AJEDREZ COMO TERAPIA
Jaque mate al TDAH
Deporte para unos, arte para otros, el ajedrez descubre una faceta terapéutica y educativa para auxiliar a los niños con Déficit de Atención e Hiperactividad. Las casillas blancas y negras ordenan el mapa de su agitado mundo

Dos de los alumnos que acuden a clases de ajedrez los sábados en la sede de la Asociación de Afectados por TDAH en Valladolid.-MIGUEL ÁNGEL SANTOS
Varias madres contemplan «incrédulas» el interior del aula a través de una ventana. Sus hijos permanecen sentados en una silla y ni siquiera reparan en sus presencia pendientes de un tablero de ajedrez. Son los mismos a los que apenas pueden retener o captar la atención cinco minutos sobre un mismo cuento, conversación, estudio o, incluso, sobre un videojuego. Ahora sólo piensan en mover el peón, enrocarse o comerse el caballo para dar jaque mate.
M., de 7 años de edad, consigue concentrarse en la próxima jugada. Una imagen que conmueve al semi escondido público paterno. M. y la concentración no son un binomio frecuente. Nada frecuente. Mucho menos que para el resto de niños.
«El ajedrez lo atrapa», aseguran sus padres. A él y a los otros compañeros con Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) que acuden a las clases de los sábados en la Asociación de Valladolid (Avatdah) creada para dar a conocer y defender los intereses de familias que padecen ese problema. Varias organizaciones de Castilla y León, entre ellas la de Valladolid, promueven «este deporte mental como herramienta terapéutica complementaria».
Padecer este trastorno neurológico supone muchas cosas, las más generales se desprenden de su propia definición: «Hiperactividad, impulsividad, dificultad para mantener la atención, para concentrarse, para terminar la tarea que se empieza, no parar quieto o estar demasiado parado, ser desordenado...», esboza el presidente de la Asociación, José Luis Vaquero.
Explican los padres de los alumnos y Fernando, el docente que imparte la clase, que, de entrada, mientras dura el juego los síntomas desaparecen. El lento avance de blancas y negras en el campo de batalla tiene el efecto de una especie de sortilegio. Una clave en blanco y negro que les auxilia en su agitado mundo.
Cuando termina la clase, así lo aprecian sus padres. S. y M. son hermanos de doce y siete años y llevan tres en esta actividad. Su madre, Mari Luz, expone que para ambos supuso «un cambio gigantesco e increíble porque, de repente, pasó a tener su cabeza estructurada y se organizó».
Lo percibe en cosas tan simples como en el parchís o el Monopoly. «Antes tiraba el dado y ya. Ahora controla las fichas de todos y está pendiente. Se dio cuenta de que hay estrategia tras cada movimiento. Pensó más allá».
De lo que puede parecer una anécdota –sin serlo– salta a otros asuntos del día a día. «Empezaron a gustarle las mates y presta más atención al colorear».
Su hermano mayor pensó al principio que «era un rollo», pero luego cambió de opinión. «Vi que estaba guay. Cuando me aburro y no me dejan la tablet practico con mi hermano; a veces me gana, pero otras no, depende de lo que nos despistemos», comenta.
Además de en el dominio del juego, en su casa afirman que S. ganó en otros terrenos, como en la generación de hábitos: «Si está habituado a sentarse para el ajedrez, es más fácil que se ponga a hacer una tarea».
También repercute en sus habilidades sociales. La relación con el adversario del ajedrez ha sido la base de odios y amistades legendarias en las competiciones. Pero aquí, en este aula de la calle Mariano García Abril, explora algo más importante: sentir curiosidad por el otro, su manera de pensar y su carácter. De hecho, para socializar, S. probó con el hockey, pero Mari Luz indica que «jugando con tantos chicos era más difícil relacionarse porque le cuesta, y estos juegos de uno a uno lo hacen más fácil».
Una experiencia similar relata Marisol. «El niño se transforma por completo. Está quieto en su silla, callado y se relaja», comenta sobre su hijo de ocho años, del que –como el resto de padres– prefiere no dar el nombre porque asegura que por esta alteración de la salud la gente «los etiqueta» negativamente.
A renglón seguido, Marisol señala que esta práctica también influye en el ámbito educativo. «Desde que juega aguanta más en clase», apunta esta progenitora, que reconoce que para ella supone un «descanso» cuando el niño tiene las piezas entre sus manos –en casa compite con su padre– porque el resto del tiempo «tratan de captar su atención todo el rato».
El ramillete de objetivos ocultos bajo el tablero es ambicioso. De lo relajados que terminan la clase da cuenta su familia; pero el profesor, Fernando, explica que hay muchos más beneficios asociados.
Otra de las características común del TDAH es la impulsividad, y Fernando utiliza los alfiles, las torres y el resto del elenco para abordar este aspecto. «Aquí tienen que tomar decisiones. Conocer las reglas. Pensar en que cada acto tiene consecuencias, en el después. Eso no se refleja sólo en el juego, también en su día a día», puntualiza este docente, que incide en que en su clase «tienen que reflexionar y controlar los impulsos»
Fernando también da clase en otros contextos y asegura que no se diferencian. «Busco la naturalidad, no tratarles de manera diferente, que estén a gusto y funciona», subraya.
Otro factor de cambio en el que varios progenitores coinciden es en la tolerancia a la frustración. «Hay tantas partidas que en algunas ganan y en otras pierden. Les motiva que se les dé bien y aprenden que al perder no pasa nada», lo explica Ángel, otro padre satisfecho de esta propuesta.
El curso surgió en Valladolid hace tres años, tras conocer el trabajo del psiquiatra Hilario Blasco, del Hospital Puerta de Hierro de Madrid. Este doctor es uno de los autores del proyecto de investigación ‘jaque mate al TDAH’, que profundiza en esta disciplina como herramienta para el tratamiento de este trastorno, «siempre que a los niños motive y les guste».
Los estudios sobre este juego describen los beneficios relatados por los asistentes a los cursos de la asociación vallisoletana y alguno más. «Desarrollo del pensamiento crítico, agilidad mental, memoria, fortalece el carácter, control emocional...».
Pese a que se persiguen metas muy serias, el presidente de la asociación incide en que «nunca debe perderse el carácter lúdico de la actividad». «Lo fundamental es que vengan apeteciéndoles». Fernando, el profesor, incide en que eso ocurre en la mayoría de las veces. «Este juego les atrae. Tiene algo especial».
«El docente es decisivo. Les cambia la vida, para bien y para mal»
En Castilla y León, el 6,6% de los niños tiene TDAH. En el aula, con cierta frecuencia este trastorno se confunde con desobediencia, falta de atención o nula disposición para aprender sin motivo aparente. Sin embargo, el que un docente sepa cómo atender a un alumno con Déficit de Atención e Hiperactividad puede marcar la diferencia. «La falta de diagnóstico les condena al fracaso escolar. El docente es decisivo para estos chavales; les cambia la vida, para bien y para mal», dice el presidente de la Avatdah, José Luis Vaquero, que afirma que, pese al protocolo de laJunta para centros educativos y sanitarios, «no todos los profesores están correctamente formados». Vaquero apunta que el profesor puede emplear «habilidades sencillas y, con voluntad, cambiar mucho»: «Colocarlo en un sitio próximo a él, cuando ve que pierde la atención pedirle que le traiga un folio, darle más tiempo en el examen...». Todo porque «estos niños no pueden estar una hora quieto y atento porque es un sobreesfuerzo grandísimo».