Diario de Valladolid

LOS ESTRAGOS DEL JUEGO ONLINE

«Con una mano daba de comer a mi hija y con la otra me jugaba lo que no tenía»

Sara perdió 6.000 € en cuatro meses en un casino virtual. No tenía ingresos y representa un perfil que crece: el del ludópata on line / Manuel financió su adicción con una herencia, un piso y créditos que no pudo pagar: «Me ingresaban el sueldo y ya estaba en números rojos»

Un joven de Valladolid frente a la pantalla de un ordenador, el perfil que aumenta entre los ludópatas.-PABLO REQUEJO / PHOTOGENIC

Un joven de Valladolid frente a la pantalla de un ordenador, el perfil que aumenta entre los ludópatas.-PABLO REQUEJO / PHOTOGENIC

Publicado por
Alicia Calvo
Valladolid

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Mientras le servía el puré a su hija de cuatro años, no estaba pendiente de si la niña se manchaba o de si le contaba que ya sabía escribir el 1 y el 2. Su mente pensaba en números, pero no en esos. «Le daba la comida con una mano y con la otra me jugaba lo que no tenía por el móvil», confiesa esta madre.

Sara forma parte de un grupo que gana adeptos a la velocidad de un clic y de cada vez menor edad. Es jugadora compulsiva on line en rehabilitación.

Jamás ha pisado un casino. Al menos, no con sus pies. En sólo cuatro meses perdió 6.000 euros de los que ni siquiera disponía en la ruleta y las tragaperras virtuales.

Sin nómina y con los dos miembros de la pareja en paro, explica que hasta hace dos años sólo jugaba «muy de vez en cuando a los típicos juegos» que le saltaban en la pantalla del ordenador cuando navegaba en redes sociales. Pero un mensaje publicitario de un casino le sedujo: «Si ingresas diez euros, te damos otros diez como bienvenida».

Parecía fácil, parecía poco dinero y parecía «inofensivo». Con ninguna de las tres percepciones acertó. Tampoco con sus jugadas.

Pasó decenas de jornadas idénticas embebida en el casino on line, pero recuerda una especialmente. El pulsó se aceleró y su estabilidad se descontroló. «Tuve la suerte de ganar 500 euros». Se adentra en su historia y puntualiza que en vez de suerte fue «una perdición». «Ahí empezó mi adicción», concluye.

Aunque obtuvo ese premio que «venía tan bien» dada su situación de desempleo y con su marido sin ningún tipo de ingresos, jamás palpó ni un céntimo de euro de lo que supuestamente ganó al crupier virtual. «Es lo que tiene jugar on line, que no ves el dinero físico. Ni para cobrarlo ni para gastarlo», apunta esta vallisoletana de 37 años que se vio arrastrada a un mundo en el que en su infancia jugó otro papel. «Me sorprende que me pasara porque mi madre también es ludópata y yo sabía lo que se sufre y lo que se hace sufrir», reconoce.

Sara explica que nunca se ha sentido atraída por las tragaperras ni por otro tipo de juego, pero atribuye su embrujo con las máquinas virtuales y la ruleta a las «facilidades» de internet. También para conseguir microcréditos. «Pedí dos. En el primero me dieron 300 euros y sólo tuve que devolver cinco euros más. Lo hacen para enganchar y lo consiguen». En el segundo, por la misma cantidad, los intereses de quince días ascendieron a 150 euros.

Su deuda fue creciendo y, en vez de parar, probaba más suerte «por si recuperaba», señala.

Mientras tanto, apenas se duchaba, ni cogía un peine o un cepillo de dientes, nunca se miraba en el espejo, no pensaba en qué ponerse, las tareas del hogar asignadas a ella se acumulaban inconclusas y sólo pensaba en que no se agotara la batería del móvil.

Sus horas de sueño disminuyeron a la inversa que las malas contestaciones y el tiempo conectada al casino on line. «Nadie se percató de que yo tenía un problema porque ver a alguien pegado al teléfono nos parece lo normal». Como mucho, algún familiar le reprendía por utilizarlo en exceso y ella le despachaba con cajas destempladas. Asegura ser consciente de que «mucha gente está enganchada al WhatsApp, al Facebook, a juegos, y ni lo sabe».

Su experiencia muestra similitudes con infinidad de las expuestas en la Asociación de Jugadores Patológicos Rehabilitados de Valladolid (Ajupareva) a la que acude, pero se distingue por varias peculiaridades. Fue ella la que se percató de su problema, lo confesó y solicitó ayuda.

Tres acciones nada habituales que emprendió, además, antes de arrastrar años y años de engaños y deudas. Cuatro meses de volverse una jugadora compulsiva empezó la terapia.

Cree que lo padecido de niña por el juego de su madre le sirvió para marcar esta diferencia y no permitir que la ludopatía se extendiera más tiempo. «Supe reconocerlo cuando me vi desesperada. Algo es algo».

El agujero en su cartilla era cada vez mayor y Sara buscaba cómo resolverlo. La suerte en el casino no le acompañaba y cuando lo hacía espiraba demasiado pronto. «Ganaba poco y lo poco lo volvía a gastar porque para ingresar no te ponen ninguna traba, pero para cobrar debes esperar un mes y en ese tiempo vuelves a caer», critica.

Cuando comenzó a debatir qué nuevo microcrédito solventaría sus abultadas deudas reaccionó. «De repente me vi desorientada. No sabía qué estaba haciendo y supe que me había metido en un lío muy grande. Sólo podía contarlo», relata.

Asegura esta ex camarera que «muerta de nervios» sentó a su pareja y le expuso su situación. «Lógicamente reaccionó mal. No entendía cómo podía haber llegado a eso, que le hubiera mentido tanto tiempo y me gastara dinero cuando tanta falta nos hacía y no teníamos nada más que mi paro».

Explica que la convivencia se complicó: «Los primeros seis meses fueron muy duros por la traición y la incomprensión».

Sara expresa llorando esta circunstancia y un compañero de la asociación, Manuel, de 76 años, le interrumpe. Trata de consolarle e incide en que «nadie, salvo que lo viva, sabe el daño que hace el juego a quienes están alrededor del enfermo».

Después, le recuerda a esta vallisoletana que lleva 14 meses sin jugar y en rehabilitación y que para sentirse más aliviada debe centrarse en esta parte del relato.

Ella se recompone y continúa. Con un préstamo de un amigo, tapó el agujero y utilizó el medio que le indujo a la ruina para salir de ella. «Busqué en internet y encontré a Ajupareva. Es gracioso que lo que me llevó a todo esto me diera la solución», indica.

En los cinco días «horrorosos» que tardó desde que contó la verdad hasta que asistió a su primera reunión en la asociación no abandonó su mal hábito. «Ya no podía meter dinero, no tenía de dónde, pero como te hacen cliente vip, disponía de 50 euros virtuales de regalo. Dos días antes de venir a esta sede seguía mirando el móvil y entrando en estos portales», confiesa.

Continuó con el juego compulsivo en ese breve periodo y acarició unas ganancias de 500 euros. Pero no los cobró; el marcador volvió a negativo de inmediato.

No requerir de un ordenador para visitar el último casino de moda también allanó su camino: «Para abrir un PC tienes que tener algo de tiempo, mientras que con los móviles puedes jugar simultáneamente. Mi cabeza se encontraba en el juego, en lo demás parecía ausente. Estás pero como si no estás».

El sencillo acceso a la red y la falta de control una vez buceas en ella convirtieron su fuerza de voluntad en la única posibilidad de parar. «Parece mentira porque internet es inmenso, pero estás completamente solo. Existe una función llamada ‘juego responsable’ por la que puedes ponerte el límite mensual o semanal que quieres gastar. Lo malo es que puedes cambiarlo», aclara. Su limitación empezó en diez euros al mes y acabó fijada en 3.000.

A su lado, escuchándola con atención, continúa Manuel, también ludópata, que le cede el turno de palabra porque asevera que lo que le ocurrió a Sara representa el mayor problema actual, «en auge y descontrolado».

La Dirección General de Ordenación del Juego, el órgano que lo regula en internet, refrenda su impresión y estima que las cifras de juego on line en España se han disparado a niveles récord.

También las salas de reuniones de Ajupareva son testigo del aumento de un perfil de asistentes atrapado en las pantallas de internet, sobre todo jóvenes prendados de las apuestas deportivas. «La juventud lo tiene difícil porque no hay límites. Cae porque juega todo el mundo y cree que no pasa nada y que es fácil ganar un dinero», señala Manuel, cuyo problema se enmarca en una vertiente más tradicional.

Dice Manuel que la primitiva, la lotería y las carreras de caballos y de galgos le han robado casi todo, que menos mal que cuando era un chaval no existía «eso de las webs» y que si pudiera volverá atrás... «Soy incapaz de calcular cuánto dinero he malgastado. Esta adicción mía se ha comido un piso, la herencia de mi padre, todos los ahorros, mi relación con mi mujer y con mis dos hijas».

Sin embargo, desde que entró «a la fuerza» en la asociación trata revertirlo.

A punto de terminar de abonar uno de los cinco créditos que le concedieron, sale de casa con un euro en el bolsillo, como le recomendaron en Ajupareva, y celebra llevar seis años con la cuenta del banco en positivo, aunque conserva cuotas pendientes a las que hace frente porque reestructuró plazos y cantidades.

En los casi 40 años en los que protagonizó una vida paralela, la nómina como celador de un hospital público no servía ni para cubrir lo empleado en azar. «Cuando me ingresaban el sueldo ya tenía números rojos». Lo mismo sucedió con su pensión. Los 1.100 euros se convertían en cero automáticamente.

Manuel detalla su relación con el juego «con una extraña paz», la que no disfrutó en los últimos años «antes de que estallara por los aires» y la familia lo descubriera. Trató de evitarlo como pudo.

Mientras para Sara el teléfono se convirtió en su aliado necesario, para Manuel supuso una amenaza.

En los últimos meses como jugador en activo no podía pagar los intereses de los préstamos, dejó de abonarlos y entonces los cajones se llenaron de cartas amontonadas que no abría –«¿Para qué? Si ya sabía que eran avisos», apunta–.

Su indiferencia postal derivó en que su teléfono fijo sonara sin cesar. Pero ideó una fórmula que creía infalible para eludir responder: cada mañana se levantaba antes que su mujer y soltaba «un poco la clavija sin que se diera cuenta». Un día de hace seis inviernos lo olvidó.

Una semana después recibió un ultimátum de su esposa y sus hijas que pasaba por la terapia de la asociación.

No ha vuelto a apostar. Ya no pregunta al lotero si le vende las terminaciones de «la niña bonita (15), la muerte (100), las monjitas de rodillas (22) o el piojo (62)» y tampoco siente angustia todo el tiempo. «Por lo menos en mi casa se habla, se dialoga y ya no se chilla. Fueron unos días horribles. El corazón se me salía del pecho, tenía muchísima tensión. Estaba muy angustiado porque veía que iba a explotar una bomba», expone. Temía que le echaran de casa. «No sé cómo no lo han hecho. El juego me ha dado mala vida y yo se la di a los que tenía cerca».

Cuando trata de retroceder hasta el principio, le resulta difícil distinguir el momento exacto. «No recuerdo cuándo pasé de ser jugador social a ser un ludópata porque la línea es muy fina».

Lo que recuerda con nitidez es la sensación de que «el resto no se enteraba de nada» y lo cerca que se sentía de ser el agraciado. «Tenía la seguridad de que me iba a tocar y de que a las tontas de mi mujer y mis hijas les iba a dar con tres pisos en la cara. Estaba ya a punto, me faltaba muy poco para que me tocara porque llevaba tantos años jugando que tenía que ser así», relata irónico y consciente de su error. No pasó de una pedrea.

De esta última reflexión emana cómo trataba a los suyos. Lo sabe y le pesa no poder resarcirles. «Lo peor es que no me quedan años suficientes para reparar todo el daño causado por el juego».

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