Diario de Valladolid

Toros en la Comunidad

Lisardos y Domecqs, la pugna por la bravura

Ganaderías salmantinas de ambas estirpes se esfuerzan en lograr ocupar la primacía del campo bravo de Castilla y León, tras la desaparición de las vacadas de encastes minoritarios

Reses de la ganadería de Adelaida Rodríguez, de estirpe Lisardo, pastando en las faldas de la Sierra de Francia.-A.V.

Reses de la ganadería de Adelaida Rodríguez, de estirpe Lisardo, pastando en las faldas de la Sierra de Francia.-A.V.

César Mata
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César Mata

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¡No ha sido, ni muchos menos, uno de los mejores años ganaderos en la cabaña brava de Castilla y León. Un tono medio, dentro de un escenario, eso sí, lejano a épocas de declive, abandono y desasosiego que quedan ya lejos en la memoria, sepultadas por una etapa de resultados notables y, por temporadas, sobresalientes.

Los años de la crisis han supuesto el derrumbe casi definitivo de un puñado de vacadas. Varias de ellas vinculadas a encastes minoritarios, en los que la falta de mercado, las exigencias sanitarias e, incluso, la pobre visión ganadera de sus titulares, las abocó a un triste final de sala de despiece en un matadero cercano.

El panorama actual desvela una clara, y sintomática, dicotomía, en la que los hierros de procedencia Lisardo y los de Domecq mantienen una pugna por establecer, siquiera eventualmente, una hegemonía en el campo bravo. Por encima de esa rivalidad ganadera, que habrá de permitir la mejora de sus productos, se atisba cierta homologación en los estándares de comportamiento que se persigue por los criadores en sus faenas y decisiones de selección.

La búsqueda de la (mal) llamada toreabilidad augura el logro de un nicho de mercado que permite la rentabilidad de la explotación, si bien aumenta en el aficionado común las dudas sobre la necesidad de la existencia de diferentes encastes y procedencias: si todos los ejemplares se comportan de modo similar durante la lidia, y embestisten bajo unos mismos criterios, para qué tanta confusión de hierros y criadores.

Leales al origen de los primeros Domecq, que se asentaron en tierras gaditanas para mayor lustre y promoción de las bebidas que producía la familia, esta procedencia tiene escrito un pacto no escrito de no agresión con los coletudos. Y el mejor aliado para el profesional que se pone delante es la previsibilidad del comportamiento. Bajo el disfraz y la excusa de lograr los caracteres de fijeza y nobleza, los toros de este cauce genético resultan altamente predecibles en su juego, de ahí que cualquier incidente o cogida tenga una mayor repercusión y cause más disgusto a su criador, pues se trata de una ofensa a un compromiso moral.

La cogida, tan brutal y sobrecogedora, de Miguel Ángel Perera, hace unas semanas en Salamanca por un toro de Garcigrande, es muestra palpable de lo anterior. La bravura de divisas como las de Aldeanueva, El Pilar, Pedraza de Yeltes, Montalvo y las vinculadas a Domingo Hernández no es mera apariencia, pero en ella habita la sumisión a otros vínculos de mayor servidumbre.

Mientras la cuota de mercado de Garcigrande y Domingo Hernández resulta casi propia de un oligopolio, las vacadas de origen Lisardo se encuentran en periodo de reflexión, necesaria para regresar a temporadas de mayor presencia y triunfo. Puerto de San Lorenzo, Valdefresno y Adelaida Rodríguez, junto con las segundas marcas de Moisés y Juan Luis Fraile, ocupan el espacio reservado para las ganaderías que, sin ser consideradas dudas, mantienen en el aficionado la esperanza de que los toreros puedan ofrecer faenas de porte elegante sin despreciar el carácter lidiador de todo enfrentamiento entre un hombre y un toro.

De la habilidad ganadera e intuición empresarial depende que las divisas adscritas a la sangre Domecq y Lisardo no abandonen el núcleo imprescindible de la bravura y fortalezcan lazos con la singularidad de cada estirpe, ya no tanto para que cada faena pueda ser una obra verdaderamente única, sino para que la tauromaquia ofrezca una diversidad necesaria para un oficio y un arte universales.

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