Diario de Valladolid

Creado:

Actualizado:

VERANO DE 1992. Durante los meses de julio, agosto y septiembre pasé una temporada con mis abuelos Buenaventura y Carmen en Briviesca, capital de la comarca de la Bureba, población que, en esa época, era un hervidero de gente joven y lugar de veraneo de numerosas familias. Por las mañanas, junto a mis hermanos, alternaba el tiempo entre la Taconera, la Plaza Mayor -con templete en medio de ella, que siempre me pareció extraordinario- y el Parque de la Florida por donde circulaba y circula el río Oca. Algunos días, nos acercábamos a la piscina municipal para darnos un chapuzón. Sin embargo, por las tardes, además de ir al cine, que estaba muy cerca de casa, me encerraba en una de sus habitaciones para leer. En ese pequeño habitáculo, cogí el gusto por la lectura. Todavía hoy me acuerdo, con nostalgia, de los libros que disfruté. Pero uno de ellos resuena en mi mente por encima de los demás: el cuarto protocolo, de Frederick Forsyth. Su fallecimiento hace unos días me ha hecho recordar esos fabulosos momentos de mi adolescencia.

Con las obras de Forsyth me adentré en los mundos de la novela de suspense, de intrigas palaciegas, de infidelidades, de traiciones, de historias rocambolescas, del terrorismo de Estado, de conflictos continentales y de política internacional en un contexto de bloques heredero de la Guerra Fría. La narrativa de este autor me cautivó. Por eso al cuarto protocolo, le siguieron otras obras de este prolífico escritor que jugaba con las mentes de sus lectores como los mejores futbolistas juegan con la pelota que tiene entre sus piernas y que vuelve loco a la defensa del equipo contrario. Chacal, Odessa, La alternativa del diablo o El negociador alimentaron mi descanso. En el año 2015, Frederick Forsyth publicó unas memorias muy interesantes que explican muchas cosas de su apasionante vida. Tiene unas palabras que bien podrían servir de frontispicio de las Facultades de Periodismo: “Un periodista nunca debería unirse a la clase dirigente, por tentadores que sean los halagos. Nuestro trabajo consiste en pedir cuentas al poder, no en asociarnos con él. En un mundo cada vez más obsesionado con los dioses del poder, el dinero y la fama, el periodista y el escritor deben guardar distancia, como un pájaro en una barandilla, observar el mundo, fijarse, sondear a la gente, comentar cosas, pero nunca sumarse. En resumen, deben convertirse en intrusos.”

tracking