Al menos nos quedan tres burros
En una ocasión estuve a punto de morir en un pequeño incendio forestal por mi absoluta negligencia para cubrir la noticia. Era sólo un fuego de sotobosque que, de haber consumido mi vehículo, podría haber alcanzado la copa de un árbol. Resulta obvio que escapé. Pero aún conservo una considerable herida en mi soberbia, y en aquel lugar yacen las cenizas del imbécil urbanita que creía que la naturaleza existía para poder dárselas de ecologista.
Estos días he recordado ese incidente a menudo e incluso he tenido pesadillas. Lo justo sería decir que esa desazón profunda empezó con las horribles muertes de Almería. Pero, para qué engañarnos, la cercanía cuenta. Creo que el subconsciente es aún más egoísta que el consciente. En los incendios de estos días arde la naturaleza, esa trampa que te liquida a la mínima, pero también arde el aire que respiraron mis padres, que respiran mis hijos.
Toda esa zozobra de Fermoselle, del Tiétar, de Burgohondo, de los Arribes, del Bierzo... Ellos se van a dormir devorados por llamas que consumen la conciencia porque otros no tienen consciencia del peligro, ni en invierno ni en verano. Al menos nos quedan tres burros.
Una medicina milagrosa surgió cuando la dueña de la Granja Salcedillo, en Zamora, compartió imágenes de sus burros a salvo. Aunque no soy tan guapo como ellos, me identifiqué en sus ojos asustados, rodeados por un paisaje negro como la noche del alma, aún paralizados y sin atreverse a acercarse a la mujer que les proporciona alimento y que gritaba de alegría. Aquellos tres burros me han valido tanto como las tres Gracias, la Trinidad, el aristotélico planteamiento, nudo y desenlace de una fábula: por uno que destruye, hay millares que resisten... en Fermoselle, en el Tiétar, en Burgohondo, en los Arribes, en El Bierzo...
Una vez ayudé a apagar unas llamas. Bien entrada la noche, y en una de esas nacionales que nunca llegan a ser autovías, me topé con un camión varado cuyas ruedas ardían. Mi intervención no tuvo nada de heroica, aporté el contenido de un extintor que, junto a dos del camión, bastó. Sin poder si quiera hablar, con los ojos llenos de humo, contemplé la pequeña parcela de noche y su belleza indiferente de pinos retorcidos, manto, tierra y ceniza metida en los zapatos y en la cabeza. El colocón de adrenalina y humo me hicieron consciente de mi cuerpo y de la tierra que lo sostenía. Y aún recuerdo esa sensación.
¿Que no he mencionado a los políticos, sus declaraciones, sus medidas? Preferiré, si aún sigo escribiendo, hacerlo en invierno para no tener que hacerlo en verano. Ahora me preocupan esos burros que no son míos y esa naturaleza que odio y quiero. El fuego quema todas las contradicciones. Es la noche del alma de mi tierra. Si habla un político le responderé con silencio.