Diario de Valladolid

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Recuerdo entre colores desvaídos, como si fuera una película en Super 8, los momentos previos a un mitin electoral del expresidente del Gobierno Adolfo Suárez en unos cines del barrio de Gamonal en los años ochenta. Era la primera vez que escuché la palabra mitin y que vi de cerca el interés popular por la política, más allá del proceso de aprobación por referéndum de la Constitución Española, cuyo flamante primer ejemplar saqué yo mismo del buzón para llevarlo a casa. Lástima que se perdiera con el paso de los años. No tuve otro hasta que inicié mis estudios universitarios en cierta comunidad autónoma en la que la Carta Magna carece del valor y respeto que merece. Aquel mitin de Suárez llegó a mi barrio coincidiendo con los últimos estertores del CDS, a punto de hundir la trayectoria política del hombre que guió a España en la Transición. Los chavales del barrio, ajenos a la importancia de su figura política o al sentido común que pudiera emanar de sus palabras solo queríamos que nos regalaran propaganda electoral, globos, chapas y pegatinas. Pero mientras los mayores acudían al mitin con auténtico interés electoral, a ver qué tenía que decir Suárez. No hubo una concentración de protesta contra el expresidente por su pasado en el régimen de Franco, no se llamó al boicot ni a nadie se le ocurrió que había que impedir que tomase la palabra porque sus cargos en los gobiernos franquistas le invalidaban hasta el punto de ser suprimido de la vida pública. Por suerte en aquellos años ochenta estábamos muy lejos de imaginar el advenimiento de la cultura de la cancelación y no sospechábamos que cuarenta años después nos estaría esperando otra dictadura, una censura social dañina y desquiciada, un sectarismo galopante, una aniquilación del consenso social de la Transición tan brutal que ha atrasado con la tolerancia para crear odio y rechazo y un atraso en la convivencia y la política que nos debería avergonzar como sociedad. Suárez pudo hablar en público en el Gamonal obrero de los años ochenta, hoy hubiera sido linchado por las hordas de descerebrados que se mueven en rebaños y se alimentan en las redes sociales. Hoy los mítines van dejando su lugar al postureo para vídeos de TikTok, a las píldoras de treinta segundos, que es lo máximo que pueden procesar los cerebros idiotizados, dóciles, adoctrinados y reducidos a las funciones fisiológicas básicas por el peso del gregarismo. Rebaños de robots que sueñan con ovejas eléctricas y ciberpesadillas apocalípticas. Hoy los mítines son charletas o canutazos para los medios en mitad de la calle como los batasunos. Del mensaje ni hablamos en estos tiempos del ‘No’ a todo y a dormir o del salvarse a toda costa. Qué lejos queda el ‘puedo prometer y prometo’. Realmente parece que hoy en vez de recordar estoy de regreso del futuro y que cualquier tiempo pasado fue mejor.

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