EL SIGLO DE DELIBES

Espejo de sombras

Aunque Miguel Delibes nunca incurrió en la poesía como ejercicio literario, sí dio sobradas muestras de aprecio y devoción con sus poetas más cercanos, desde el estricto condiscípulo del Lourdes Manuel Alonso Alcalde (1919-1990) a los convecinos de diferentes momentos y edades Jorge Guillén (1893-1984), Francisco Pino (1910-2002), Francisco Javier Martín Abril (1908-1997) y José María Luelmo (1907-1991), afectivamente vinculados a su periódico, entre otros lazos igualmente estrechos, aunque menos obvios. Lo que nunca hizo Delibes, frente a lo que suele ser frecuente e incluso ordinario en su gremio, fue usar la poesía como adorno, cobijándose bajo su palio protector: «En realidad, me interesa poco la poesía. Nunca hice un verso y leí pocos», declara ya en 1951 al crítico de Destino Rafael Vázquez Zamora

el poeta Fernando González.-EL MUNDO

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Ernesto Escapa

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MADEJA DE PASIONES

Las conexiones familiares con su pariente suspicaz Jaime Gil de Biedma (1929-1980), nieto de Santiago Alba y primo suyo, o amistosas con el protagonista de la irrupción literaria más descollante de los años cuarenta, el poeta, novelista y dramaturgo indiano José Suárez Carreño (19015-2002), que ejerció de universitario revoltoso en el Valladolid republicano, y después de la guerra, como tutor poético de Manuel Alonso Alcalde.

Pepe Carreño, vecino en Valladolid de la familia de su condiscípulo en la calle Lencería, se trasladó a Madrid en 1940 y obtuvo sucesivamente los premios Adonais de poesía 1943, Nadal de novela 1949 y Lope de Vega de teatro 1950, para resurgir doce años más tarde y una vez abandonada la literatura, como acompañante de Ridruejo en el contubernio de Munich 1962 y residente con él en París hasta su regreso a Madrid en abril de 1964.

Precisamente unos versos de Hoguera viva (1948), el estreno granado de Alonso Alcalde como número 12 de la colección de poesía Halcón, ponen pórtico a La sombra del ciprés es alargada (1948), primera novela en la carrera literaria de Miguel Delibes. Alonso Alcalde y Enrique Gavilán habían sido condiscípulos de Delibes en los baberos del Lourdes, donde resaltaron como «las grandes plumas –en prosa Gavilán; en verso Alonso Alcalde- de aquel inolvidable curso de literatura que profesaba el hermano José María». Gavilán también era pariente de Suárez Carreño, el descollante nuevo autor de las letras españolas de la década.

En el revuelo de abatimiento y expectativas de aquellos años grises, el tutelaje afectivo de Ángeles Castro, con quien se va a casar el escritor el día del libro de 1946, lo inclina a prestar su carné de prensa como salvaguarda de supervivencia para la revista de poesía Halcón (1945-1949), aparecida unos meses antes en Valladolid.

A su frente figuran dos jóvenes poetas sin tacha política y encaminados hacia la profesión militar –Alonso Alcalde y López Anglada-, junto a un despierto bachiller amparado por don Narciso Alonso-Cortés (1875-1972), el joven poeta y futuro premio Castilla y León de las Letras Arcadio Pardo (1928), que actúa como secretario. El respaldo económico para la impresión lo presta Pablo Puente Paz, gerente de Sever Cuesta, pero nadie ignora en la ciudad que la mano poética que mece y agita a estos jóvenes es el catedrático de Literatura depurado e inhabilitado desde 1939 Fernando González Rodríguez (1901-1972).

Calificado como «persona de muy malos antecedentes», por su vínculo republicano, había nacido en Telde el primer día de 1901 y estudiado Letras en La Laguna y en Madrid, donde colaboró en La Pluma con Rivas Cherif y Azaña. Catedrático de instituto desde 1930, ejerció en Tortosa, Logroño y Bilbao, antes de dirigir en Madrid el nuevo instituto Nebrija, instalado en el colegio de los jesuitas de Chamartín de la Rosa desde septiembre de 1932.

En su claustro coincidió con la vallisoletana Rosario Fuentes Pérez (1898-1970), catedrática de francés desde 1928 y primera catedrática del instituto Zorrilla de Valladolid, con quien se casa y cuyo vínculo explica la presencia del canarión en la ciudad de las nieblas.

Cuando pone en marcha Halcón con aquellos jóvenes a quienes conoce en la tertulia del Café Cantábrico, don Fernando ya ha publicado cinco libros poéticos: Canciones del alba (1918), Manantiales en la ruta (1923), elogiado por Azorín, Hogueras en la montaña (1924), El reloj sin horas (1929) y Piedras blancas (1934), que recogen su evolución creativa desde los ecos modernistas iniciales al sosiego machadiano de sus elegías melancólicas y apacibles, que elogian Pedro Salinas y Ricardo Gullón. Incluso figura ya en la renovadora y canónica Historia de la literatura española, de Valbuena Prat, con un tratamiento extenso y detallado, que recorre la pulsión de sus versos, resaltando su dominio del ritmo pautado por la depuración emocional.

Si El reloj sin horas acoge el bullicio interior de asuntos unamunianos, Piedras blancas refleja el ámbito familiar convertido en isla de acogimiento: «cuna redonda que el mar mece». Su sexto libro, Ofrendas a la nada (1949), que dedica a su mujer, verá la luz como número 15 de la colección Halcón, convocando hondos sonetos reflexivos, gráciles canciones y agudas semblanzas de cuño existencialista, entre las que destacan Dentro de un corazón fui sepultado y los versos amorosos transidos de duelo y pesadumbre por la derrota de la lejana juventud.

El poeta que recala en Valladolid viene tocado por la contrariedad en su ánimo, pero de ningún modo doblegado ni abatido. Por eso, despliega recursos amistosos para enriquecer con colaboraciones insignes la revista y proteger con el preceptivo carnet de prensa, que reclama el delegado provincial de Educación Popular Antolín de Santiago Juárez y les presta Delibes, la continuidad de su supervivencia en el Valladolid bravío.

Todo ello, manteniendo la llama de la poesía encendida y sin atisbo de resignación. En fecha tan ceñuda como mayo de 1946, la revista Halcón publica cuatro poemas inéditos de Miguel Hernández (1910-1942), aportados por Leopoldo de Luis (1918-2005), el hermano poeta de Francisco Umbral. Entre otros, el celebérrimo Nanas de la cebolla, todavía titulado Nana a mi niño.

Y dos meses más tarde, Halcón homenajea por su jubilación, con una apoteosis de afecto, al añoso y juvenil don Narciso, maestro de preceptiva, que acaba de ser elegido como académico de la Lengua, sustituyendo en su sillón B a Ricardo León hasta 1972, para recibir relevo en 1973 del lingüista vallisoletano Emilio Alarcos Llorach.

En 1949 ve la luz Poetas líricos vallisoletanos de los siglos XIX y XX y cuatro años después, en 1953, Las mil mejores poesías de la literatura universal. Tres mil años de poesía, editado por Miñón. En esta época, entre 1951 y 1953, Fernando González cursa los estudios de Derecho, ejerciendo como abogado durante un lustro, hasta 1958. El 30 de diciembre de 1955 había sido reintegrado en el escalafón de catedráticos, con destino en Astorga, de donde se trasladó en 1957 al Núñez de Arce, para pasar entre 1962 y 1964 al instituto Zorrilla y más tarde al Calderón de la Barca madrileño. Rosario Fuentes fallece el 26 de marzo de 1970 y entonces don Fernando se traslada a Valencia con su hijo, vicesecretario del ayuntamiento, hasta su muerte repentina, el 24 de junio de 1972.

LUZ EN LAS TINIEBLAS

La década sombría sigue aportando malas noticias y junio de 1945 se estrena con la muerte en su exilio de Buenos Aires, derrotado por un cáncer que él mismo se diagnostica, del eminente científico portillano don Pío del Río Hortega (1882-1945), quien dona en su testamento la fortaleza de Portillo de su propiedad a la universidad de Valladolid. A pesar de su prestigio internacional, que lo llegó a situar dos veces en la antesala del Nobel, nunca consiguió don Pío una cátedra universitaria en España, donde ni siquiera alcanzó a ser admitido en la Academia de Medicina. Este avieso rechazo provocó la ruidosa renuncia del neurólogo Rodríguez Lafora.

El gran descubrimiento de Río Hortega fue el tercer elemento de los centros nerviosos, conocido como células apolares, «que no constituyen un grupo celular homogéneo y uniforme, sino que es posible diferenciar en él dos variedades distintas, tanto por la morfología como por su localización preferente», según el profesor Aguirre Viani.

Su hallazgo pone de manifiesto que además de las neuronas y los estrocitos, hay que contar con dos nuevos tipos celulares, que los repertorios científicos internacionales bautizan como ‘células de Hortega’. En su ámbito de investigación, dedicado al estudio del sistema nervioso, Pío del Río es ya un clásico, cuyas aportaciones constituyen referencia inevitable en la literatura especializada.

Son los mismos años penumbrosos en que el joven dibujante Manuel Gago (1925-1980) se ve forzado a extremar el ingenio para alimentar a su familia, privada de la tutela paterna a causa de la guerra. El padre, capitán del Ejército republicano, pasará parte de la década recluido y preso en Albacete, lo que obliga al mayor de sus hijos a buscarse la vida, dejando los estudios para emplearse como mecánico.

Sin embargo, como en tiempos de infortunio los males nunca vienen solos, a los 17 años enferma de tuberculosis, cuyo tratamiento requiere su ingreso en un hospital. Allí postrado, lee lo que cae en sus manos y queda fascinado por la novela popular Los cien caballeros de Isabel la Católica, de Rafael Pérez y Pérez, publicado por Juventud en 1934, que recrea con la ligereza y todos los tópicos previsibles las postrimerías de la Reconquista. Enseguida, las revueltas peripecias de aquella novela le pueblan la cabeza de aventuras y pide a sus hermanos pequeños que le consigan y traigan un tablero de dibujo, que resulta poco más que un tosco atril. Con ese utillaje y con una imaginación desbordante pone en marcha las aventuras de El guerrero del antifaz, cuya andadura (1943-1966) cubrirá 23 años de posguerra y surtirá 668 cuadernos, alcanzando su cénit de mayor éxito en la década de los cincuenta con una difusión superior a los doscientos mil ejemplares, que acabó dando recursos y empleo a toda la familia Gago.

Aquellos cuadernillos apaisados relatan el rapto inicial de la condesa de Roca en una razzia de Alí Kan, que la convierte en su mujer sin reparar en que ya está embarazada de dos meses. Al nacer el hijo, Kan lo cría como su heredero, significándose el joven batallador por su ferocidad contra los cristianos. Pero a sus veinte años, la madre le cuenta la verdad, antes de ser asesinada por el vengativo Kan.

El joven guerrero promete entonces vengar a su madre: hiere a Kan, pero tiene que huir antes de rematarlo, para salvar su pellejo. Agobiado por ese pasado inclemente con los suyos, el joven guerrero se disfraza con un antifaz y dedica la vida a vengarse de sus antiguos compinches, a los que persigue primero por las Alpujarras y después en Túnez, Argelia, Turquía e Italia.

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Finalmente, superado el remordimiento por su pasado, el guerrero del antifaz contrae matrimonio con Ana María, hija del conde de Torres, y comieron perdices. Una exposición de Caja España homenajeó a Manuel Gago hace diez años en su Valladolid, editando el estudio de Fernando Bernabón, que recoge su peripecia biográfica con una tebeografía básica.