Diario de Valladolid

Un vecino muere corneado en el tramo campero del último encierro de Cuéllar

La víctima, de 61 años, que estaba en el embudo en el que acaba la conducción de reses por los caballistas, sufrió varias cornadas

César Mata
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César Mata

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La tragedia está tan asociada a la tauromaquia, sea popular o profesional, como los goles al fútbol. La vida lo es porque existe la muerte. Dudo de que la eternidad ofreciera alguna celebración. Sólo lo escaso estimula, motiva. El dolor permite en su crudeza ensalzar la maravilla del gozo. Así es esto. La temeridad, por tanto, no tiene una naturaleza clara, pues arriesgar la existencia debe ser compatible con la sensatez.

Cuéllar, su quinto encierro, terminó ayer con una esquela. Y hubo suerte. El encierro tradicional (aunque ésta última palabra debería sobrar, pues sólo puede encerrarse lo que proviene de la libertad) otorga al toro un tiempo y un espacio de señorío. De ahí que haya que ensalzar el valor de las monturas, e incluso el abnegado oficio de los bueyes. La incertidumbre es esencial en los que, sin duda, son los mejores encierros del mundo. Otra cosa con las carreras de toros-bólidos por calles con edificios de siete plantas.

En unos instantes, alrededor de las nueve y media de la mañana de ayer, jueves ‘de toros’, la película del encierro ofreció, primero, la idílica imagen de un astado entre girasoles, para, después, ofrecer el sonido de un grito monstruoso. De la belleza inusitada al drama descomunal. Como dos cuadros de Vincent Van Gogh. El toro, de la ganadería palentina de Simón Caminero, negro zaíno, musculado y con una cornamenta de perfecta simetría, ligeramente engatillada, se hizo el remolón y se entretuvo unos minutos en los cultivos que alegran la sequedad amarillenta del rastrojo. Las garrochas lo azuzaron para que emprendiera el descenso del embudo, hacia las calles de la villa mudéjar.

Doscientos metros más abajo, junto a una tapia de ladrillo sin revocar, un grupo de personas esperan el paso del utrero. Ajenos al peligro. Ajenos a la ley. La res enfila con poder el descenso, aunque su respiración muestra una agitación por el esfuerzo del trayecto y los arreones hacia la grupa de los équidos. Trota por momentos, hasta que un ligero galope lo lleva hasta el extremo izquierdo del muro. Tras él cinco o seis personas intentan guarecerse sin saber muy bien qué hacer. Los más jóvenes logran trepar o salir corriendo.

Desgraciadamente, la persona de más edad, 61, vecino de Cuéllar, J.A.A.G. no puede zafarse de la embestida del cornúpeta y cae junto a la tapia. El toro, con saña, encelado, le infiere varias cornadas, todas graves, en zonas vitales. Los espectadores de la loma superior, ubicados en un pequeño risco, gritan y se conmueven. La escena es desoladora, con el hombre a merced del astado.

Finalmente, Cañero, uno de los caballistas más expertos y corajudos, logra llevarse al toro, no sin esfuerzo. Un todoterreno acude hasta la verja que separa los dos tramos de la tapia. Ya han llegado varias personas para recoger el cuerpo desmadejado e inánime. Todo esfuerzo es ya baldío. El asta ha penetrado por el cuello, el tórax…

El traslado hasta la enfermería de la plaza de toros del vecino cuellarano es una un velatorio anticipado. Una vida unida al ‘A por ellos’, una muerte que ya galopa en la historia de unos encierros tan reales y ciertos en la reiteración de la costumbre que no admiten errores. Incluso la prudencia no asegura nada.

Con anticipación a lo que manda la tradición entraron los hermanos del novillo letal. Que llegó a las calles fatigado. Como tantos otros. Sólo el esfuerzo asegura el cansancio. Sólo la fidelidad al rito permite que no todo sea perfecto y esférico. La bravura del toro no cabe en un reloj. El Ayuntamiento de Cuéllar ha decretado tres días de luto. De negro luto. Como el toro. Como un calendario sin el ‘A por ellos’.

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