Diario de Valladolid

TRASPLANTES

23 años de vida extra de Carmen y Miguel Ángel: los primeros de Valladolid con un hígado 'prestado'

Los dos vallisoletanos fueron los primeros en recibir un trasplante de hígado en Castilla y León, en 2001 en el Río Hortega: "Tuve otra oportunidad para vivir"

Los médicos que participaron recuerdan ese crucial estreno: «Fue un hito brutal»

Miguel Ángel, segundo trasplantado de hígado en Castilla y León, con su hija Estela, que está en lista de espera para un trasplante renal

Miguel Ángel, segundo trasplantado de hígado en Castilla y León, con su hija Estela, que está en lista de espera para un trasplante renalPHOTOGENIC

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En la casa de Miguel Ángel, en el municipio vallisoletano de Geria, aquel día había ajetreo para preparar la cena especial. Era Nochebuena y todos pensaban ponerse de punta en blanco para la reunión familiar, hasta que sonó el teléfono y lo trastocó todo. Un regalo de Papá Noel inesperado: el de una vida ‘extra’ para Miguel Ángel del Caño, que estaba «muy enfermo» y sólo le quedaba la opción de un trasplante para sobrevivir en tiempos en los que esa intervención quirúrgica era asunto de hospitales de otras comunidades.

Ese 24 de diciembre de 2001 este vecino de Geria no esperaba recibir noticias del Hospital Río Hortega, y mucho menos tan alentadoras como que había un hígado para él, sobre todo porque una semana antes se había llevado «un chasco» cuando le avisaron de que había un órgano disponible, pero tras las pruebas pertinentes se descartó por incompatibilidad. Al poco, la suerte le sonrió: «Me operaron por la noche muy tarde». Tan de madrugada que su mujer y sus hijas pudieron irse a casa a cenar y regresar a tiempo. A sus 88 años resume desde su sofá todo este periplo desde aquel día a la actualidad en una breve afirmación: «Estaba muy fastidiado y ahora estoy muy bien».

El suyo fue el segundo trasplante de hígado de la historia en Valladolid y en Castilla y León, puesto que el Río Hortega es hospital de referencia autonómico en trasplantes hepáticos. La también vallisoletana Carmen, hoy con 76 años, estrenó el programa en la Comunidad apenas un mes antes que Miguel Ángel.

Ella, a sus 53 años y con un cuadro clínico con pronóstico muy grave, recibió la noticia «con mucha ilusión», pero también con «miedo por lo que pudiera pasar». «Lo que más me preocupaba era que mi cuerpo no aceptara el trasplante. Tenía una enfermedad del hígado que no había notado nunca y cuando me diagnosticaron ya estaba muy avanzada», relata a este periódico. «Los primeros días asustan, pero en mi caso todo fue bien, no he tenido ninguna complicación y nunca he vuelto a ingresar. Por desgracia, no todos los casos son así».

El martes 20 de noviembre de 2001 los nervios estaban a flor de piel en la antigua ‘Residencia’, el viejo Río Hortega, hoy conocido como edificio Rondilla. Era el día clave. Decisivo. El primero de una nueva era. Hasta ese momento sólo se llevaban a cabo trasplantes renales y se autorizó, prácticamente a la vez, el hepático (en julio) y el cardiaco. Es más, cuando le dieron un nuevo hígado a Carmen tan sólo se había realizado un trasplante de corazón en Valladolid.

El verano de ese año aprobaron los trámites definitivos y en noviembre se dieron las dos condiciones necesarias: una familia donó los órganos de su ser querido recién fallecido y una paciente, Carmen, recibía la, para ella, feliz y esperanzadora noticia. Porque en el trasplante, ya saben, se da esa dualidad, la tristeza más absoluta por una pérdida y, a la vez, la única oportunidad para otra persona. O para varias.

La hepatóloga Gloria Sánchez y el cirujano David Pacheco participaron en el primer trasplante.

La hepatóloga Gloria Sánchez y el cirujano David Pacheco participaron en el primer trasplante.

Dos de los profesionales que se embarcaron en aquella experiencia recuerdan aún esas primeras operaciones con detalle y cierta emoción. El cirujano David Pacheco, en la actualidad jefe de Cirugía General y Digestivo del Río Hortega y coordinador de la Unidad de Trasplante Hepático del centro, resalta que «el primer trasplante fue mucho más que el primer trasplante». «Hubo un inmenso trabajo previo de todo el hospital. A través de un convenio con el Gregorio Marañón, donde yo estaba, se empezó a formar a los profesionales. Personal de Anestesia, Enfermería, Cirugía y hepatólogos rotaron un unidades de Madrid para completar su formación. También practicamos con unos 40 trasplantes en cerdos. Me propusieron venir a Valladolid a montar el programa y fue complicado al principio captar enfermos candidatos a trasplante hepático desde otros centros de Castilla y León al tratarse de un equipo nuevo que empezaba», expone sobre lo costoso de los comienzos, de los que guarda valiosos recuerdos.

«Me acuerdo de aquella primera intervención con mucha responsabilidad. Era un proyecto muy grande, una apuesta por el hospital, y no podíamos defraudar. Sabíamos que estábamos preparados, pero aunque ahora parece una cosa natural, casi una rutina, entonces fue un hito brutal», señala.

Coincide en las sensaciones y en la repercusión la hepatóloga Gloria Sánchez Antolín, ahora jefa de la Unidad de Hepatología del mismo hospital vallisoletano, que también formó parte de aquel ‘dream team’, de aquel equipo que protagonizó el acontecimiento que suponía un salto de gigante. «Hasta ese momento los pacientes se trasladaban al Hospital Universitario Marqués de Valdecilla, en Cantabria, para estos trasplantes», indica la doctora, y agrega que «fue un día de muchos nervios y era muy importante que todo saliera bien». «Duró en torno a 10 horas. Había que demostrar que aquello se hacía bien y teníamos un compromiso con la paciente. Lo tenemos siempre, aunque esta vez era especial porque esa persona había confiado en un equipo nuevo. Estuvimos muy pendientes de Carmen y todo salió fenomenal».

Gloria ya había aprendido en el Hospital de Valdecilla durante su especialización, pero en el Río Hortega no había podido ponerlo en práctica aún. Un año antes de iniciar el proyecto, se marchó con una beca, junto a un cirujano (Miguel Ángel Cítores) y a un intensivista (José María Martínez), a formarse a Pittsburg, «la cuna del trasplante».

La doctora destaca que «es importantísimo que el trasplante esté bien hecho, por supuesto», pero puntualiza que «no termina tras la intervención y el manejo postrasplante resulta también decisivo». «Ni Carmen ni Miguel Ángel han vuelto a estar ingresados. Los hemos cuidado lo mejor que hemos podido», comenta con orgullo. Un orgullo ampliamente correspondido. Es más, Miguel Ángel no duda en mencionarla, y para bien, cuando se le pregunta cómo se encuentra. «Gloria me ha cuidado mucho, es bien maja y se apellida como yo», afirma Miguel Ángel, Sánchez de segundo apellido.

Si el trasplante de Miguel Ángel se produjo en Nochebuena, el del tercer paciente, llamado Fernando, sucedió en Nochevieja. La jefa de Hepatología reconoce que coincidir con cualquier fecha señalada es parte lógica del programa. «Estamos las 24 horas del día de los 365 localizados porque no se puede elegir cuando hay un órgano disponible. Cómo se me va a olvidar, cualquier actividad médica tiene su atractivo porque mejoras la calidad de vida del paciente, pero un trasplante... Es la última oportunidad que tienen. Es casi magia. Personas condenadas a morir que siguen vivos muchos años después. Emocionalmente impacta y recuerdo a todos, sobre todo de los primeros quince años, con nombres y apellidos. Es una relación muy especial con los pacientes y el cariño y el agradecimiento es altísimo».

Hace poco, una joven treintañera trasplantada unos años atrás llevó la foto de sus dos hijos al Río Hortega. «Son un poco los niños de la unidad, un poco nuestros también, y eso es muy bonito», afirma la jefa de servicio.

La misma gratitud siente Carmen. «He tenido otra oportunidad para vivir y seguir con mi familia. Estoy también agradecida a mi familia que estuvo a mi lado, a mis médicos, que han estado muy pendientes de mí, y al donante que me dio su hígado».

No es sólo que el trasplante cambiara su vida, sino algo todavía de mayor magnitud: le dio una. Porque Gloria Sánchez subraya que es «la única oportunidad que les queda a estos pacientes», y David Pacheco añade que, «mientras cuando necesitan un riñón tienen la posibilidad de la diálisis, aquí no hay nada más, se trasplantan o mueren».

La primera en recibir un hígado ‘prestado’ en Valladolid es muy consciente de ello. «Me dio esperanza. Llevo trasplantada 23 años y desde hace mucho tiempo hago una vida normal. Pude cuidar a mi marido que falleció, disfruto de mis hijos y nietos, paseo... Una vida normal para mi edad». En definitiva, una vida.

También Miguel Ángel y los suyos saben que era eso o nada. «No había otra. Nada más que hacer, ya no aguantaba más», expone Estela, la hija de este octogenario que dedicó su tiempo al campo, incluso después de estrenar hígado nuevo. «Tenemos agradecimiento infinito para toda la vida a quienes donan y en especial a quien le donó el hígado a él».

Estela relata cómo el caso de su padre sirvió de ejemplo en Geria y tuvo una gran repercusión. «En aquel momento cambió el chip en el pueblo sobre las donaciones. Después, otras familias que perdieron a un ser querido donaron sus órganos».

El doctor Pacheco incide en dar «gracias a los donantes, que son lo más importante y dan vida a alguien que no conocen». Todos ellos sin excepción. «Hay algunos donantes a veces olvidados que son los de sangre y, sin embargo, no se puede realizar un trasplante sin reservas de sangre. Es algo fundamental».

En ellos, en esos donantes anónimos, piensa a menudo Estela, la hija de Miguel Ángel. Y lo hace doblemente, por quienes le permitieron seguir compartiendo tiempo con su padre y también porque ahora es ella la que permanece en lista de espera, aunque para un trasplante renal. «Llevo un año en diálisis y estoy muy tranquila, no lo pienso mucho... Pero sé que los que donan ayudan inmensamente y a mi padre lo ayudaron de verdad. Regalaron a nuestra familia una nueva oportunidad. Es duro porque alguien se muere, pero cambian muchas vidas y se puede vivir muchísimos años con un trasplante. Aquí está mi padre como ejemplo», señala.

Y es que aunque Miguel Ángel no recuerda todos los detalles de aquella larga jornada de Nochebuena, Estela lo mantiene fresco en su memoria. «Estábamos un poco inquietos, pero contentos a la vez. Al principio pensábamos que habría que irse a otra comunidad, pero no. Empezaron con los trasplantes aquí y fue una suerte. El principal temor que teníamos era el rechazo y ese miedo nunca se te quita del todo, pero esa noche nos sentimos aliviados. Fue como un regalo de Navidad y estábamos encantados».

Hasta llegar a ese momento crítico, a Miguel Ángel no le dio tiempo a agobiarse porque no pasó demasiado esperando. Un mes antes sufrió un episodio que hizo que requiriera atención médica y fue entonces cuando se lo comunicaron: su única esperanza sería un trasplante de hígado. Apenas pasaron unas pocas semanas y consiguió el objetivo. Igual que un mes antes lo había logrado Carmen en una cita imborrable para quienes tuvieron algo que ver en ello.

La hepatóloga Gloria Sánchez se acuerda de quienes estuvieron en aquellas primeras intervenciones y seguimiento: «Como cirujanos, Asterio Barrera, coordinador quirúrgico de trasplantes; y los médicos adjuntos Miguel Ángel Cítores y David Pacheco; como hepatólogas, Rosario Velicia, coordinadora médico de trasplantes, y yo, que ya era adjunta; el intensivista José María Martínez o el anestesista César Aldecoa». Reserva una especial mención para quien era en ese momento el gerente del Río Hortega, Fernando Uribe, ahora jefe de Psiquiatría del Clínico de Valladolid. «Realmente él empujó el proyecto, tuvo el valor de proponerlo como un objetivo para el hospital».

Tanto Gloria Sánchez como David Pacheco destacan el fundamental engranaje de todos, una labor conjunta que involucra a muchos profesionales, «anestesistas, enfermeras, hematólogos, analistas, microbiólogos, endoscopistas... Un hospital entero».

Desde aquellas primeras intervenciones los cambios han sido significativos en varios frentes. «Después llegó el doble trasplante de riñón e hígado. Se han dado grandes avances, los trasplantes son una locomotora para un hospital y lo impulsa a ser mejor», sostiene Pacheco. Sánchez incide en otros adelantos: «Ha cambiado el proceso y la parte médica del manejo de la inmunosupresión también. Desde el 2000 surgieron nuevos fármacos para manejar mejor la supervivencia de estos pacientes», puntualiza.

Pese a la relevancia de este programa y los innumerables casos de éxito, Sánchez reconoce «que no siempre se logra un resultado positivo». «No somos perfectos y los resultados positivos no son el 100%. Desgraciadamente hay limitaciones y no podemos resolver todos los casos. Para nosotros es muy duro perder a un paciente, pero ponemos todo de nuestra parte. La supervivencia al año es de entre el 80 y 90%», precisa.

Para ese mayoritario porcentaje que sí lo supera, el trasplante lo supone todo. Y si no, que le preguntan a Carmen o a Miguel Ángel. Ahora, cada 24 de diciembre, además de brindar por la fiesta navideña como en el resto de hogares, tras las ventanas de una casa del pueblo vallisoletano de Geria, un octogenario celebra su segundo cumpleaños. Y ya van unas cuantas efemérides brindando por su vida extra.

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