BARRIO A BARRIO | CALLE ALBERTO FERNÁNDEZ
La calle vallisoletana del Galleta
Esta calle, situada entre Mirabel y el paseo Ribera de Castilla, cuenta con varios colegios e institutos que impulsan la clientela joven
Destaca por su ambiente familiar, el pequeño comercio y una vida vecinal que la convierte en un «mini pueblo»

Centro Comercial Rondilla en el año 2000. Al fondo el edificio del Seminario Menor Diocesano y a la derecha el Centro Cívico Rondilla
Por el barrio de la Rondilla siempre sonará de fondo el timbre de una bicicleta. Ya sea en la propia vía que lleva su nombre como en el resto de calles, lo cierto es que el nombre del histórico ciclista Alberto Fernández ‘El Galleta’ es ya como si fuera el de un vecino más de este barrio vallisoletano. Fernández, que falleció en un accidente de tráfico en 1984 cuando se dirigía a una competición, pone nombre e identidad a esta arteria envuelta en un aire vecinal que es como «un pequeño pueblito», tal y como la definen varios comerciantes de la zona.
A caballo entre el paseo Ribera de Castilla y la calle Mirabel, lo cierto es que aquel vallisoletano que haya pasado por la calle Alberto Fernández, será consciente dando un pequeño paseo del ambiente familiar que se respira en la misma. A pesar del frío, que en el mes de enero aprieta a la capital del Pisuerga e invitaría a decantarse por un plan más ‘casero’, los vecinos de esta vía de La Rondilla se aventuran a salir a la calle para llenar sus comercios de vida.
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«Para mí lo que define a esta calle es la alegría», apunta Marcelino, camarero del bar La Maroma desde hace cuatro años. Por sus tapas, cafés y bocadillos de todos los tipos se aventuran a entrar multitud de niños y adoelescentes que estudian en centros cercanos a la calle en la batalla por conseguir el almuerzo antes de que toque la campana de vuelta a los libros y apuntes. «Vienen muchos chicos y chicas jóvenes de los institutos, pero también gente mayor que son clientes habituales. La verdad que es una clientela variada», apunta el trabajador.
De sus días tras la barra del bar conserva multitud de bonitos recuerdos, pero destaca uno que se produjo gracias a un deporte: el fútbol, y en concreto la Eurocopa 2024 en la que España se proclamó ganadora, que unió casi de forma mágica a trabajadores y clientes. «Fue un verano muy bonito. La gente del barrio, pequeños y mayores, se pasaron con nosotros todo el verano viendo los partidos. El día que ganamos brindamos con champán y era como si fuéramos un gran grupo de amigos».
Para Marcelino, la familiaridad y el compañerismo son el gran fuerte de la calle y lo que, en sus palabras, «no debería perder nunca». «Da igual que vayan a este bar o a otro, al final todos nos conocemos y estamos cómodos».
A un paso del bar que vivió tan fuerte los goles de Lamine Yamal o Nico Williams en 2024 se encuentra la peluquería Acu. Al frente desde hace casi tres décadas se encuentra Asun, experta en peinados, mechas, tintes y demás peticiones capilares que sus clientas se animen a proponer, además de testigo de la evolución de la vía dedicada al corredor de Teka con el paso de los años. «Ha habido altibajos, hace unos años la calle funcionaba muy bien, después hubo una temporada en la que fue peor. Cerraron varios negocios y remontaron otros», recuerda sobre el surgimiento de nuevos negocios. Como petición, la peluquera apunta a mejorar la limpieza «sobre todo en periodo de vacaciones, que se olvidan un poco más», bromea.
Para Asun, la sangre de la calle la bombea directamente el que ejerce de corazón: el centro Cívico Rondilla. El edificio, llamado por algunos transeúntes de la zona como ‘la Casa Blanca’, se inauguro en 1996 y se transformó desde entonces y hasta la actualidad en centro neurálgico para la vida vecinal gracias a la celebración de talleres, exposiciones, cursos y actividades de integración social en un barrio marcado por la multiculturalidad.
La misma vía acoge también desde hace un año y medio un negocio de comida a domicilio llamado ‘Luna comida para llevar’, que cogió un gran impulso gracias a las redes sociales, atrayendo a personas de todos los barrios e incluso de otras ciudade hasta Alberto Fernández. Tras los fogones se encuentra su dueño, José Luis, que comenzó a hacerse más activo en Instagram a raíz de la viralización que tuvo su negocio. «Un influencer gastronómico de 19 años de aquí, Pedro, me hizo un vídeo y eso supuso un impulso importante», recuerda.
Motivo por el que tal vez el ‘target’ de sus clientes sea desde estonces gente muy joven: todos entre 20 y 25 años. «Ahí me di cuenta del poder de las redes sociales. Yo estoy encantado y es a quienes quiero apuntar. Son gente maravillosa, muy educados y que valoran mi trabajo». En cuanto a la ubicación, José Luis explica que lo que le enamoró de la calle fue el ambiente. «Antes de poner el local aquí venía a pasear con mi perra, a tomarme una cerveza, y me encantaba el ambiente general. De casualidad vi el local y me hizo click». El bar la Terraza de Jorge, con un año desde que arrancó elnegocio, acoge clientes «desde los jubilados hasta los jovencitos», recibe a los clientes con sopa de ajos en mano. Sus dueños, Eva María y José Antonio lo tienen claro: lo mejor de trabajar en el bar son los clientes. «La gente que viene aquí es maravillosa, todos nos conocemos. Se agradece mucho además que venga también gente joven».
Junto al bar, un proyecto joven en torno a la literatura bautizado como ‘Caliza’ se alza como un encuentro no solo para adquirir libros, sino para «compartir experiencias». Regentado por Arancha Mateos, ella decidió alzar su negocio hace 15 meses en el que es su barrio natal y donde ha vivido toda la vida. «Decidí apostar por un proyecto más personal y tenía claro que lo querí a aquí, en el barrio». Mateos subraya la diversidad de personas que se juntan en el local, lo que para ella es «uno de sus grandes atractivos». Acompañando a Arancha se encuentra Aster, colaboradora y participante en los clubs de lectura, que define la calle con la palabra «simbiosis». «Hay perfiles de muchos tipos, diferentes generaciones y eso invita a pensar y compartir sin importar el bagaje intelectual». Su recuerdo favorito se traslada al exterior del local cuando llega la primavera. «Cuando hace buen tiempo hacemos los encuentros en los bancos, en la plaza y utilizamos el espacio público para juntarnos y conversar».
La propietaria de la librería afirma que abrir el negocio en un barrio es una apuesta «arriesgada, pero al mismo tiempo importante». «El pequeño comercio es fundamental para que un barrio esté vivo, así que merece mucho la pena».
El bar Geñín es otro de esos lugares que ejercen de punto de encuentro, en este caso para una clientela más mayor según afirma Noemí, camarera del negocio desde hace un año y medio. «La mejor parte es que todo es muy familiar y es como un pueblo, todos nos conocemos». «Yo pediría a los más jóvenes que se animaran a venir a los barrios, porque no todo pasa en el centro», apunta.
Al otro lado de la calle, los bares continúan siendo los protagonistas de eta vía vallisoletana. Sin necesidad de viajar en avión 1.200 kilómetros, el bar Ace Café traslada a los clientes a Londres. Con su decoración inspirada en el mundo de las motos, y a su vez el nombre en el conocido bar londinense que se convirtió en un punto de encuentro para moteros, aficionados a los coches clásicos y jóvenes vinculados al Rock & Roll en los años 50 y 60 del siglo pasado. Al frente del negocio desde hace cuatro años se encuentra Alba, que define la calle como «tranquila». «La clientela aquí es sobre todo de gente mayor. Son fieles, vienen todos los días», afirma.
Avanzando un poco más, la vía se completa con un local de autolavado para perros que se ubica junto a otro bar al que los clientes acuden sin falta a por sus tapas: brasería Ruth. La encargada desde hace seis meses, Lorena, destaca el ambiente familiar y afirma que con el paso del tiempo ha terminado por conocer «a casi toda la familia de los clientes». «Entre semana siempre hay gente, pero los fines de semana es cuando es más intenso». Sus clientes lo tienen claro: sus favoritos son los pinchos de lechazo y de pollo, pero también el salpicón o la oreja. «Es emocionante por ejemplo ahora en Navidad, porque te viene un cliente de siempre a presentarte, por ejemplo, a un nieto»

Aparcamiento de La Rondilla en 1994
La calle vallisoletana del Galleta

Centro Comercial Rondilla en el año 2000. Al fondo el edificio del Seminario Menor Diocesano y a la derecha el Centro Cívico Rondilla
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La calle Alberto Fernández en la actualidad
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Clientes del bar La Maroma
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Alba Marianova, dueña del bar Ace Café, en el número 8
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Verónica, Ana, Natalia y Jesús María, equipo de Donación de Sangre en el Centro Cívico Rondilla
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José Luis, cocinero de La Luna comida para llevar. En el número 1 local 7
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Cliente del bar La Terraza de Jorge.
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Arancha Mateo con Aster Frechilla, equipo de la librería Caliza posan entre los libros y una foto de Ricardo Suárez
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Eva María y José Antonio, dueños del bar La Terraza de Jorge
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Lorena Canillas, encargada del bar Brasería Ruth.
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Marcelino García, trabajador en el bar La Maroma, en la esquina con la calle Mirabel.
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Noemí Mayo, trabajadora en el bar Geñin.
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