Diario de Valladolid

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¡VAYA MANADA de infartos que nos ha proporcionado, y sin darse uno cuenta, la semana pasada! Distingamos, porque los hay de bloqueo total –o sea gravísimos–, y micro infartos asintomáticos, que de momento puedes contarlo, pero que te lanzan un aviso certificado para que lo cuelgues en la puerta del frigorífico, y ojito que vienen curvas. Tres han sido los catastróficos o sin retorno. Uno, la condena de David Sánchez, y al que podemos llamar delincuente con todas las de la ley sin recurrir al bulo o al delito de odio. Dos, la imputación con jurado popular de la esposa del señor Presidente, y a la que, formalmente, se le acusa –según el juez Peinado y la Audiencia de Madrid–, de presunta malversación y de tráfico de influencias. Y tres, la sentencia del Tribunal europeo, que hace de la amnistía sanchista la gran cobijera de golpistas y de terroristas.

Los micro infartos han sido cuantiosos y acumulativos. ¿Hay que señalarlos uno a uno? ¿De verdad? Una pesadez que conduce a la perdida absoluta de la fe ciudadana en la política. Viendo las tajadas que meten los políticos a los derechos democráticos, ya no sabe uno si estos andobas regentan una chacinería para Cáritas, o una peletería de alto standing con pieles de zorra roja. Observen la satisfacción de Sánchez con la voladura de la verja de Gibraltar, el fielato de la droga en España. Disfruten con la conversación del general Luis del Castillo –«el puñales»– que reparte hostias, pollas, mamadas, y da por el culo al general Mora como si fuera el administrador único de los burdeles mancomunados del suegro de Pedro Sánchez. O amplíen sus conocimientos en asaltos con las últimas aportaciones de la cloaca sanchunera y del CIS. Innumerables.

Augurando –no sé por qué–, que todo esto iba a ponerme en el disparador, me llamó mi psicólogo por su cuenta y sin la advertencia de prepago. Aquí, como en todas partes, cuecen habas, y en los loqueros a calderadas. Oye, no entres al trapo de esta gentuza, me dijo. Sigue a tu amigo Alonso de Santos en Bajarse al moro. Ahí aparece un personaje muy singular que está en todas las escenas, pero que nunca habla. Se trata de Humphrey, un hámster que siempre está en su actividad olímpica de subir y bajar por la rueda de la jaula, dando vueltas y más vueltas para estar en forma. Todos los personajes se acercan a él, y le dan lechuga, que es lo que le gusta. Incluso Jaimito sostiene un monólogo prodigioso con el hámster: «Te lo tienes montado a lo Onassis. Como un faraón ahí, pasando de todo. Sólo te faltan las pirámides». Pues tú lo mismo.

Si lo dice mi psicólogo, lo hago y punto. Pero esto es acojonante, pues desde la jaula del hámster, y como si fuera un Humphrey más, todo se oye y se percibe como la lejanía de un eco que a saber si es de verdad. Escuchas lo que quieres y no quieres, pero te resbala por igual. Eso sí, percibes nítidamente que la política es un patio de escuelas trivial y ramplón. Los robos sistemáticos, las sentencias de Europa, la ley de amnistía, las voladuras de Sánchez, las tomaduras de pelo de la cloaca socialista, el lawfare, y las jaranas de los periodistas del lado correcto de la historia, apenas resisten un minuto de pantalla. Una zapatiesta de guardería con todos los niños gritando a la vez por una razón afirmativa donde las haya: sólo quieren oírse a sí mismos. Así que el hámster, harto de ruidos, se identifica al 100% con lo que dice Jaimito: «lo peor es lo mal que se respira».

La jaula de Humphrey, por lo tanto, no es cualquier ocurrencia, sino un invento muy serio. A ella llega incluso un fenómeno universal que da por el culo a la política y a los políticos: todo bicho viviente está pedaleando y peleándose por el Mundial de fútbol, y además viviendo de esa pelea como si fuera lechuga. Hablamos de un nuevo modo de hacer las guerras. Antes, las guerras las hacían los políticos con cualquier excusa baladí y duraban hasta 100 años. Ahora el campo de batalla es un estadio con las reglas bien claras: uno gana y otro pierde según los goles que marque en un tiempo determinado: 90 minutos, una prorroga en caso de empate, y una tanda de penaltis. Al igual que Humphrey, no entiendo nada de fútbol. Sólo sé que es una batalla feroz en la que unos ganan, gozan y ríen, y otros pierden, lloran, y se van a casa con el rabo entre las piernas.

Como hámster que vive en una jaula pedaleando a todas horas –un nuevo Prometeo fundido con su roca–, entiendo que esto es distinto de la política callejera y sanchunera de la España invertebrada. No hace falta ser muy listo para entender que en el fútbol gana el mejor, y que aquí no valen rollos, sofismas, mentiras, y politiquerías de quita y pon. Aquí ves el resultado, y lo palpas al mismo tiempo que lo comprueba el resto del mundo. Hay fenómenos de excelencia, como Messi, que con 39 años siguen rompiéndose el lomo, y sigue siendo un líder indiscutible. Y claro, aunque sea desde la jaula de Humphrey, ves lo innegable: que los corruptos, mentirosos, y fuleros como Sánchez son estatuas de sal, emporios de cartón piedra, suministradores del berreo que, si entras en su corral de ovejas, ya no sales de él por muchas vueltas que des a la rueda del CIS.

¿Qué nos queda a los hamsterianos del pedaleo y adictos al verde tras este campeonato Mundial? No, ciertamente, la esperanza shakesperiana de Yago que repite el muy hijo de puta que soy un canalla o no soy –y que coincide con la esperanza de ser y de hacer política sanchista–, sino con la esperanza del libre que a partir de hoy piensa que es posible otro, otro, y otro campeonato Mundial hasta agotar en el mercado la lechuga por la libertad: delenda est tyrannia.

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