Diario de Valladolid

Los tíos de Sara alertaron a la policía y a los Servicios Sociales, que «no hicieron nada»

Rosana y Pedro Muñoz denuncian «la total falta de atención» por parte de ambas instituciones el 28 de julio, cuando se pusieron en contacto con ellas al ver que la niña tenía un ojo amoratado

Rosana y Pedro Muñoz, los tíos de Sara, ayer durante la rueda de prensa.-ICAL

Rosana y Pedro Muñoz, los tíos de Sara, ayer durante la rueda de prensa.-ICAL

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Aitor Ferrero

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A dos días de que la consejera de Familia, Alicia García, comparezca en una comisión de las Cortes para explicar qué falló en el desempeño de los Servicios Sociales para que no se protegiese a Sara, la niña de cuatro años asesinada supuestamente por el compañero sentimental de su madre –ambos en prisión preventiva– tras haber sufrido abusos físicos y sexuales, los tíos de la pequeña ofrecieron ayer su relato de lo ocurrido durante las semanas previas a su muerte, en concreto, entre su primera visita al hospital, el 11 de julio, hasta su fallecimiento el 2 de agosto.

Rosana y Pedro Muñoz, hermanos de Davinia, la madre de Sara, denunciaron, entre lágrimas, «claras deficiencias» en la gestión del caso y se centraron en «uno que fue definitivo, la total falta de atención a las llamadas» que realizaron a la Policía Nacional y Local, además de a los Servicios Sociales, el 28 de julio, cinco días antes de la muerte de la niña, cuando intentaron, sin éxito, que su madre la llevara al hospital al presentar contusiones en la cara. Además, anunciaron que se personarán como acusación en el proceso judicial y que solicitarán la custodia de la hermana de Sara, de doce años, cuya tutela está, en la actualidad, en manos de la Junta.

Pedro Muñoz tildó de «depredador sexual» a Roberto Hernández, el presunto asesino, ex mecánico de helicópteros en el Ejército del Aire, y manifestó que «hay indicios de que cuenta con antecedentes». Además, explicó que, desde que su hermana comenzó a salir con él, se produjo un «paréntesis» en la relación familiar, que siempre había sido muy estrecha, según mencionó, y que pasó a una «desatención por parte de Davinia hacia sus hermanos».

Según el relato ofrecido por Rosana Muñoz, el primer contacto que tanto ella como su hermano tienen con una posible situación de maltrato hacia Sara fue el 11 de julio, cuando Davinia Muñoz lleva a su hija pequeña al Hospital Campo Grande con hematomas en el cuerpo y los labios muy hinchados, signos que derivan en un parte de lesiones y en la apertura de una investigación policial por un posible caso de malos tratos hacia la niña.

Mientras va al hospital, Davinia llama a su hermano Pedro, que se persona en el complejo junto con Rosana en el momento en el que madre e hija han abandonado la consulta. Al preguntar por lo ocurrido, Davinia contesta que la niña se había golpeado mientras jugaba con su hermana, pero que, aún así, el pediatra había elaborado un informe de malos tratos, por lo que tenía que ir a declarar a comisaría. Allí, tal y como, horas antes, había hecho en el centro hospitalario, intenta culpar de los golpes a su expareja y padre de la niña, un hombre de nacionalidad rumana del que denuncia también malos tratos hacia ella, denuncias que, más tarde, fueron retiradas.

Davinia insiste en que, debido a que el padre de la niña «se había ido a vivir fuera», el riesgo tanto para ella como para la pequeña se había acabado, pero, ante las sospechas, la Policía Judicial elabora un atestado que remite a la Fiscalía de Menores y que, más tarde –el día 21–, llegará a la Gerencia de Servicios Sociales al entender el Ministerio Público que era necesario valorar y establecer un control sobre la situación familiar. Durante su estancia en comisaría, Rosana y Pedro son alertados de que su sobrina Sara presenta evidentes signos de maltrato.

BARBACOA EN PEDRAJAS

Unos días después, el 14 de julio, los tíos de Sara conocen a la nueva pareja de su hermana, Roberto Hernández, natural de Medina del Campo, y quien acude, junto con Davinia y las niñas, a una barbacoa familiar en la localidad de Pedrajas de San Esteban –de donde era originaria la madre y en cuyo cementerio se enterró a la pequeña hace unos días–.

En ese encuentro, Rosana percibe que Sara rehúsa acercarse al novio de su madre, mientras que Pedro se percata de que la pequeña tiene «un dedo de la mano muy hinchado», por lo que habla con Davinia y con su pareja para que lleven a la niña hasta Íscar, a urgencias. Según explicaron los hermanos, ante esta sugerencia, «el novio contesta con indiferencia» mientras que la madre espeta a su hermano «que la lleve él sí lo considera oportuno».

Pedro acerca por la noche a Sara hasta el centro de salud de Íscar, desde donde remiten a la pequeña al Hospital Clínico para llevar a cabo una radiografía y comprobar si tiene la falange fracturada. Allí, él y su hermana alertan al personal hospitalario de que la madre de Sara «tiene una denuncia por atención incorrecta» hacia su hija, aunque reconocen no saber las particularidades de la misma. Los médicos descartan la rotura ósea y, en relación a la denuncia, «comentan que ésa es otra cuestión que no afecta al problema» por el que habían acudido al hospital.

Los tíos de la pequeña no vuelven a verla hasta días más tarde, el 21 de julio, cuando Pedro lleva a Sara y a su hermana al cine para pasar un rato con ellas y donde nota a la niña «apagada, triste, retraída, con un estado de ánimo muy diferente al habitual».

No volverá a verla hasta el día 28, cuando, al salir pronto de trabajar, decide acudir a la casa de su hermana, en el número 43 de la calle Cardenal Torquemada, en el barrio de La Rondilla, para ver cómo se encuentra la niña tras varias llamadas no contestadas. En torno a las tres y media del mediodía, Pedro llama al timbre desde el portal y comprueba que no funciona, pero en ese momento llega su hermana del trabajo –Davinia Muñoz era militar en activo en el Centro de Comunicaciones de Capitanía– y sube con ella a casa.

Al entrar en el piso, la imagen que ve el tío de la niña es «al novio de su hermana, semidesnudo, aplicándole hielo a la niña ya que tiene un ojo muy hinchado y morado». Cuando Pedro le pregunta qué ha ocurrido para que se encuentre así, Roberto Hernández le responde que «no lo sabe y que se habría dado un golpe con una mesa».

Según relató Rosana, su hermano intenta que Davinia y su pareja lleven a la niña al hospital, ante lo que Hernández responde «con indiferencia diciendo que eso no es cosa suya». Tras recriminarle Pedro su actitud, la reacción del presunto asesino es marcharse de casa. Sara, su hermana, Davinia y Pedro se quedan solos en el piso. El tío de la pequeña intenta convencer a la madre de que la niña necesita ver a un médico, a lo que ella responde que «no la va a llevar a ningún sitio porque ya tiene una denuncia de maltrato hacia la menor y que, si vuelve al hospital, le quitarán la custodia de sus hijas».

Pedro insiste y su hermana le echa de casa «de muy malas maneras», por lo que el tío de la niña persiste por teléfono hasta que Davinia deja de contestar a las llamadas. Pedro avisa a Rosana para que acuda hasta el domicilio de las niñas y le ayude a convencer a la madre. Ante la cerrazón de ésta, deciden llamar a los Servicios Sociales –«que no contestan»– y a la Policía Nacional y Municipal, llamadas que se producen entre las cinco y las siete de la tarde desde la puerta de la casa familiar y que los tíos de la pequeña conservan en sus teléfonos móviles, según indicaron en su comparecencia ante los medios.

Durante la tarde los policías «se pasan la pelota unos a otros diciendo, en todo momento, que ésa no es responsabilidad suya». «En una llamada, dicen que si la madre no ve conveniente llevar a la niña al hospital, es ella la que toma la última palabra».En otra llamada, «les dicen que, si no hay denuncia, no pueden hacer nada», pese a los avisos de que la niña tiene un seguimiento por posibles malos tratos y que su madre ni les contesta ni les abre la puerta.

Además de con las Fuerzas de Seguridad y los Servicios Sociales, los tíos de la niña se ponen en contacto con el 091, que le insta a llamar al 092 «y así sucesivamente, durante un buen rato».

La siguiente fecha que mencionaron Rosana y Pedro Muñoz en la rueda de prensa de ayer fue el 2 de agosto, cuando la niña ingresa en el Clínico con muerte cerebral. Ese mismo día, ambos tienen una cita con los Servicios Sociales a las dos de la tarde que éstos anulan horas antes, sin mencionar a Rosana, su interlocutora, que la niña está ingresada con muy mal pronóstico, de lo que se enteran gracias al aviso de un policía a las siete de la tarde.

Al día siguiente, a las once de la mañana, Pedro yRosana Muñoz se enteran en comisaría de que su sobrina Sara ha fallecido.

«De no haber ocurrido [la falta de atención a las llamadas del 28 de julio], Sara hoy estaría viva», denunciaron los tíos de la pequeña asesinada, que calificaron de «absolutamente imprescindible» que se investigue, con todas las consecuencias, lo acaecido durante aquella tarde y se esclarezca por qué «no se dio una solución positiva a las llamadas de socorro». «Ya sabemos que, a Sara, no le podemos devolver la vida, pero queremos que se clarifique todo lo ocurrido porque es el único camino para que estas cosas no vuelvan a ocurrir», concluyeron entre sollozos.

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