Diario de Valladolid

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EL otro día contemplé una curiosa escena callejera en el centro de Valladolid. En una amplia esquina que sirve para protestas, unos 50 jóvenes de apariencia universitaria (pálidos, con looks desesperados por demostrar personalidad y lengua musculada) clamaban por el derecho a la vivienda. Bueno, se lo habían currado y creí entrever alguna mujer con un niño y un cartel reclamando casa. En torno a esa esquina se encontraban tres obras en marcha de lujosos edificios para una clase social a la que no pertenezco (de la manifestación no respondo, algunos jóvenes activistas suelen contar con un buen colchón parental). En esas tres obras trabajaban señores que, por edad, podían ser los abuelos de la quejumbrosa camada, y ya les digo que de haber algún obrero joven no era precisamente muy pálido.

Vamos, que tras una simple observación de Sherlock Holmes de tercera, ya les advierto que si hay algún político autonómico o nacional que prometa viviendas de nueva creación no le voten y así reciclamos la papeleta. Para esas promesas no hay mano de obra ni la habrá, que esos obreros abuelos tendrán que jubilarse, digo yo.

Por otra parte, en Castilla y León, al parecer de la Junta, no hay ninguna de las llamadas zonas tensionadas de la vivienda, a no ser que, a la hora de mirar los precios de alquileres y ventas, tengas un tensiómetro en el brazo y el botón del 112 en la mano. Declarar una zona tensionada obligaría a intervenir el mercado y ¡Dios nos libre de ir por ese camino! Atentos, creo que es la primera vez que escribo una frase a la vez irónica y literal. Irónica porque en un Estado moderno la no intervención es una forma de intervención, en este caso a favor de los propietarios. Sincera porque en el resto de España la intervención en zonas tensionadas son ideas de ‘okupa de moqueta’.

Recomiendo un documental llamado ‘Push’, en el que la desvergonzada relatora de la ONU Leilani Farha va por el mundo a gastos pagados denunciando la carestía y la especulación de la vivienda, después de dejar a sus hijos al cuidado de la asistenta en un casoplón que te cagas. Hay una escena impagable con la entonces alcaldesa de Barcelona, con la intención de ilustrar a políticos comprometidos, y esta se pasa toda la escena tragando y asintiendo con la boca llena. Magistral: la cámara no miente; sólo los que están delante de ella.

Miren, el cine me ha dado una idea. Recuerdo la película de Peter Weir ‘Único Testigo’, cuya trama pasa porque Harrison Ford se oculta en una comunidad amish. Hay secuencias memorables, pero la que más me conmovió no tenía ninguna tensión aparente. Una pareja necesitaba casa y todo el pueblo, en el ritual llamado ‘festejo del trabajo’ (toma ya), construye en un solo día una pedazo de solución habitacional. En nuestro caso se podían reconstruir tantas casas abandonadas en los pueblos de Castilla y León…

Por supuesto, nosotros no tendríamos que someternos a las estrictas normas amish. Todos se pueden quedar con los móviles. Las mujeres pueden serrar, dar martillazos y levantar las vigas de madera, mientras los hombres hacen la paella. Venga, jóvenes amigos -qué digo, hermanos-, hay pueblos de esta, nuestra Castilla y León, que incluso regalan el terreno. Venga, tío, si ya tienes la barba puntiaguda como un amish casado. ¡Ánimo! ¿Quién se apunta?

Hagan el favor de no dispersarse.

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