Diario de Valladolid

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AUNQUE PAREZCA mentira seguimos sin conocernos. Por eso nos queremos poco. Nunca nos quisimos del todo. Nos faltó al principio. Después, también. Y hoy somos unos desconocidos en nuestra propia tierra. Nos hemos criado sin esa madre mitológica, esa hada que protege el bosque. Somos hijos de los montes y de los bosques. Somos la región española con mayor masa forestal, con más árboles que nadie, más montes de todo tipo y con más macizos montañosos, picos y peñas… No hay duda, somos los más verdes, los más bíos, ecos, guais y la tierra mimada de la Unesco que nos llena de etiquetas por doquier. Preguntad a jóvenes y adolescentes que enumeren tan solo seis bosques de la región. Dudo una respuesta convincente. Sin entrar en otras materias, que pasaría lo mismo. No es culpa suya. Nos gestionaron mal eso del paisanaje cultural. Y siguen. Y eso que es la generación defensora de la naturaleza y el medio ambiente planetario. El bosque tiene mucha fuerza en nuestra intrahistoria terrena sentimental. En sus frondas y umbrías se escondían los valientes y los bandidos. Y ahí siguen, aunque no lo crean. En nuestra memoria infantil aparece nítida esa casita con chimenea en un claro del bosque cuya viejecita acogía a los niños que se perdían al caer la noche. O la bruja mala malona, que también. De ahí que duendes y hadas sean los símbolos de un cuento infantil que nunca escuchan los chiguitos en esta región. Sigo con el desamor territorial. Existimos y mantenemos el padrón a duras penas bajo esa bandera cuartelada que sigue deshilachándose por el viento en los balcones de nuestros consistorios rurales. Y eso ha venido a convertirse en falta de amor propio, de sentimiento de pertenencia más allá de la aldea y de la romería de la patrona. Por eso nos defendemos mal, perdemos batallas y vamos camino de perder la guerra total de nuestra existencia como comunidad cultural natural histórica integrada. Nos vence el enemigo disgregador y el ataque certero de la indiferencia. Santo y seña. Y así no vamos ningún lado por mucho que nos ampare el estatuto y marco legislativo de nuestra norma institucional básica. Una vez más insisto en la necesidad de visionar el mosaico entero, con todas sus teselas. Solo así, a través de los colores de esa mampostería geométrica de piedrecitas policromadas y desconcertadas, nos daríamos cuenta de lo ricos, diversos, distintos y cojonudos que somos en casi todo dentro del mapa de España. A vueltas con el mosaico. Pero es la única forma gráfica clarividente y visual de fácil comprensión para ver un primer plano de lo grandes que somos por cielo, tierra, aire y mar, desde el Duero hasta el muelle de Vega Terrón en el oeste salmantino.

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