AL SERENO
Los desiertos empresariales
Por fin Las dificultades para emprender y llevar adelante una empresa para que prospere con el paso de los años y genere bienestar y riqueza en sus trabajadores, clientes y su entorno sabemos que acechan como un negro nubarrón que se mueve según soplan vientos casi siempre incontrolables. Cuando no es la política o la administración más cercana es cualquier cacique al mando de un país con arsenal nuclear que decide ponerse a lanzar bombas y reventar la economía mundial. En cualquier caso, esas tormentas casi siempre vienen aparejadas de subida de los costes de producción. Cargas que hubieran sido evitables como la subida de los combustibles o los fertilizantes y que tienden a nunca revertir a su coste original. Así no hay manera de que las más expuestas de las aventuras empresariales salgan vivas de estos tiempos convulsos. Tanto es así, que ya se habla de desierto empresarial para referirse a comarcas enteras que se han despoblado de cooperativas, autónomos y empresarios de todo tipo. Se ha intentado, incluso, bonificar y subvencionar la persistencia de esas tiendas de pueblo que lo mismo te venden dos ristras de chorizo que un bote de detergente o unas cerezas. Pero a la larga es como regar un tiesto de geranios a la puerta de un desierto. La Ribera del Duero y las Merindades concentran el censo empresarial en las comarcas burgalesas, pero solo el Alfoz de Burgos crece en la última década, por su cercanía con la capital. En cambio la Bureba, el granero de cereal de España, lidera la destrucción de proyectos empresariales en la última década y el desierto empresarial se prolonga por el oeste de la provincia, en dirección a Palencia y Valladolid a pesar de la proximidad del efecto Renault. Negro panorama. Las ayudas públicas, las declaraciones compasivas, los planes de dinamización y las promesas de reequilibrio territorial no pueden aliviar el hecho de que abrir un negocio en muchos pueblos sigue exigiendo más esfuerzo, más paciencia, más valentía y cabezonería y también rebajar la expectativa de hacer dinero que hacerlo a la sombra de la ciudad. Y así es difícil competir. El problema, en el fondo, va más allá del drama de cuántas empresas se pierden porque hay que tener en cuenta todo lo que se pierde con ellas. Se van empleos, servicios, movimiento en unas poblaciones muy necesitadas de vida y se marchitan las expectativas de poder hacer una carrera profesional digna. A estos sufridos vecinos de nuestro medio rural iban dirigidos muchos de los discursos de la reciente campaña electoral sobre la Castilla y León vaciada. Lo que pasa es que en muchos lugares hace años que la persiana ya está echada y nadie escuchó las mismas promesas de siempre.