EL SIGLO DE DELIBES

Trío de exiliados

Aquel Valladolid todavía con elegancia de corte, salpicaba sus entrañas con casonas de piedra gris que arropaban a una catedral inacabada, plasmando su constatación como eternidad en vilo guilleniana: «El que yo fui me espera / bajo mis pensamientos». Quizá esa persistencia explique la feliz integración urbana de un edificio aparentemente exótico en el despliegue moderno de Valladolid. La Academia de Caballería, que diseñó el ingeniero Adolfo Pierrad inspirándose en el salmantino palacio de Monterrey, vino a sustituir a la cárcel modelo de traza octogonal de mediados del diecinueve, ocupada desde el principio por la Academia y destruida por el fuego

La Academia de Caballería.-E.M.

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Ernesto Escapa

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A pesar de su arquitectura enfática de máscara neoplateresca, muestra a la modernidad el vínculo renacentista, resaltando el dinamismo de su implantación urbana, al establecer relaciones proporcionadas tanto al Campo Grande como al aledaño encuadre de Recoletos. Desde un principio, las publicaciones especializadas elogiaron su elegante uso de una distribución deudora del clasicismo francés y del canon palladiano. Ya en 1921 la Construcción Moderna alabó la gradación de su fachada desde el basamento almohadillado. Un alzado jerárquico, que culmina en la ornamentación plateresca, articula las diversas partes del edificio sobre un eje de simetría poderoso, que tiene el contrapeso de las torres, concediendo a cada flanco una función urbana independiente, en relación con los ejes de Miguel Íscar y del Paseo de Zorrilla. Esta integración digiere su aspecto pintoresco de retablo monumental para articular eficazmente una de las encrucijadas centrales de la ciudad moderna.

PLUMAS PLATEADAS

Tres escritores de la Edad de Plata, vinculados en sus orígenes con aquel Valladolid, van a culminar sus vidas después de un tránsito dilatado por el exilio americano, del que volverán para culminar sus días en España los dos más jóvenes (Rosa Chacel y Jorge Guillén), pero cuyo retorno ya no alcanzará al más veterano León Felipe (1884-1968). Felipe Camino Galicia adoptó el nombre literario de León Felipe para una existencia peregrina y azacaneada. Su padre era de Herrín de Campos y su madre de Valdenebro de los Valles, aunque nació en Tábara (Zamora), por el empleo ambulante como notario del padre. Su infancia transcurrió en Sequeros (Salamanca) y en Santander. Primo carnal del pintor azañista Francisco Galicia (1895-1976) y tío del torero mejicano Carlos Arruza (1920-1966), hijo de su hermana. Estudia Farmacia en Valladolid y en Madrid, donde se incorpora a la bohemia, pero la muerte del padre lo devuelve a Santander, donde pone farmacia en 1907, de la que se ocupa muy poco, hasta vender fraudulentamente el negocio caído en manos de un prestamista.

Huyendo de la quema, marcha a Barcelona, donde se incorpora como actor a una compañía ambulante, con la que pasa un par de años recorriendo pueblos como cómico de la legua, hasta que lo detienen y cumple un tiempo de prisión en Santander. En el encierro empieza a escribir poesía y con la libertad recupera el oficio farmacéutico, primero en Valmaseda y más tarde en un pueblo de la Alcarria, donde adopta el nombre literario de León Felipe. Después, ejerció varios años como administrador de los hospitales de Guinea, hasta trasladarse en 1922 a Méjico y Estados Unidos. Allí estudia y enseña en la universidad de Columbia y en la Cornell University, para regresar a España con la proclamación de la república y retornar a América en 1933. Es profesor en la universidad de Panamá y consejero de la embajada de España en aquel país, del que se despide al comenzar la guerra civil, cuyo fogonazo da luz a su estilo poético más conocido. Escribió entonces su Good by, Panamá y regresó a España. Había publicado antes cinco libros, más nutridos de residuos que iluminados de atisbos. Solitario, irritado e individualista, se hizo a sí mismo como poeta, bebiendo en las fuentes bíblicas, después de desechar los coletazos decimonónicos. Un fértil coloquialismo de verso libre lo conduce entre el prosaísmo y el desgarro verbal. Su retórica incorporó un dolorido acento castellano de derrota, para descubrir que aquel sentimiento era universal. Cuando su obra adquiere un tono más combativo, fundiendo humanismo y elementos anarquizantes, el verso se hace versículo que recoge mensajes incesantes y proféticos, sin evitar la convivencia de momentos excelsos con ruidosas incursiones en el prosaísmo. Max Aub puso epitafio a estos desajustes: «Hay grandes y buenos poetas. Los grandes poetas –como Unamuno y León Felipe-, no necesitan ser buenos poetas».

PURO ESPLENDOR

La poesía de Jorge Guillén prescinde de la ornamentación modernista para quedar depurada de adornos y ceñida a su contenido con precisión. Esta búsqueda extrema del rigor verbal hizo que tardase varios años en escribir su primer libro, Cántico, cuya versión de 1928 fue ampliada sucesivamente hasta 1950. El subtítulo añadido a este poemario en 1945, Fe de vida, da una idea exacta de su concepción literaria, que distingue la actitud apasionada ante el maravilloso espectáculo de la existencia.

Jorge Guillén nació en Valladolid, en 1893, y murió en Málaga, en 1984. Perteneciente a la Generación del 27, estudia Filosofía y Letras en Madrid y en Granada, graduándose en 1913. En 1924 se doctora y visita Alemania, después de haber sido lector de español en la Sorbona (1917-1923), actividad que repite en Oxford entre 1929 y 1931. En 1925 obtiene la cátedra de Literatura Española en la Universidad de Murcia, pasando a la de Sevilla tres años después. La guerra civil lo pilló de vacaciones en Valladolid y en su camino a Francia (de donde era su mujer) fue detenido y encarcelado en Pamplona. La movilización de su padre en Valladolid evitó que se repitiera lo ocurrido con Lorca en Granada. Don Julio Guillén era un albista que estuvo preso en Cocheras, compartiendo estancia con el abuelo del presidente Aznar, luego biógrafo de Franco. A Germaine, la mujer francesa del poeta, le raparon el pelo en Valladolid. Liberado y devuelto a Sevilla, Jorge Guillén tradujo el poema de Paul Claudel «A los mártires españoles», antes de pronunciar el discurso del Día de la Raza en el paraninfo de la universidad ante Queipo de Llano. Fue el salvoconducto para abandonar España en julio de 1938. Una servidumbre que Juan Ramón Jiménez no le perdonaría jamás.

Antes de exiliarse, colabora en las revistas intelectuales más importantes de su época y posteriormente en las de América. Además, traduce a Paul Valéry (Cementerio marino) y a Jules Supervielle. También desarrolló una luminosa tarea crítica, en la que destaca el libro Lenguaje y poesía (1962). En 1992 se publicó su jugosa correspondencia con Pedro Salinas y en 1999 vio la luz en un volumen su Obra en prosa, que reúne la totalidad de sus textos críticos.

La poesía de Guillén se divide en dos grandes períodos. El desarrollo de Cántico, entre 1919 y 1950, llena su primera etapa. El entusiasmo de Guillén se expresa de una manera estructurada y clasicista, rigurosa en la expresión intelectual, lo que ha llevado a relacionarlo con Paul Valéry, a pesar de que su radical optimismo contrasta con el prisma negativo del francés. La armonía del universo y la afirmación vital del hombre que lo contempla y celebra hasta en sus aspectos más vulgares es el principio esencial del poeta, que se muestra ajeno a cualquier imperfección. Su obra es el correlato del optimismo que en los felices veinte ilumina las vanguardias. Aunque se resiste al testimonio de su aventura, el drama de la guerra irrumpe en la quietud de Cántico y le coloca el marchamo de Fe de vida.

La segunda etapa refleja el impacto de diversos conflictos y se expresa en las tres partes de Clamor, tituladas Maremagnum (1957), Que van a dar en la mar (1960) y A la altura de las circunstancias (1963). En 1967, ve la luz Homenaje y un año más tarde Aire nuestro, que agrupa la reunión de su obra. La nostalgia del pasado, el paso del tiempo y la reflexión sobre la vejez se convierten en temas recurrentes. Las fuerzas que acechan la plenitud, representadas por los conflictos políticos, comparecen en las tres partes de Clamor. Esa conciencia de una realidad dolorosa conlleva una expresión más grave y elegíaca. También la apurada concisión de su primera época da paso a un discurso más pausado y jugoso, en el que se despliegan las construcciones largas y los poemas en prosa. A pesar de que el autor no renuncia a su emocionada postura inicial, la nostalgia del pasado, el paso del tiempo y la reflexión sobre la vejez contribuyen a que su voz se tiña de melancolía.

Homenaje (1967) supone un retorno al enfoque de Cántico y recupera su impulso primordial de comunicación, con versos consagrados a la cultura, al amor y a la amistad, aunque también turbados por el aviso de la muerte. Sus últimas obras fueron Y otros poemas (1973), con una parte dedicada a la tarea poética, y Final (1982), que según confesión del autor aclaraba o introducía variantes a sus creaciones anteriores. Ambos libros son un epílogo menor a su vasta y ambiciosa construcción poética. Guillén concebía su poesía como un conjunto orgánico, no como mezcolanza arbitraria de textos diversos. En ese sentido, aspiraba a la unidad de Las flores del mal, de Baudelaire. Sus libros se organizan con criterios de simetría, que traducen la decisión del autor de situarse al lado de la vida y oponerse al caos. En su obra, el lenguaje es instrumento. En 1976 recibió el primer premio Cervantes, dotado con cinco millones en una ceremonia sin monarca ni ministro. Un antiguo alcalde franquista de Salamanca actúa como director general y le acerca la bandeja con el diploma y un sobre indisimulado, para sellar el reencuentro con uno de los grandes poetas del siglo.

LOS RUIDOS DE LA HUCHA

Ensayista, traductora, novelista y poeta, Rosa Chacel (1898-1994) se convirtió a su regreso en la cara visible de un exilio más moral que político. La bulla a su alrededor tuvo que ver a menudo con opiniones inesperadas en una mujer mayor. Sobre todo, a partir de la confidencia libre de sus diarios, donde anota nombres y episodios que testimonian su lucidez, una vivencia soberana de su aventura de mujer y la implacable y exigente intransigencia literaria. Algunos secretos guardados en la hucha de la memoria salieron a la luz al publicarse Alcancía (1982) y fueron propagados con alboroto en la prensa de aquellos años. Estación termini (1998) fue el volumen póstumo, donde albergó la calderilla del ajuste de cuentas con su tiempo y también los ecos de alguna provocación, como sus revelaciones homosexuales, que despertaron la alcurnia inquisitorial de ciertas tribunas y la ansiedad de amor imposible de algunas damas ilustres. También el acecho impaciente al Cervantes, un galardón prometido que finalmente pasó de largo. Rosa Chacel tuvo sus recompensas –la bienvenida del Premio de la Crítica, en 1976; el Nacional de las Letras Españolas, en 1987; el Castilla y León, en 1990; y la medalla de oro de Bellas Artes, en 1994- y también unas cuantas decepciones. Por encima de todas, el reiterado y gratuito rechazo de la Academia, que le antepuso escritoras irrelevantes y siempre de fuste menor. Rosa Chacel tuvo un recorrido narrativo anterior a la guerra, muy vinculado a la deshumanización orteguiana del arte. Como a Zambrano, la tatuó su razón poética. La receta –que, simplificando, consiste en observación microscópica de los sentimientos y poco dibujo narrativo, escueto relato y abundante divagación- es la misma que alienta la renovación europea de la novela. Sus textos más ambiciosos ofrecen una lectura ardua. Ocurre con La sinrazón (1960), obra de enorme esfuerzo creativo no bien resuelta, que recibió la acogida del desdén. Reeditada en España diez años después, con el aval de su paisano Julián Marías. Un relato demorado y puntilloso que recoge la confesión íntima de un hombre atribulado, cuya conciencia enrevesada marca el curso de la narración.

Las andanzas de Santiago Hernández por Francia, Suiza y Madrid coinciden con las desveladas por su autora en la confidencia de sus diarios. La trama minuciosa de esta confesión desbordada va cubriendo los espacios abiertos por Estación, ida y vuelta (1930), su primera novela, mientras puebla sus bucles con lentas peroratas introspectivas. Sus protagonistas andan perdidos por el laberinto sin patria hasta caer en el precipicio de la locura. La sinrazón vio la luz después de una estancia de medio año en Madrid y Estación surgió en Roma. Recoge la historia sentimental de una pareja que revuelve una relación ajena. A Roma había acudido Rosa Chacel con su marido el pintor Timoteo Pérez Rubio en 1921. Estuvieron seis años en la Academia de España con la lección orteguiana bien aprendida. Por encargo de Ortega había escrito Teresa (1941), que verá la luz ya en el exilio. Concebida como biografía de Teresa Mancha, la amante de Espronceda, la escasez de documentos alentó su indagación psicológica, dando como resultado una estupenda novela histórica, con más pálpito que referencias cronológicas.

Su obra mayor fue Memorias de Leticia Valle (1945), que años más tarde llegó al cine, donde desvela la aventura de un adulto seducido por una preadolescente, que acaba en suicidio. Aunque la escribió como respuesta a una indagación romana sobre Dostoievski, en su fondo bulle la memoria de su infancia, que resalta el deseo de su protagonista de madurar como mujer culta e independiente. A ese universo de sueños y proyectos dedicó también Rosa Chacel su memorial Desde el amanecer (1972), donde evoca su infancia vallisoletana en la estela familiar del poeta Zorrilla.

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Ya de vuelta a España, Rosa Chacel va recuperando sus libros del exilio, mientras emprende un último proyecto con tres novelas que hacen balance de su memoria. Barrio de Maravillas (1975), premiada por los críticos españoles como mejor novela del año, inaugura el ciclo autobiográfico de recuerdos esbozados con el repaso a la pubertad madrileña, los amigos y la incipiente vocación intelectual, que conviven con un proceso de menguas familiares. Acrópolis (1983) se centra en los años veinte y gira en torno al eje de la Residencia de Estudiantes, donde bulle la inquietud de la protagonista, que refleja el tránsito hacia la ilusión republicana. Ciencias Naturales (1988) se ocupa del exilio y es la más floja de la trilogía, por descuidos de estructura debidos al acopio de materiales que a veces no encajan en el recuento introspectivo. Son relatos que descansan en el buceo lírico de la memoria, en el rescate y evocación de un tiempo generacional tenazmente modelado para realzar sus perfiles menos realistas.