EL SIGLO DE DELIBES
Pasiones de domingo
El reciente ascenso del Real Valladolid, al filo de cumplirse los 90 años de su fundación un 20 de junio de 1928, refresca la pasión desmedida de Miguel Delibes por el deporte del balón. Primero, como practicante infantil en la finca que tenían los frailes baberos del Lourdes en el Palero, donde alcanzó dimensión de apasionamiento desordenado, y luego como seguidor acérrimo de un Valladolid que transitaba por la tercera división, dejando espacio en el aprecio del niño para los colores de otros grandes, que entonces no competían con los blanquivioleta: Madrid, Barcelona o Athletic de Bilbao. Más tarde, como seguidor de los encuentros que tenían lugar en el estadio aledaño a la plaza de Toros y en el sucesivo de la orilla del río, inaugurado el 3 de noviembre de 1940 con empleo de presos políticos, desde donde Delibes comenta a partir de 1948, como Miguel Seco, los partidos que juegan los equipos catalanes en Valladolid, en su condición de corresponsal del semanario Vida Deportiva, que editó Destino en Barcelona hasta el final de la temporada 1964-65.
Imagen del viejo estadio Zorrilla.-EL MUNDO
DE DIOS AL PUCELA
Más allá de las apariencias, Miguel Delibes fue un escritor poco convencional. Por eso, en sus libros memoriales y de recuerdos, nunca esquivó sus pasiones infantiles por el deporte, desde las lides colegiales al seguimiento de su Real Valladolid. Después de haber aprendido a nadar de niño y a coger la bicicleta para acercarse a las pozas del Cabildo en el Pisuerga o del Duero pinariego en Boecillo, incluso a ir de morralero con su padre cazador hasta los páramos de Torozos, fue un practicante obsesivo e infatigable de todas las variedades del fútbol, que jugó con botones en la intimidad del pupitre, con formaciones de once canicas en el patio, con pelotas de trapo en la galería de casa o de goma en los andenes del campo Grande. Para saltar con naturalidad de esos escenarios más domésticos al fútbol-fútbol de los campos escolares, enfrentándose con los colegiales del Lourdes a los chicos del instituto, de los jesuitas o a los invencibles huérfanos de Caballería, que tenían su cancha en la trasera del colegio de la calle Muro. Contiendas con balón ensebado, recio, coriáceo y pesadísimo, en las que los huérfanos siempre vapuleaban al resto de equipos de la ciudad.
En su libro de memorias deportivas, Mi vida al aire libre (1989), nos confiesa el siempre ponderado Delibes: «El fútbol, para mí, a los doce años, estaba en todas partes, lo impregnaba todo, era casi como Dios: una presencia constante… A mí lo que me exaltaba era el fútbol y ávido de darle una categoría científica, inventé la primera teoría, que formulé con terminología de ley en 1932: el equipo que después de perder en casa, visita a otro que viene de ganar fuera, si no se alza con el triunfo, sumará al menos uno de los dos puntos en litigio. Consideraba esta ley fruto de la observación, como todas las grandes leyes científicas que rigen la vida y el universo, y me jactaba de ella. El fútbol era una cosa muy seria, puesto que admitía su vertebración en leyes. Y como esta formulación encerraba buena parte de verdad, en el colegio me dio nombradía y, diez años más tarde, el cronista deportivo de El Norte de Castilla, al hacer los pronósticos del sábado, mencionaba la ley Delibes, como un físico mencionaría a Newton al hablar de la gravitación universal».
Contaba entonces el joven Delibes, que se confiesa hincha antes que aficionado, con un Real Valladolid incipiente, condenado a transitar categorías inferiores hasta el ascenso a primera división con sus veinte años cumplidos, al cabo de la temporada 1947-48. Pero desde el principio fue el club producto de una fusión de contrarios, que alcanzó esa primera meta de su recorrido con notables contribuciones a la épica local, sustentadoras en aquel estadio de la sociedad taurina, según Delibes, «de un amor desmedido por la patria chica, hacia quienes estima sus representantes, y una gratuita actitud de hostilidad hacia el forastero. Una especie de xenofobia pueblerina».
En ese clima de fervor prende con furia el hallazgo de Pucela, el grito futbolero del Pisuerga que plasma por primera vez en los papeles Rienzi el 13 de abril de 1941, según detectó hace ya seis años el historiador Enrique Berzal. Aquel entusiasmo alcanzó tan profusa propagación que 14 meses después, el domingo 7 de junio de 1942, el entonces relamido y a fuerza de esquivar procelas mojigato Francisco de Cossío arremete desde la portada de El Norte de Castilla contra el uso antonomástico de Pucela como cliché de Valladolid, por su carácter de apelativo procedente de la gallofa con tinte despectivo y denigrante. Allí esboza una primera tentativa de explicación: «Con motivo de los éxitos futbolísticos de Valladolid, se ha puesto en circulación, quizá excesivamente, la palabra Pucela. La mayor parte de la gente no sabe lo que esto significa, y yo mismo no estoy muy seguro de su origen. Se pensó si sería una expresión gitana, para afirmar los más enterados que era una palabra del argot del hampa. Es decir, que los ladrones y gente de baja condición, para designar entre ellos Valladolid, y que nadie pudiera entender la población a que se referían, decían Pucela». Su empeño en desterrar el apodo sólo contribuyó a afianzarlo, hasta convertirse en un gentilicio más de Valladolid, provocando en la intelectualidad una cucaña de ingeniosos desvaríos protagonizados por ilustres pesquisidores que compitieron sin fortuna en descifrar su origen. Con el Valladolid ya en primera, el cisquero de Urueña Ángel Lera de Isla se escandaliza con los gritos de Pucela, Pucela, proferidos por los aficionados de Valladolid en Chamartín: «¿Por qué los de Valladolid han de llevar como bandera ese estúpido y malsonante nombre de Pucela»? A ese clavo se agarra otra vez Cossío (‘Eso de Pucela’ 23 nov. 1948), quien carga las tintas en la mala cuna del término, «tan baja como puede ser la jerga rastrera y sucia de los presidiarios que merecen serlo», pringando a quienes lo enarbolan con su gusto por «lo chulesco, lo más innoble» y su riña «con cuanto significa cortesía social, delicadeza y buenas costumbres en el comportamiento». Se suma al vareo de la lengua de la gente Ángel de Pablos, por el empleo de Pucela en el programa de televisión La unión hace la fuerza, en febrero de 1965, y lo denuesta con sus ripios Félix Antonio González en 1970: La ciudad tiene un nombre / desde su más niña edad, / no ese dicharacho raro / que molesta en realidad, / porque es un mote… La gente / que va diciendo Pucela, / tan inconsecuentemente, / podría, lector prudente, / poner motes a su abuela. Vaya por Dios.
EL OSO RUBIO DE HUNGRÍA
Pero la épica del Valladolid durante aquellos años oscuros tiene también su asiento en el paso de su dirección deportiva por las manos de los tres hermanos Platko: Esteban (1928-31 y 1934-40), Carlos (1941-43) y Francisco (1945-46). Sobre todo, el portero del Barcelona (1898-1983), el oso rubio de Hungría convertido en mito por la Oda a Platko de un Rafael Alberti impresionado con su actuación en la final de copa frente a la Real Sociedad, celebrada en El Sardinero en mayo de 1928. Lo llevó al estadio, donde un guipuzcoano le pateó la cabeza, el hospitalario escritor de Valladolid José María de Cossío, que lo tenía acogido en su casona de Tudanca y que en 1932 iba a ser presidente del Racing:
Ni el mar,
que frente a ti saltabasin poder defenderte.
Ni la lluvia. Ni el viento,que era el que más rugía.
Ni el mar, ni el viento, Platko,
rubio Platko de sangre,
guardameta en el polvo,
pararrayos.
No nadie, nadie, nadie.
Camisetas azules y blancas, sobre el aire.
Camisetas reales,
contrarias, contra ti,volando y arrastrándote.
Platko, Platko lejano,
rubio Platko tronchado,
tigre ardiente en la yerba de otro país.
¡ Tú, llave, Platko, tu llave rota,
llave áurea caída ante el pórtico áureo !
No nadie, nadie, nadie,
nadie se olvida, Platko.
Volvió su espalda al cielo.
Camisetas azules y granasflamearon, apagadassin viento.
El mar, vueltos los ojos,
se tumbó y nada dijo.
Sangrando en los ojales,
sangrando por ti, Platko,
por ti, sangre de Hungría,
sin tu sangre, tu impulso,tu parada, tu salto
temieron las insignias.
No nadie, Platko, nadie,
nadie se olvida.
Fue la vuelta del mar.
Fueron diez rápidas banderas
incendiadas sin freno.
Fue la vuelta del viento.
La vuelta al corazón de la esperanza.
Fue tu vuelta.
Azul heroico y grana,
mando el aire en las venas.
Alas, alas celestes y blancas,
rotas alas, combatidas, sin plumas,
escalaron la yerba.
Y el aire tuvo piernas,
tronco, brazos, cabeza.
¡ Y todo por ti, Platko,
rubio Platko de Hungría !
Y en tu honor, por tu vuelta,
porque volviste el pulsoperdido a la pelea,
en el arco contrario al vientoabrió una brecha.
Nadie, nadie se olvida.
El cielo, el mar, la lluvia lo recuerdan.
Las insignias.
Las doradas insignias, flores de los ojales,
cerradas, por ti abiertas.
No nadie, nadie, nadie,
nadie se olvida, Platko.
Ni el final: tu salida,
oso rubio de sangre,
desmayada banderaen hombros por el campo.
¡ Oh, Platko, Platko, Platko
tú, tan lejos de Hungría !
¿ Qué mar hubiera sido capazde no llorarte ?
Nadie, nadie se olvida,
no, nadie, nadie, nadie.
Aquel tráfago por las categorías inferiores discurría en una época hosca sembrada de consignas, poco apta para la épica. Y aunque Delibes evoca con nostalgia la peripecia del Valladolid de preguerra, transitando por Las Gaunas logroñesas, por El Ejido leonés, y por O Inferniño ferrolano de los Diablos Verdes, mientras enviaba su cuota de promesas al Todopoderoso para propiciar la victoria, nunca faltó su ánimo presencial en los partidos de casa. Porque sus hermanos y él habían renunciado a las propinas para poder acudir quincenalmente al estadio de la plaza de Toros, donde el escritor siempre anteponía al espectáculo el triunfo del Real Valladolid Deportivo. «Esto quiere decir que fui hincha antes que aficionado». También le sirvió el fútbol como ejercicio de memoria, aprendiendo con trucos nemotécnicos las alineaciones de los equipos de entonces, una práctica preparatoria muy útil para sus oposiciones a cátedra, cuando memorizó los casi mil artículos del Código de Comercio. Para comprobar, al cabo de los años, que el viento del olvido había sido implacable con los artículos del código, mientras medio siglo después todavía conservaba vestigios incólumes de aquellas peregrinas alineaciones.
LA ESCUELA DEL FÚTBOL
A Delibes le prohibió la censura publicar la posible dimisión de una junta directiva del Valladolid, «ya que en el régimen actual no existe más trámite que el cese que, bien a su instancia o de oficio, conceda el organismo superior respectivo». Miguel Delibes abandonó las gradas como espectador, para no volver más que ocasionalmente al nuevo Zorrilla, «el día que se decidió que los espectadores, o los futbolistas, o los árbitros, o quizá todos, debíamos estar enjaulados como reclusos, para evitar agresiones». Aquellos presidios de domingo, establecidos en la temporada 1976-77, lo expulsan de la afición campestre, que siguió manteniendo a través de la televisión, aunque siendo muy crítico con los comentaristas, que habitualmente se esfuerzan «por traducirnos en palabras lo que ya estamos viendo con nuestros propios ojos». A pesar de la distancia, no decae su interés por un deporte que en aquellos años pierde espectadores a causa de la estrategia de la tarascada y del hachazo, que se aplica para sofocar el talento a base de una persecución destajista. Entonces sugiere la renovación del reglamento implantando personales, que a la quinta falta provoquen la expulsión del infractor.
Pero el Real Valladolid no olvidó nunca a Delibes y el 6 de mayo de 2001 distribuyó a la entrada del estadio, coincidiendo con la feria del libro, veinte mil ejemplares del cuento El pase atrás, del académico sueco Torgny Lindgren, en apoyo a la candidatura de Delibes al premio Nobel, respaldada por multitud de entidades culturales del mundo hispánico. Pero el 0-0 de aquel partido frente al Málaga no alentó la brega del valedor sueco, presente en el palco. La memoria del escritor, siempre viva entre nosotros, volvió al estadio para el homenaje póstumo protagonizado por sus nietos con la suelta de una paloma el 14 de marzo de 2010.