Diario de Valladolid

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VIENDO EL RIDÍCULO contumaz y estraperlero de la semana pasada, en el que nos ha metido, nacional e internacionalmente, la política sanchunera, el descojone jotero con tanta chistorra, lechuga, higos y nabos en sobres, ha superado las cotas de máxima elevación. Los desatinos no es que se acumulen –algunos exigen «la hora catalana» para echar una siestecita o un polvo–, son inevitables. Son el reclamo perdiguero, al que, según mi vecina Carmina, sucumbimos como el adicto a una peli porno: el vodevil de la flotilla de Gaza, la contabilidad trampista del PSOE de la A a la Z, el señalamiento de juicio al Fiscal General, la recurrencia al aborto como derecho constitucional, o el escándalo de las pulseras controladoras que no regulan ni el desangre de un torniquete.

¡Para de contar, maja, para!, le digo a Carmina, que quiere añadir aquí no sé cuántas cosas más, porque todo esto le parece el pito de un sereno. Vecina, que esta no es La lista de Schindler. Es una columna que tiene los caracteres y los espacios en blanco contados, y puede que incluso hasta los días. Ya ves… como una mañana, Dios no lo quiera, se le ocurra a Sánchez leerme por un casual, se me acabó la libertad de prensa, y me veo en la cola de Cáritas diocesana solicitando una AOL. ¿Y qué es eso? Pues una Ayuda Online Libelista. ¿Y qué es libelista? Pues hija, el Sebas de mi pueblo que, como la Intxaurrondo o el Broncano, cobraba los libelos y los bulos a diez mil euros por el corte. O sea, el pito un sereno.

Pero claro, habrá que aclararle a más de uno qué es o fue un sereno, porque ya no existen. Pues una figura entrañable, incluso literaria, que vigilaba las calles de noche, encendía y apagaba farolas, abría los portales y las puertas, ponía orden, cantaba a capela la hora y el tiempo, y sabía todos los secretos de las casas del barrio. En suma: lo que hoy llamaríamos un confidente de nivel 7. Preguntaras lo que preguntaras, tenía la respuesta a huevo. Para mí, que tengo alma de portera, toda una delicia irrecuperable. Tenía como distintivo un pito de tormenta, con el que avisaba a la policía de cualquier altercado callejero. Pero la institución y el personaje, de tanto tocar el pito –placeres con escándalo traen males acelerados–, degeneró en constante guirigay, en el pito un sereno.

Estamos hablando del antecedente más señero del pitorreo político y chirimoyesco del tirano Sánchez. Le gusta tanto tocar el pito, tanto que, como un real sereno que encornudaba suspiros o lo que hiciera falta, toca a arrebato por cualquier cosa. ¡Allá va! Se le constipa la su Begoña, y de inmediato nos escribe varias cartas de amor a los españoles para que lloremos con él a moco tendido. Pillan robando a varios de los suyos, que suele ser con muchísima frecuencia y con una gran inquina lascívica, y también de inmediato lanza un pitido de auxilio desde el Ministerio de Hacienda con beatitud preñada: «lo que das cuando pagas impuestos vuelve a ti. Vuelve a todos». O sea, a los suyos, aunque ya te hayan robado el cagalar de la yegua y el badajo del potro.

Actitud muy peligrosa en política, porque se haga lo que se haga –ya sea tocar el pito, rascarse el bati culo al modo Lozana Andaluza, o almidonarse con miel de brezo la lengua y las pelotas con una Rima de Bécquer–, ya da exactamente igual, pues todo el mundo, empezando por el tirano, se le va todo como el pito un sereno. Y es que estamos en ese punto de no retorno en política que refiere Menandro en su comedia El arbitraje o Epitrépontes, donde este tipo de risotadas y de lances –lo poco que de la obra se conserva– se pagan muy caras, pues terminan en un ridículo universal y de calcaño. La conclusión más sonrojante de la obra deja a los políticos de la modernidad a cuatro: «Lo más vergonzoso para un hombre público es ponerse en ridículo».

Efectivamente, hacer un comentario formal y mesurado, sin caer en un ridículo jaranero, sobre las cinco batallitas pendenciaras más arriba indicadas, –y que se complementan con otras cinco o diez más para dar y tomar por donde capan los pepinos–, es misión imposible. Tanto el tirano, como los ciudadanos, tenemos planteado un conflicto de intereses lengüilargos. Estamos pillados por lo más frívolo de los memes, y por lo más canallesco y lujurioso de una política dictatorial. El pito un sereno de ida y vuelta. Por esto mismo, decía Unamuno que estamos ante un callejón sin salida, ante un problemón de displasia esquelética: «saber cómo afrontar el ridículo» sin perder la razón o sin acabar como el pito un sereno.

¿Hay cosa más ridícula que una flotilla solidaria con Gaza haga una travesía tan heroica sin llevar un solo kilo de harina fraterna? ¿No es ridículo que el Partido de Sánchez, a la vista de tanto pollino sifilítico, asegure que es el más limpio de la democracia? ¿No es una soberana charlotada que en un Fiscal General se siente como un delincuente en un tribunal, y que no dimita, aunque sea «sub specie artis», bajo la apariencia artística, para irse a casa en mojama fresca? Los otros dos asuntillos –el aborto y las pulseras– son para Sánchez ridiculeces de menor cuantía. Él se encuentra en la cópula y en la cúpula de su gran ridiculez: resucitar la figura del sereno, inventarse una bomba cada día, hacer que explote, aspirar al premio Nobel de la Paz, y encima el despiporre corporativo: que te tomen por el pito un sereno.

Como políticamente no tengo sentido del ridículo –me identifico con los cinco sentidos tradicionales de vista, oído, olfato, gusto y tacto–, lo del pito un sereno me la refanfinfla. Digo lo que tengo que decir, poniendo punto final a mis fobias sanchuneras: delenda est tyrannia.

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