TIERRA ADENTRO
La revuelta de la Vuelta
SERVIDOR, que es un españolito al que guardó Dios cuando vino al mundo, sigue helado entre dos Españas que me tienen el corazón partío. Dispuesto a aguantar hasta que se me descongele el alma. Esto es un no parar. Cada día más y peor. Ya no queda ni un peldaño, ni un rellano en mi escalera, ni un trozo de mostrador en mi “bardabajo” en el que discrepar por las buenas en modo Transición. Tiempos aquellos en los que los hombres y las mujeres se afanaban por entenderse, votarse, crecer y cambiar viejas mentalidades por las nuevas ideas de una sociedad más libre. Que llamamos Democracia. Ay, tiempos aquellos. Ahora la hostilidad vecinal se manifiesta despacito, con miradas de una puerta a otra. Sonrisitas acusadoras y gestos de indiferencia. Desde el primero derecha al noveno izquierda. Por muchas letras y números que pongas, siempre estarán o a babor o a estribor, como dice la canción marinera. No hay manera. Y vuelta la burra al trigo. Me encantaría estar de vuelta de la revuelta. Pero no puedo. No puedo. Cada día me cuesta más reprimir esta incomodidad que supone tener que defenderse de las opiniones. Y la revuelta de la Vuelta me ha dislocado del todo. He visto cerrar estadios, países enteros con toque de queda y suspender lo insuspendible, entrar y salir de penitenciarías a más de uno y de cien y todo por condiciones adversas de diferentes climas políticos (la frasecita se las trae). Pero, lo de la revuelta a la Vuelta, utilizando violencia callejera y poniendo en peligro a los propios deportistas con un escenario vandálico de telediario, es una triste imagen con trascendencia deportiva y política. No acabo de asimilar, entender o justificar la bofetada sentimental de este proceder guerrillero que ha trastocado el brillo espectacular de un acontecimiento deportivo que es el más social, el más geográfico, el que llega a los pueblos, a las calles, a las montañas y cuenta con un público que toma las orillas para ver pasar de forma fugaz al “escapao” y al pelotón de la vuelta ciclista a donde quiera que vaya por España, Italia, Francia o Burgos. No, no voy a eludir el germen de la protesta. Ni me voy a quedar solo con los terroristas de Hamás. Por supuesto que es un genocidio. Claro, que el energúmeno de Trump anda cerca. La supremacía armamentística israelita no tiene freno. Que no canten, que no bailen, que no jueguen y que les saquen de todas las organizaciones internacionales, incluido el cierre de embajadas de Israel. Hasta que pare la locura. Estoy del lado de los palestinos que viven y mueren en Gaza. Pero jodernos la Vuelta a España con una revuelta desmesurada sobraba. Con una presencia en las calles detrás de las gradas, y manifestaciones habría bastado. Como siempre, en este país la culpa la tiene el Gobierno.