruz’, el 3 de mayo, que conmemora el hallazgo por Santa Elena, madre del emperador Constantino, de la ‘Verdadera Cruz’ en la que murió Jesucristo, y el 14 de Septiembre la denominada ‘Exaltación de la Cruz’. Fecha en la que se conmemora la recuperación, por el emperador Heraclio, de la reliquia que habían robado los persas de Jerusalén. Sin embargo lo más probable es que la fiesta del 14 de septiembre se establece para conmemorar el aniversario de la consagración de la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén en el año 335.

En Castilla y León se han hecho coincidir con la Cruz de septiembre, la mayoría de las fiestas populares locales dedicadas al crucificado o a otras advocaciones pasionistas. Las cofradías de la Vera Cruz hacían procesiones hasta sus ermitas o dentro del casco urbano con el mismo ritual que el día tres de mayo, aunque en septiembre no siempre salían en disciplina pública. Pero si el 14 de septiembre es la fecha oficial fijada por la liturgia, sin embargo en nuestra tierra las celebraciones pasionistas se extienden a lo largo de todo el mes. Es muy raro que dos pueblos vecinos celebren la fiesta el mismo día, ya que imperan los conceptos de solidaridad festiva y reciprocidad que obliga a acompañar al que nos acompañó en nuestra solemnidad y agasajar al que lo hizo con nosotros. Por eso se preocuparon de distribuir los días celebrativos a lo largo del mes.

Las cofradías, por mandato de regla, debían engrandecer ambas fiestas con misa y procesión, con toda la pompa posible, con música y danza. Muchas tenían su grupo de danzantes que ejecutaban las denominadas ‘danzas de palos’ o paloteos, bailando los lazos que marcaba la tradición al ritmo de la dulzaina y el tamboril. Para mejor recordar los pasos de la danza los memorizaban con estrofas religiosas y profanas. Una de las más populares dice: «Esta es la cruz verdadera/ que San Juan y San Pedro nos dio/, esta si que es la cruz verdadera/ esta sí que las otras no/».

Pero, a pesar de que todas las cofradías tienen el mismo origen puesto que todas ellas provienen de fundaciones relacionadas con los franciscanos a partir del s. XIV, sin embargo en el siglo XVI comienzan a destacar algunas porque son poseedoras de un gran caudal espiritual de indulgencias. Son las que tuvieron la suerte de agregarse a la todopoderosa Archicofradía del Santísimo Crucifijo de San Marcelo en Roma.

El día 14 de septiembre de este año comienza en Roma la celebración del quinto centenario del milagrosísimo Crucifijo de San Marcelo cuya historia resumo aquí. En la noche del 23 de mayo de 1519 se produjo un incendio de grandes proporciones que destruyó por completo el templo de la vía del Corso dedicado a S. Marcelo. Sin embargo, en una pared lateral permaneció intacto un crucifijo, una maravillosa obra del cuatrocento, con una lámpara ardiendo a los pies. La candela era un obsequio de los vecinos que la renovaban todos los días al atardecer para alumbrar a la imagen, en un gesto espontáneo de piedad popular. Desde el primer momento se manifestó el poder taumatúrgico del crucifijo que, unos años más tarde, volvió a manifestar su especial protección sobre la Urbe al salvarla de la peste de 1522. Los devotos del barrio decidieron crear una cofradía bajo su protección. Fue aprobada por el Su Santidad que nombró como protector al cardenal más poderoso del momento, Alejandro Farnese. A este le sucedieron otros, todos ellos de las familias más influyentes de Roma, como los Carafa, Barberini, Orsini y un largo etc. Por eso en poco tiempo se convirtió en la Cofradía más envidiada apreciada de Roma y de todo el orbe católico. El papa Gregorio XIII la elevó a la categoría de Archicofradía, con el nombre de ‘Archicofradía del Santísimo Crucifijo de San Marcelo in Urbe’ con facultad de agregar y comunicar sus bienes espirituales a todas las hermandades relacionadas con la devoción al Crucificado que se hiciesen acreedoras a tan grandes privilegios.

En Castilla y León hubo algunas cofradías (no muchas, la verdad) que gozaron de los privilegios de la romana, porque consiguieron ser inscritas en la lista de agregación. La más importante fue la del Santísimo Cristo de Burgos. En el archivo Secreto Vaticano se conservan las bases del contrato de agregación y por él sabemos que la hermandad burgalesa se unió a la romana el 28 de abril de 1610.

Pero no fue la primera. Más madrugadoras fueron las de dos pueblos avulenses, San Bartolomé de Pinares diocesi abulensis, según consta en el documento original, agregada el año de 1576 bajo el pontificado de Gregorio XIII, y la de Herradón de la misma diócesis, cuya aceptación se firmó, en el oratorio de la Archicofradía de San Marcelo, el día 30 de marzo de 1576 en el año cuarto del pontificado del Papa citado. Otras localidades de raigambre con bula de agregación son: San Cebrián (S. Cipriano) de Campos en la provincia de Palencia. En la misma provincia encontramos también como agregada a la Cofradía de la Vera Cruz de Paredes de Nava que aún conserva la Ermita titular, denominada también del Cristo del Palacio. Nombre que recibe porque en origen tuvo aposento en el palacio-alcázar de los Manrique, cercano a la ermita. Alcazaren, por entonces en la diócesis de Segovia, obtuvo la agregación de su ‘Compagnia del Santissimo Crocifisso’, que estaba erigida en la iglesia de los ‘Eremitas del Santísimo Crucifijo’ junto a las murallas de dicho lugar, el 5 de octubre de 1623, a petición del Reverendo Señor Baltasar Basques (sic). La de Amusco (Palencia) que figura bajo el título de Santísimo Crucifijo y Vera Cruz fue admitida el 9 de noviembre de 1623, siendo el peticionario El Magnífico Señor Jerónimo Fonseca. Amayuelas de Arriba, entonces en la diócesis de León, hoy en Palencia consiguió la agregación de su Cofradía del Santísimo Crucifijo el 28 de enero de 1628, siendo el peticionario D. Alfonso Polo.

Las cofradías agregadas se hacían acreedoras a todas los bienes espirituales que disfrutaba la Archicofradía y, según dicen los documentos de admisión, los recibían gratis et amore aunque debían enviar a Roma, cada año por la Semana Santa, cierta cantidad de cera. También gozaban de otros privilegios. La Archicofradía romana invitaba a todas las agregadas, de cualquier parte del mundo, a visitar la Urbe en los años santos, para ganar el jubileo. Las que aceptaban, generalmente las italianas, eran recibidas en una de las puertas de la ciudad y en forma de procesión, con los estandartes desplegados, eran conducidas hasta el albergue que la Archicofradía tenía o había alquilado para la ocasión. Allí eran atendidas sus necesidades espirituales y materiales, les daban lecho, comida y asistencia médica si era necesario. La Archicofradía anfitriona acompañaba a las invitadas en la visita a las iglesias para ganar la indulgencia plenaria.

A la luz de estos datos podemos entender mejor muchas tradiciones que aún se conservan en Castilla y León relativas a la Cruz de septiembre. Cobran sentido los relatos de tradición oral, que perviven entre el pueblo afirmando que en tal o cual ermita, capilla u oratorio se puede ganar indulgencia plenaria el día del Cristo de septiembre si se siguen los rituales conservados en la memoria de la cofradía.

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