Diario de Valladolid
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«AL INVIERNO no lo come el lobo”. Ya lo escuché en mi infancia, en esos días invernales que eran menos fríos de lo acostumbrado. Por cierto, recuerdo algunas semanas de diciembre y enero que nacían y morían plenamente soleadas, y en las que venía muy a cuento este viejo refrán que connotaba la particularidad de la tierra en que vivimos. Son fragmentos tenues de la idiosincrasia que aun nos revela mundos inauditos en los que el lobo –como habitante perpetuo de estos montes - pulula a sus anchas en los alrededores de los pueblos… Y los habitantes de esos pueblos anunciaron siempre el acontecimiento como una celebración solemne y ancestral - nunca trágica y nunca temerosa - que amalgamaba nuestro propio escenario con el de esos antepasados que en sus tiempos vitales también se reunían alrededor de las cocinas caldeadas del invierno, o en los laboreos nocturnos y seculares, cuando se agrupaban para hilar el lino o para tejer cobertores y calcetines con la lana de Val de San Lorenzo. Eran las reuniones que en la Montaña de León llamamos “Filandones”, en la Tierra de los Maragatos “Veladas” y que en La Valdería leonesa y sus comarcas limítrofes de Zamora se llamaron Seranos. Y así con otros nombres de igual significado latieron en diversas latitudes de las 9 provincias de Castilla y León, donde también se celebraron como auténticas liturgias... Fueron encuentros vecinales en los que nacieron y se difundieron muchos de los relatos populares que seguimos narrando y que en las noches del frío y de la nieve se hicieron más rotundos y veraces. Fue la voz intemporal, la voz que procedía de un legado perpetuo para nombrar los bosques de encinas y de robles enmarañados en cúmulos del liquen. Así esta tierra nuestra se fue haciendo cómplice de la literatura oral y de las casas más pobres que carecían de libros, pero que tenían, entre sus moradores, contadores de historias.

Son las palabras que han llegado hasta aquí, para deleitar el origen de lo que somos a través de lo sencillo, de aquella humilde y primera literatura. La que ya se ha posado en los remansos del siglo XXI para trenzar los tiempos venideros, los que todavía no existen, los que nos dejan aislados en el interior de este ciclo evolutivo que ha priorizado lo económico y lo tangible por encima de todo. Es lo que nos hemos perdido. El cuenco de las afrentas que van a darnos la espalda para que mimeticemos lo poco que nos queda en tanta ensoñación dilapidada. La literatura oral es cimiento de las demás literaturas que se esbozaron a lo largo y a lo ancho del Planeta. Fue la literatura incipiente y versátil que emancipó al ser humano de sí mismo y lo dejó a la intemperie con tanta imaginación como fuera capaz de imaginar.

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