Diario de Valladolid

Cien años de tijera y navaja

Fran es el último de la familia Moreno que trabaja en el sector de la barbería, un gremio que ha heredado de su padre, su abuelo y su bisabuelo, un oficio que se ha convertido prácticamente en una tradición

Fran junto a Paco Moreno, que sujeta el cartel de la peluquería de su abuelo, Don Francisco.-MIGUEL ÁNGEL SANTOS / PHOTOGENIC

Fran junto a Paco Moreno, que sujeta el cartel de la peluquería de su abuelo, Don Francisco.-MIGUEL ÁNGEL SANTOS / PHOTOGENIC

Publicado por
Alba Camazón

Creado:

Actualizado:

Unas navajas antiguas, unas máquinas manuales de cortar, un pulverizador antiguo, un suavizador de navaja y unos secadores de hace décadas, impolutos y brillantes, llenan las baldas de una vitrina que pretende honrar y recordar los orígenes de los Moreno, una estirpe gremial que ha cortado y afeitado el pelo de miles de vallisoletanos a lo largo de su historia.

Esa vitrina, cargada de recuerdos y anécdotas, es hoy objeto de curiosas e inquisitivas miradas de los clientes de Fran Moreno mientras esperan su turno de lavado y corte. «Un pequeño museo» que evoca los tiempos pasados y utensilios ya obsoletos, que forman parte de la historia.

Ahora en la Rúa Oscura, el más joven de la familia Moreno es el encargado de mantener el legado familiar y conservar a los clientes que consiguieron su padre y su abuelo. «Han llegado a venir dos hombres mayores a los que mi bisabuelo les había cortado el pelo, me contaron que les llevaban sus padres con un año o dos», explica Fran, orgulloso. «Te toca un poquito la fibra».

Son fáciles de reconocer, y no solo porque tengan el mismo gremio y apellido. Los Moreno también comparten nombre. Los hombres de las cuatro generaciones de barberos se llaman Francisco; aunque para diferenciarse, Fran es el más joven (nacido en 1987), su padre (1956) y su abuelo (1928) son Paco, y don Francisco, su bisabuelo (1901).

Todos Francisco Moreno y barberos, como atestiguan las imágenes que decoran las paredes del local de Rúa Oscura, en funcionamiento desde hace solo dos años. «Lo llevamos en la sangre», aseguran padre e hijo. Porque otra cosa no, pero los Moreno han tenido más de una decena de barberías a lo largo de los años. «Donde nos movíamos nosotros, venían los clientes», recuerda Paco.

Don Francisco, el bisabuelo, nació en Villanueva del Campo (Zamora), pero pronto tuvo que mudarse a Valladolid a trabajar. Comenzó como botones en un hotel, y antes de cumplir veinte años montó la primera barbería. Sus descendientes no han conseguido aún averiguar si le venía de familia o si aprendió fuera de casa. Paco le define como un «valiente». Empezó trabajando en la peluquería del Hotel Felipe IV, hasta que montó una barbería en la calle Panaderos. Don Francisco tuvo tres o cuatro peluquerías, la cifra exacta se escapa de su memoria. «Cuando la peluquería funcionaba y estaba en pleno auge, la traspasaba y montaba otra».

En esa época, en los años veinte, empezó a cortar a hombres y a mujeres. No solo su local era unisex, algo inaudito por aquel entonces, sino que él mismo sostenía las tijeras para unas y para otros. «Era un monstruo en todos los sentidos», rememora Paco, que cuenta cómo quisieron llevar al frente a don Francisco y este dijo que estaba enfermo. «Bebía mucho vinagre para que le salieran ojeras», recuerda entre risas. «Era un elemento. Se pasó la guerra en el hospital ida y vuelta, y cuando terminó montó otra peluquería».

Su hijo Paco (nacido en 1928), tomó el relevo. Ya a los siete años pasaba más tiempo en la barbería que en casa. Iba después del colegio a barrer y a pasar el cepillo. Cuando creció, se fue a trabajar a Gijón y estuvo en la barbería del Club Náutico un par de años. «Como Valladolid tenía mucha fama de que trabajábamos bien, no le hicieron ni una prueba», explica el padre de Fran.

Cuando volvió de Gijón, abrió una barbería en el antiguo Hostal Florido (en María de Molina), en la que trabajó hasta que el dueño tuvo que venderlo. «El dueño, que era muy bueno, le ayudó a buscar un local». Así que Paco trasladó todos sus bártulos hasta la entreplanta de lo que entonces era el número 5 de Ferrari [hace años cambió la numeración de la calle], local que bautizaron como ‘El Cisne’. Allí trabajó hasta que la Caja de Ahorros Popular les dijo que necesitaba ese local para hacer unas oficinas. «Así que nos fuimos a la Calle Santiago, encima de las Galerías Simago», explica Paco.

Su padre amplió entonces el concepto de barbería y, en un espacio de 180 metros cuadrados, instaló un pequeño gimnasio, una sauna para dos personas y una barra de bar, sin ir más lejos. Contrató una esteticien y una masajista y llenó el local de altavoces y puntos de luz. «Nos adelantamos a la época», sonríe ufano Paco. «Me han contado que la gente entraba, miraba y se iba pensando que no iba a ser asequible para todos, pero el precio estaba dentro de lo normal para la época y el sitio que era», añade Fran.

Su abuelo fue de hecho uno de los fundadores de la Asociación de Peluquerías de Caballeros de Valladolid, constituida en 1975, que organizó el primer cursillo de peluquería de caballeros y el Primer Certamen Provincial de Peluquería de Caballeros de Valladolid.

Los relatos del padre y el hijo se pisan y superponen en su intento por recordar todos los detalles de sucesos que vivieron e historias que les contaron. En el local de la calle Santiago volvieron a atender a algunas mujeres, «un poco por compromiso» y si tenían el pelo corto, «porque las melenas no las dominábamos y sufríamos cortándolas».

«Hice una vez una permanente a una clienta que se puso muy pesada, salí a las 23.45 de la noche... yo me subía por las paredes, y ella tan contenta, que era lo que quería. Le dije: ‘Pues es la última vez que te corto’ y ella: ‘Pero no te pongas así’. Y le dije: ‘Es imposible, si tienes el pelo largo no te lo corto más’», comenta Paco, que estalla en risas recordando aquella eterna noche.

En el local de la calle Santiago estuvieron hasta 1982, cuando volvieron a la calle Ferrari, pero no al mismo número. «Empezamos a trabajar sin luz. Venía gente a cortarse el pelo, y claro, se iba. Cuando se fueron cinco o seis clientes, les dijimos que podíamos lavar el pelo con agua fría y con la luz de la calle, como era agosto... Así estuvimos uno o dos días, con agua fría», evoca Paco, que trabajó con su hermano, su tío y su padre en ese mismo local, ya borradp del plano pero perenne en su memoria.

Después de haber trabajado juntos, Paco decidió salir del nido y montar su propio negocio en la calle Alarcón, donde estuvo durante diez años. Cuando su padre se jubiló, Paco volvió a la tienda de Ferrari, en la que ha trabajado hasta 2012, cuando cerró la tienda de Ferrari. Desde entonces, es pensionista.

Son muchos años en activo y Paco no puede desprenderse tan fácilmente de lo que ha sido su vocación durante toda su vida, así que visita todos los días a su hijo Fran en la barbería. «Me da mucha envidia y se me van las manos, aunque no corto el pelo a nadie, claro», comenta.

Todos los Moreno comenzaron barriendo en la peluquería, y el benjamín de la familia no podía ser menos. «Iba a Alarcón, barría, limpiaba y me camelaba a los clientes para sacarles unas pelas», ríe. Fran comenzó en el mundillo desde bien pequeño. «A los catorce años ya empezaba a practicar con algún amigo, con paciencia», rememora, nostálgico.

Su pasión nunca fue estudiar, así que Fran se puso pronto a trabajar: ha pintado, soldado, puesto pladur y trabajado en las bodegas. Los fines de semana aprendía a cortar, «siempre compaginando la peluquería con otros trabajos».

Fran aprendió del gremio como antes, poco a poco y de la mano de su progenitor, su mayor maestro, con quien trabajó hasta los 24 años. Después se fue un año con una cadena nacional «donde iban deprisa y corriendo» y el trato con el cliente no era tan personal y retornó a Ferrari. «El pájaro volvió al nido», bromea Fran. Cuando se jubila su padre, le ofrecieron el local del Círculo de Recreo (antiguo Casino) de Duque de la Victoria, donde estuvo cerca de cinco años.

«El problema era que no tenía escaparate, y tenía nuestra base de clientes y la del casino, pero yo quería crecer», relata Fran, que recuerda cómo hace dos años se decidió a comprar el local de Rúa Oscura, el último bastión de los Moreno, exactamente la misma calle en la que nació su padre Paco, como si fuera una señal del universo. «Al principio no me gustaba, porque la calle hace honor al nombre... pero al final pasa más gente por aquí casi que por Ferrari».

Es inevitable que cien años de tijera y navaja hagan reflexionar a sus protagonistas de todos los cambios que ha sufrido el gremio, unos beneficiosos y otros más perjudiciales.

El humo de tabaco llenaba, como tantos establecimientos, las barberías de Don Francisco, que cortaba el pelo con el pitillo en la boca. Paco todavía recuerda que los clientes tiraban las colillas al suelo y cómo tenía que correr a apagarlos con paños o agua. «Los paños tenían agujeros de las colillas, y había ceniceros en las butacas».

El fin del cable también fue un avance y permitió mejorar la movilidad de los utensilios, aunque también ha habido retrocesos, porque muchos usuarios prefieren comprar los productos de menor calidad o por internet, y eso perjudica al cliente y al peluquero.

Muchos aspectos del oficio han cambiado con los años, pero la figura del peluquero de barrio es imperecedera. «Todavía se dice eso de ‘voy a mi peluquero’, no voy ‘al peluquero’», reflexiona Paco. Porque al final, un peluquero de confianza se convierte en un amigo; y la peluquería, en un confesionario.

tracking