ADOPCIÓN HOMOPARENTAL
Primogénit@s de la adopción igualitaria
Ocho parejas homosexuales han recibido hijos en adopción en Castilla y León. Todas son de padres varones excepto Ana y Paloma, que hace cuatro meses dieron la bienvenida a su niño en Valladolid
Juan Francisco y José Luis juegan con la pequeña Julia.-ENRIQUE CARRASCAL
La causalidad quiso que Julia llegase a su nueva casa de Salamanca el Día del Orgullo Gay. Había nacido en enero pero fue el 28 de junio de 2012 cuando ‘vino al mundo’ por segunda vez. Sus dos padres –en masculino plural– son una de las pocas familias homoparentales de Castilla y León con algún hijo adoptado. La primera se registró en 2010. Y desde entonces, otras siete parejas lo han logrado, dando un hogar definitivo a un total de once niños (en tres casos se trata de parejas de hermanos).
«Oye, que mañana me cojo la baja de paternidad», había avisado José Luis en el trabajo. Sus compañeros de oficina no conocían ni sus planes familiares ni su orientación sexual. Fue una sorpresa vivida con naturalidad. También el aterrizaje de la niña en el municipio salmantino de Miranda de Azán discurrió con normalidad. Empujando su carrito por la calle, los flamantes papás ni siquiera tuvieron que enfrentarse a preguntas indiscretas. «Era un cotilleo tan jugoso que eso facilitó mucho las cosas», rememora el padre con simpática sinceridad.
«Más rica ellaaaa. Es muy buenina; y también un poco bruta», babea José Luis. Su hija le llama ‘papi’. A su pareja, Juan Francisco, le reclama como ‘papá’. Para diferenciarles.
¿Cómo recuerdan el primer día?Pues como cualquier padre primerizo. «Fue una alegría tremenda; al contemplarla uno se sugestiona y dice ‘me está mirando a mí, me sonríe...’», rememora José Luis al repasar por el retrovisor aquellos días de biberones y noches de sueños plácidos. «Dormía del tirón desde el principio», asevera el muy afortunado.
Sus respectivas familias sí mantuvieron cierta «preocupación» inicial. No por homofobia, sino por machismo. «Pero, ¿vais a poder haceros cargo del bebé? ¿Estáis seguros?», relata José Luis.
El mismo prejuicio, pero a la inversa, afrontan Ana y Paloma. «Claro, como se supone que somos las mujeres las que cuidamos de los hijos...», ironiza esta pareja de vallisoletanas. El pasado mes de octubre se convirtieron en las primeras mujeres gay de la Comunidad en adoptar a un menor. Al menos, fueron las primeras en lograrlo «sin hacer trampas». Es decir, juntas, como pareja. Las dos. Mamá y mamá.
Cuentan que lo habitual en casos como el suyo es que lo solicite sólo una de las madres (aunque más adelante la otra se sume con una custodia legal). Hacerlo a título individual abre las puertas a la adopción internacional (vetada para parejas de homosexuales), una vía que hasta hace unos años ofrecía tiempos de espera más cortos. El colapso en varios países por el aluvión de solicitudes cambió las tornas. Y ahora es la adopción nacional la que recibe más peticiones.
En España, la adopción está abierta a cualquier tipo de familia, conquistada ya la equiparación de derechos para el colectivo homosexual, cuyas reivindicaciones legales culminaron en 2005 con la aprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo. Y eso que para adoptar como pareja no es requisito pasar por la vicaría ni por el juzgado. Ni siquiera es necesario estar inscrito como pareja de hecho. Basta con demostrar una unión estable. Cosa que puede atestiguar hasta el banco. «Nosotros presentamos la hipoteca y fotos antiguas», explica el salmantino José Luis, que llevaba diez años con su pareja cuando inició los trámites.
Para una adopción nacional, solicitarlo como pareja puede presentar alguna ventaja sobre los solicitantes ‘solteros’, ya que la normativa da prioridad a las familias biparentales cuando se trata de bebés de hasta 18 meses, al considerar que a priori pueden contar con una red de apoyo mayor. En todo caso, lo que prima siempre es el «interés del menor», explican desde la Consejería de Familia y Servicios Sociales de la Junta, encargada de valorar las «cualidades y garantías» de los futuros padres.
En cada provincia, un equipo de profesionales (psicólogos y trabajadores sociales) examina a los solicitantes. Ydetermina en un informe de idoneidad si son aptos o no aptos para la crianza.
Ana y Paloma aseguran que el procedimiento «es muy farragoso» para todas las familias. Y si se trata de una pareja homosexual, puede resultar «más duro» aún, porque «tienes que justificar toda tu vida». «Te preguntan desde cuándo eres lesbiana, cuándo te diste cuenta de que te gustan las mujeres, qué piensa tu familia...», relatan. «Si a lo mejor no se lo has dicho a tu abuela, si no has salido del armario en todos los ámbitos, pueden no darte el visto bueno», argumentan al indicar que la llegada de un pequeño exige tener las cosas muy claras. «Ante un hijo no puedes tener nada oculto», agregan.
En ningún momento se sintieron discriminadas –sería ilegal– y enmarcan esa invasión de su intimidad en el procedimiento fiscalizador al que se somete a cualquier persona que opte por la adopción. Lo que sí percibieron fueron «los prejuicios habituales, ni más ni menos», porque los profesionales «que hacen el proceso son personas de la sociedad general».
En esas entrevistas, desnudarse de tal manera ante un desconocido «asusta» y puede disuadir a muchas parejas gays a la hora de emprender la solicitud conjunta. Otra motivación que empuja a algunas personas a iniciar los trámites en solitario es evitar que un cambio en su situación sentimental retrase la asignación de un menor. La entrada en escena de una nueva pareja, por ejemplo, podría poner el contador a cero, enviando la solicitud al final de la lista.
Pese a todo, estas madres vallisoletanas animan a parejas que estén en su misma situación a lanzarse a intentarlo con la verdad por delante. Y para ello, ofrecen su apoyo desde la Asociación Regional de Familias Adoptantes (Arfacyl), donde las parejas homoparentales también están representadas. «Es importante que se nos vea, que se note que existimos, para que la gente no tenga miedo», dicen con la mano tendida.
La experiencia del salmantino José Luis también insufla ánimos:«Los servicios sociales siempre nos trataron con muchísimo mimo;nos asesoraron muy bien y fueron unas profesionales abiertas y atentas en todo momento», relata. Tanto es así que incluso ahora les animan a ‘dar un hermanito’ a su pequeña. De momento, no se lo plantean por aquello de no ajustarse más el cinturón en la actual coyuntura económica.
En su caso, la ‘dulce espera’ hasta que Julia llegó a casa apenas duró dos años y tres meses. Es el tiempo que pasó desde que iniciaron la tramitación en 2009 hasta que acunaron a la bebé entre sus brazos. Más tiempo aguardaron las madres vallisoletanas. «El problema no es que nosotras esperemos siete años, el problema es que el niño tuvo que esperar casi cuatro» hasta que le fue asignada una familia definitiva, reflexionan al lamentar la lentitud del periplo administrativo.
La mayoría de los padres adoptantes solicita niños sin dificultades especiales y cuanto más pequeños mejor. Por eso, los bebés sanos son los que acarrean mayor demora.
Lo que permite ‘subir en la lista’ y agilizar los plazos es abrir el abanico a menores con alguna característica especial. Y aquí la casuística es tan diversa como uno pueda imaginar. Por un lado, están los llamados niños ‘de riesgo’ o ‘niños de determinada dificultad’, un epígrafe que abarca a críos de mayor edad, grupos de hermanos juntos o con antecedentes familiares que pueden derivar –o no– en alguna circunstancia especial. El tercer grupo, el de más difícil encaje, aglutina a los llamados ‘de necesidades especiales’, con peculiaridades más severas, como discapacidades o problemas de comportamiento.
Quienes se abren a adoptar niños de los dos últimos grupos, al hacer los trámites reciben un largo listado de circunstancias y patologías, y cada uno marca las que estaría dispuesto a aceptar. En todo caso, la familia debe dar el visto bueno a la circunstancia concreta del menor que se le ofrezca.
Tanto las madres vallisoletanas como los padres salmantinos se abrieron a otras peculiaridades. Ser diabético, tener hepatitis o llevar gafas son algunas de las casillas que se pueden marcar. «Lo único que queríamos es que se valiese por sí misma cuando fuera mayor», explica José Luis, que afrontó esta tesitura equilibrando cabeza y corazón. «Ten la mente fría y piensa que te vas a comprar un coche. Suena muy frío, pero es el mejor consejo que te pueden dar», relata al precisar que cada familia debe autoexaminar su capacidad para hacerse cargo de sus hijos y procurarles los cuidados que en cada caso precisen. Por el bien del menor.
En el caso de su hija, el ‘potencial’ riesgo no era más que un embarazo no controlado y la ausencia de un informe genético por no tener padre biológico conocido. A punto de cumplir seis años, sigue siendo una niña tan sana y feliz como cualquiera de su edad.
En Castilla y León, una tierra habitualmente a la zaga en cristalizar los avances sociales, hubo que esperar hasta 2010 para que una familia homoparental recibiera a un hijo en adopción. En 2011 lo logró otra pareja al adoptar a dos niños. En 2012, Julia fue la tercera, en Salamanca. Y en los años 2013, 2014, 2015 y 2016 no se registró ningún caso, según el registro de la Consejería de Familia. El año pasado, tres familias dieron la bienvenida a cuatro menores. Y en lo que llevamos de 2018 figuran otras dos:una ha recibido a un menor y la otra, a un grupo de dos hermanos.
En cuanto al número de solicitudes, en los últimos cinco años, 16 nuevas familias homoparentales se han ofrecido para una adopción en Castilla y León. La mayoría, 13, son de sexo masculino. La menor demanda por parte de las mujeres puede explicarse porque ellas tienen la posibilidad de recurrir a tratamientos de fertilidad más accesibles para cumplir con su objetivo maternal. Mientras que ellos sólo pueden ‘embarazarse’ recurriendo a un vientre de alquiler en el extranjero, una vía muy costosa y con profundas implicaciones éticas que en estos momentos se debate en España con división de posturas.
Hasta hace unos años, algunos países sí aceptaban sobre el papel adopciones internacionales por parte de parejas del mismo sexo. Pero esta puerta no acabó de abrirse. No hay que olvidar que en la actualidad la homosexualidad es un delito en más de 70 países.
El presidente de Arfacyl, Javier Álvarez-Ossorio, explica que una «corriente homofóbica» internacional llevó al cierre de fronteras en países como Brasil, Sudáfica y Cabo Verde. Desde la Junta confirman que «en este momento no hay ningún país que admita ofrecimientos para la adopción de familias homoparentales». «Hace años había dos estados de Brasil que sí admitían la adopción de familias homoparentales (Estado de Minas Gerais y Sao Paolo), pero nunca hemos tramitado ninguna adopción con estos estados», apostillan.
Las familias destacan la perfecta adaptación de los menores a su nuevo entorno, doméstico y social. Y ensalzan las cualidades que desarrollan sus hijos, «más tolerantes y respetuosos con la diversidad, de cualquier tipo», remarcan las madres pioneras. En su caso, su pequeño es el menor de tres hermanos:uno de ellos es veinteañero, originario de Brasil, y acaba de emanciparse. Y el mediano, nacido en Etiopía, es un adolescente que ahora ejerce de protector hermano mayor. Ambos fueron adoptados por Ana con anterioridad. Y convivir con ese rico mosaico de realidades a la fuerza forja desde la cuna una respetuosa mirada al entorno. Y en eso consiste, entre otras muchas cosas, una buena educación.