Patrimonio

Un patrimonio nacido por otro mecenazgo

La superiora de las hermanas bernardas considera que las entidades públicas no deberían quedarse al margen

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Miguel A. Vergaz

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A pesar de la aparición de un benefactor, la superiora de las hermanas bernardas del Monasterio de San Joaquín y Santa Ana considera que las entidades públicas no deberían quedarse al margen: «No es posible que les dé lo mismo que el museo abra o cierre». Con todo, suspira aliviada porque, con carácter inmediato, la situación se ha aliviado: «Nosotras lo único que hemos pedido es ayuda y, gracias a Dios, ha llegado».

Lo cierto es que el patrimonio de estas monjas en Valladolid deviene de una combinación histórica del protectorado público y las fortunas privadas. El original Monasterio de San Joaquín y Santa Ana se remonta la fundación del Monasterio de Recoletas en Perales (Palencia) en 1161. El traslado a Valladolid, en 1596, ocupó en un edificio donde se construyó el actual 1781. Fue esta ya una fundación real con fondos provenientes de la herencia del marquesado de Canales. Carlos III puso a disposición a su arquitecto Francesco Sabatini, que pasaría a la posteridad por obras tan emblemáticas como la Puerta de Alcalá, pero que siempre tendría a la obra realizada en Valladolid como la más satisfactoria de su carrera. Las relaciones de la comunidad de religiosas era tan estrecha con el poder que durante la realización de las obras que sustituían un edificio por otro, las monjas se hospedaron en el Palacio de Marquesa de Caramasa e, incluso, su ‘mano’ con el Rey impidió un intentó de trasladarlas a las afueras.

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