Creado:

Actualizado:

Hace alguna que otra década, el curso político comenzaba jugando al dominó con los paisanos de un pueblo burgalés, a la sombra de un ciprés legendario y después de haber conciliado el sosiego del espíritu y la oración pía con el deleite de unas chuletillas de lechazo a la brasa, buen pan de pueblo y vino de la Ribera del Duero. Eran los tiempos en los que José María Aznar como presidente del Gobierno reunía en Santo Domingo de Silos a su sucesor en la Junta de Castilla y León, Juan José Lucas, y un buen número de cargos públicos y paracaidistas del Partido Popular para oficializar el regreso de las vacaciones y que se arremangaban ya la camisa para ponerse a la faena de conducir al país por el buen camino, inspirados por el canto gregoriano de los monjes de Silos y orientados por los consejos de las buenas gentes de pueblo. Bucólico a más no poder, si no fuera porque aquello era una llamada a retreta con todas las de la ley para apretar las filas caminando la senda que marcaba el líder sin desviarse un paso. Más o menos como ahora. Quizá Aznar aprendió del fundador de su partido, Manuel Fraga, Don Manuel para los íntimos, que cada año reclutaba a una buena tropa de los suyos en un mejillonero y se los llevaba a navegar y comer marisco durante una jornada maratoniana. No se sabía si era un privilegio o un castigo a ambos a partes iguales, porque Don Manuel solía ser imprevisible cuentan quienes le conocieron. Aquellos tiempos derivaron con el tiempo en breves retiros en el ámbito municipal de alcaldes con sus concejales y finalmente pasaron de moda. Ahora el curso político arranca a cañonazos, a golpe de pancarta y con las pistoleras cargadas y a mano, presto también el cuchillo. Me encanta el olor a napalm por la mañana, confesaba el teniente coronel Kilgore en ‘Apocalypse Now’. La cita, cuyo autor reconozco que he tenido que buscar en internet, viene al pelo después del auto de fe que anoche se celebró en toda España en contra de la invasión de Ceuta hábilmente tutelada por Rabat y protagonizado por un pueblo encolerizado, el burgalés, el castellano y leonés y el de casi todo el país menos los de la otra España, esa que te helará el corazón. O viceversa. La lectura no puede ser otra que la fractura se ensancha por la crispación, la vendetta política destilando veneno sobre los ciudadanos, por la distancia infinita entre las altas esferas y las gentes de a pie y por el abismo que separa a quienes ya no quieres ni querrán acercarse y darse la mano. Arde Missisippi y vuela la peste. De los hombres es errar, y bestial es la porfía, se dice en ‘La Celestina’, que se imprimió en Burgos en una casa frente a la Catedral, donde yace el Campeador en su sepulcro bajo el estrellado crucero gótico. De Castilla la gentil, hemos venido acá; Si con moros no lidiáremos, no nos darán el pan, se lee en el Cantar del Mío Cid.