Diario de Valladolid

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NO SE TRATA de ningún jueguecito literario para llegar hoy lunes 18 al revolcón sonoro del tirano Sánchez en Andalucía. Nada que ver con La dama de las camelias de Alejandro Dumas. Lo de hoy es mucho más vulgar y realista. El señor de los camelios era el afilador de mi pueblo, casado con la señora Camelia –la confitera–, al que todos llamaban así. En resumen, un chulo putas, un ladrón de menor cuantía. Para mi abuela era un especialista en camelos, y me decía: «no lo olvides, porque estos siempre acaban mal». Como niño, eso de los camelios me sonaba a caramelos. Lo cierto es que la señora Camelia, harta de lavar los calzoncillos a semejante golfo, lo echó de casa. Un día supimos que había muerto de accidente laboral en una dehesa salmantina.

La muerte por accidente laboral –que le ha costado a Montero, «la mujer más poderosa» del sanchismo, las elecciones de ayer domingo–, es tan vieja como el hombre. ¿De qué murió Abel? De accidente laboral. La palabra camelo es más reciente. Pasó del caló al teatro del XIX, significando galanteo, y luego a lo que hoy entendemos por camelo en español: engaño, burla, trola, embuste, etcétera. Al grano. ¿Hasta qué punto el desastre electoral ha sido tan nefasto para el señor de los camelios por antonomasia, que es Pedro Sánchez, y para sus camelios con escapulario, que decía mi abuela, y que pronosticaban todas las encuestas del Reino menos el CIS? Pues no lo sé. Escribí esto ayer domingo por la mañana cuando todos eran ganadores.

En medio de este guirigay demoscópico y goyesco –de salida todos daban al tirano como perdedor–, permítanme una disidencia corrientucha a la hora del desayuno de hoy lunes, cuando ya los datos de las urnas son un hecho. Una pejiguera que ya señalé aquí con motivo de las elecciones autonómicas en Extremadura –21 de diciembre 2025–, en las de Aragón –8 de febrero 2026–, y en las de Castilla y León el 15 de marzo. A las tres convocatorias se presentó Sánchez –sus candidatos no son más que domésticos para la granja de Orwell–, y en las tres recibió un sonoro tortazo, como el de ayer. Sabía perfectamente que perdería. Pero sus cálculos no coinciden con los nuestros. Nuestras victorias sucesivas tampoco coinciden con las suyas, y se descojona de ellas.

¿Y eso? En estas cuatro encerronas, el tirano no ha ganado ciertamente. Pero, más que nos pese, ha salido reforzado realmente. ¿Ha dimitido? Al contrario. Hace unos días nos recordó que está «a mitad de tarea», y que seguirá «hasta 2027 y más allá». Y es que su hundimiento es sostenible, y esa pretendida caída no es más que «una palabra ociosa», que señala Mateo en XII, 36. Ha superado las expectativas que tiene todo tirano en la recámara: el porcentaje de apoyos se convierte en un acto revolucionario. No hablaré de porcentajes porque no es lo mío. En las andaluzas, el porcentaje del desastre se ha puesto en el 22% y en menos de 30 escaños. Aunque la cosecha haya sido más baja aún, estaríamos hablando de una victoria memorable, de un acicate para seguir en el poder usque ad satietatem, hasta la saciedad.

¿Cómo puede ser posible, si con Sánchez ya hemos rebasado todas las barreras de la ignominia política? No todas. Lo demuestra Shakespeare en su drama Ricardo III con pelos y señales. En el Acto 1, Escena 2, lady Ana se rinde ante el tirano que acaba de asesinar a casi toda su familia. Se va a la cama con el monstruo. ¿Cómo puede ser posible semejante atrocidad? Muy fácil, señores. La tarea prioritaria de todo tirano es crear un elemento destructivo y criminal que sirva de coladero para todas sus maldades y fechorías como un acto de normalidad. Aceptado este horror como regla de entendimiento y de acción política, lo que suceda después da igual. Lo demostró un gerifalte socialista hace unos días tras el asesinato de dos agentes del orden en el Golfo de Cádiz: «De ahí no se pesca nada, a los nuestros les da igual». Fin de la campaña.

¿Cómo es posible que en una democracia constitucional como la nuestra, se conforme el tirano con un simple porcentaje de votos como el obtenido ayer, y que además se consolide en el poder? Inimaginable, pero muy sencillo: porque la destrucción del sistema democrático constituye en sí una normalidad ya aceptada. Sánchez canaliza esa destrucción como forma de vida democrática con una planificación a conciencia y perfecta: todos los poderes del Estado –el Rey, la Fiscalía, el Poder judicial, el Tribunal de Cuentas, el Tribunal Constitucional, e incluso cualquier puta de catálogo– han sido ninguneados y, como escribía Jonathan Swift, convertidos en funcionarios «en la republica de los perros» para formar «una oligarquía», que al fin acaba «estableciendo una tiranía».

¿Qué diría Shakespeare ahora, viendo a tanto camelio en la cúspide de una corrupción criminal? Pues que no es sólo culpable el tirano, sino también sus adláteres. Unos y otros han activado el gran mecanismo de la destrucción masiva de España con una escalera que hay que subir a diario. Es lo que están haciendo el señor Camelio, y su Frankenstein acameliado. Se han subido a la escalera sin arneses para una desescalada peligrosa. Quien crea destrucción, acaba arrasado por esa vorágine. ¿Dónde están los de Podemos, por ejemplo? Con los que portaban el ataúd de Stalin, que también acabaron todos en Siberia. La base antropológica del comunismo consiste en destruir a los suyos, y en joder a los demás, ¿Dónde está lady Montero tras las elecciones de ayer? En el limbo de los camelios del Cabo de Gata, y haciendo un canto a la destrucción de Cuba.

A la espera de unas elecciones generales, si es que llegan, me consuela este galanteo democrático: delenda est tyrannia.

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