Pepe Mayoral: el arte de encerrar toros
El ganadero vallisoletano, junto con el caballista Sergio Ramos, hermana y encabestra en su finca de Castronuño a los astados que protagonizan los encierros más importantes de Castilla y León

Sergio Ramos, a la izquierda, y Pepe Mayoral, a la derecha, conversan sobre los astados.-C. MATA
Arde el asfalto hasta la entrada de la finca Carmona, en Castronuño, y arde la rastrojera. El mercurio flirtea con los 40 grados y el calor convierte el paisaje en un lienzo difuminado, borrados los contornos de las figuras. En estos pagos, en los que el lobo devora recentales en el crudo y despiadado invierno, cría Pepe Mayoral sus santacoloma y, en los meses de julio y agosto desde hace varios años cumple con la faena de hermanar y encabestrar los toros que protagonizarán los encierros más prestigiosos: Cuéllar, Medina del Campo…
Junto a un pequeño refugio, Sergio Ramos, vaquero con nombre de futbolista, experto en encerrar ganado bravo, y el propio ganadero, preparan esta mañana sus monturas para sacar de paseo a los utreros de Condessa de Sobral, reses que se encerrarán en Cuéllar el martes 30 de agosto. Un encierro largo y exigente, con cientos de caballistas en el entorno de la manada, con varios accidentes orográficos en su singladura, incluyendo un paso bajo la Autovía de Pinares y un tramo final previo a la calles que ejerce como un acelerador de partículas, pero en clave de bravura desbocada.
Pepe Mayoral y Sergio ya están sobre las monturas, en la puerta que da acceso al cercado donde se hospedan los torrestrella lusitanos. «Desde hace unas semanas que llegaron los toros a la finca los estamos sacando a diario, los movemos con los bueyes, un poco dentro del cercado, al paso, y luego los llevamos hasta la zona de rastrojera, con algunos descansos, uno más largo. En total nos gusta que hagan 4 kilómetros más o menos, y que con las paradas estén algo más de una hora fuera de su cerca», expresa Mayoral, que abre la portera desde la cabalgadura a la vez que concluye su explicación.
Una piara de bueyes, berrendos en colorado, se une a un grupo de cabestros que están de modo permanente con los astados. Tras unos segundos de agrupamiento de todo el conjunto de bóvidos, los caballos comienzan a dirigir, lentamente, el bloque de animales hacia la puerta del cercado, situada en un rincón, lo que facilita la salida.
La primavera, tan lluviosa, ha potenciado la aparición de una vegetación fabulosa, ahora quemada por el intenso calor. El descenso de la vaguada favorece el ritmo de la comitiva, que se ve atemperado por la garrocha de Sergio Ramos y el tranco solemne de los bueyes más veteranos.
Extramuros de la finca, tras superar el umbral de una puerta rústica de alambre y palos, la manada se remansa. Los caballistas se reúnen por un momento para intercambiar opiniones sobre el comportamiento de los astados durante el recorrido. Después, cada uno por un flanco, vigilan y cuidan que los bóvidos no abandonen una figura compacta, en la que bueyes y bravos forman una unidad que les hace sentirse más seguros, protegidos frente a un espacio diferente al de su hospedaje habitual.
Jornada a jornada, Pepe Mayoral consigue, con estas faenas cotidianas, artesanales, que crezca entre los astados un sentimiento de cohesión, de grupo, y a la vez una ligazón jerárquica con los bueyes, a los que se acostumbran a seguir y con quienes se sientes protegidos. Hermanar y encabestrar son dos tareas básicas para favorecer que los encierros tradicionales logren cumplir su cometido, que no es otro que la rememoración real y arriesgada de conducir a los astados desde el campo, un espacio de libertad, hasta las calles de la población y, finalmente, el coso.
De ello depende la vistosidad y pervivencia de estos hermosos ritos que nos redimen con la naturaleza. De ello y del respeto a la tradición y la normativa, contraria a la presencia de vehículos que estorban el discurrir de la manada y la belleza del espectáculo.