PENSAMIENTOS INTRUSIVOS
Redondo y Pino, desatinados
En serio, debería acabar esta costumbre de misivas públicas entre políticos. Tienen el efecto de misiles dialécticos que nos ponen la cabeza loca. Antaño circulaban comunicaciones oficiales u oficiosas para facilitar un encuentro en persona y, sólo cuando existía la callada, la negativa o la grosería por respuesta, tocaba pregonarlo a la opinión pública. Ahora todo es una exhibición en plan ‘mira lo que le he dicho’ que se airea antes en los medios. De esta impostura al esperpento va un paso.
Véase el absurdo caso del consejero Pino, que envía los recados al presidente, con el que se sienta en cada Consejo de Gobierno, a través de la prensa.
Y si de desatinos hablamos, la semana pasada también le tocó el turno a Ana Redondo, ministra de Igualdad.
Su gabinete eyectó una misiva a Carnero exigiéndole que VIVA (Sociedad Municipal del Suelo y la Vivienda de Valladolid) vuelva a incluir en sus baremos el término ‘violencia de género’. También mandó copia a Isabel Blanco, actual vicepresidenta segunda de la Junta, como si aún fuera la consejera de Familia. Mal. Error. El consejero de Familia es el vicepresidente primero Pollán. ¿Un lapsus? ¿De alguien que fue destacada procuradora y teniente de alcalde de Valladolid?
¿Qué es lo que ocurre en el bloque de Alcalá donde se ubica el Ministerio? Allí reza Igualdad, gran concepto. Y, sin embargo, de sus puertas salió la ‘Ley del sólo sí es sí’. Redondo tomó posesión después de aquello para poner orden y resultó que, andado el tiempo sobre esa moqueta, se les pasó si las pulseras de vigilancia funcionaban. Dejadez. Luego mandamos cartas altisonantes, pero no sabemos a quién. Y así el mensaje, por esencial que sea, no llega a ninguna parte.
Propongo que a estas misivas político-tierra/aire-político no las sigamos llamando cartas. Son pronunciamientos, manifiestos, panfletos de la guerra civil híbrida en la que andamos encabronados.
Una carta es algo cotidiano, y donde vivo las reparten mujeres de la misma edad que la señora Redondo, baqueteadas tras años en los que sucesivos gobiernos organizaron de tal modo Correos que esas veteranas recorren las calles en unas condiciones en las que un joven repartidor de Glovo o Amazon pasaría.
Si no les queda otro recurso que escribirse, los políticos ya podrían, en vez de vocearlo, limitarse a confiar discretamente en estas carteras. Cobran una octava parte que un ministro, pero son la profesionalidad misma. Si hay un error, sólo el interesado se entera. Y los demás, ¡qué paz mental, por Dios!