No son incendiarios, son verdaderos terroristas del fuego y la devastación

Un bombero trabaja en la extinción del incendio de FermoselleJosé Vicente

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El fuego no da tregua en Castilla y León. Y los criminales de los incendios, ya sea por negligencia o por pura maldad, tampoco. No es ninguna casualidad que justo en la llegada de una nueva ola de calor, tras el descomunal operativo desplegado en Ávila y Madrid para luchar contra un monstruo que ocasionó el peor incendio de la historia de España, empezaran a saltar focos de nuevos incendios por Zamora y distintas latitudes de León, especialmente en El Bierzo.

Los fuegos no los provocan las monsergas ideológicas de los del fanatismo climático ni las de los del pacto climático. Los incendios los prenden auténticos criminales que sacan la maquinaria en días prohibidos, o que directamente salen al monte cargados de mecheros y gasolina para prender fuego. Para hacer daño, para aniquilar la vida. Los operativos contra el fuego se desviven luchando contra las consecuencias, los agentes de la guardia civil lo hacen persiguiéndolos, en muchos casos encubiertos por el silencio del vecindario. Los que deberían tomar ejemplo en la acción inmediata son sus señorías. Es inexplicable que El Perejil y los responsables de la asociación ganadera que le contrataron sigan libres tras ocasionar el mayor incendio de la historia de España. En El Bierzo, ayer ya mandaron a la cárcel a uno de los incendiarios de Castropodame. Hay que actuar con todo el rigor de la ley, pero sin contemplaciones. Mientras se sientan impunes seguirán actuando. Y algunos de estos lo repetirán. En el momento en que entren de golpe diez en la cárcel y el resto sepa las consecuencias de su negligencia criminal o su acción criminal, el vicio decaerá. Es ya insoportable para los habitantes del mundo rural ver cómo arde su patrimonio, su vida, su prosperidad y su futuro. Es insoportable para todos contemplar cómo auténticos asesinos, que nos matan a todos un poco, andan libres y altaneros, cuando no envalentonados. Más allá de muchas teóricas sobre el cuidado de los montes y los efectos de la despoblación, que son realidades sobre las que se puede teorizar lo que se quiera, pero que están ahí y son inamovibles, los habitantes de los pueblos son conscientes que la primera línea de lucha es combatir a los incendiarios. Los que queman el monte. Los que originan los incendios. Los que siembran desolación, terror y muerte. Por eso hay que endurecer las actuaciones, la legislación, también para las negligencias con el uso de máquinas, y animar a los habitantes a que no sean cómplices silenciosos. Porque en muchos pueblos la gente sabe de sobra quién mete el mechero. Pero eso tiene que ir acompañado de dureza y contundencia policial y judicial. Son terroristas.