Diario de Valladolid

FRAN SARDÓN

Ver, oír y mirar hacia otro lado

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El enésimo drama que ha ocurrido frente a la costa italiana de Calabria de emigrantes que huyen de sus países está dejando la escalofriante cifra de 62 muertos y decenas de desaparecidos y una sensación de que estos hechos y estas imágenes se están volviendo indeseablemente cotidianas y de que nos estamos acostumbrando a que seres humanos que huyen del hambre o de la represión de sus viles mandatarios mueran en la orilla, a escasos metros de una oportunidad, de tan solo una, de vivir una vida digna.

Y si de dignidad hablamos no encuentro otro calificativo más acertado que el de indigna para comenzar a hablar y a calificar la actuación ordenada por pasiva de las autoridades del territorio que una vez configuró la Magna Grecia y que siendo conscientes de lo que estaba ocurriendo se mantuvieron impasibles como seres inanimados y yo me pregunto si esa indiferencia es digna de un ser humano. 

Los responsables políticos del país transalpino se justifican, como si su comportamiento tuviera algún tipo de justificación, echándole la culpa a las condiciones meteorológicas y a Bruselas. Las organizaciones no gubernamentales no dudan en afirmar que esta tragedia se podía haber evitado y que están siendo hostigadas por las autoridades para que no puedan desarrollar su labor humanitaria. 

Hay quienes llevan mucho tiempo propagando un discurso en el que utilizan el miedo, el recelo y la desconfianza frente a los emigrantes, frente a aquellos seres humanos que vienen huyendo de la opresión, del castigo, del hambre, de las guerras y de la sinrazón de algunos seres inhumanos, para implantar medidas que hacen frente a la emigración como si los emigrantes fueran los enemigos y hacerles frente fuera un llamamiento al ciudadano para ir al frente a combatirles. En esta ocasión combatirles ha consistido en dejar morir a los integrantes de esa embarcación que tenían localizada hacía días, incluidos niños, frente a la orilla. Curiosa forma de combate. 

Y que resuelva el problema Bruselas, claman, que la Unión Europea disponga, la misma Unión de la que recelan, pero a la que exigen solucionar esta cuestión y que nos les dejen salir de sus países las autoridades, vociferan, esa mismas autoridades de las que huyen y mientras nosotros, los ciudadanos, a los que dicen proteger de estas gentes peligrosas que vienen a quitarnos el pan y el sofá, cada vez parecemos tener más dudas frente a estos terribles dramas que ya no llegan a ser ni trending topic. 

La duda es el éxito de estos discursos del odio frente a los emigrantes a los que están convirtiendo en combatientes a los que tenemos que hacer frente. Combatientes que no nos hacen frente sino que huyen de quienes no entienden otra forma de vida que la del combate y la de que combatan otros. Personas que no forman parte de ningún ejército ni regular ni secreto. Sin embargo, cada vez son más los que se están alistando a los escuadrones de la indiferencia y la impasividad. Un ejército que no deja de crecer. 

Es cierto, no ofrece ninguna duda, de que la Unión Europea debería tejer una política más coordinada y negociada entre los países miembro para evitar estas tragedias que nos empobrece el alma a todos, pero eso requiere de convencimiento y remangarse las camisas. Es cierto que debemos explicar y razonar con más tino las políticas que pongamos en marcha para combatir a las mafias, las verdaderas amenazas, y debemos esforzarnos más en hacer frente al miedo que nos inoculan y al desasosiego que nos generan quienes se erigen como defensores nuestros cuando tan solo pretenden defender y ampliar su status a nuestra costa. No es menos cierto que no es nada fácil hacer lo que digo, aunque debería ser fácil hacerlo mejor de lo que lo estamos haciendo.    

Es fácil, también, caer en un discurso populista y buenista cuando el drama humano es el protagonista de una historia, es muy posible que yo haya caído en alguna de mis frases en este artículo u en otros y voy a reconocer que libro una batalla conmigo mismo para que no normalice las imágenes de una pequeña y maltrecha embarcación integrada por mujeres, niños y hombres que se fugan de una cárcel que se llama dictadura o guerra o miseria y que luchan por llegar a una orilla donde quizás les espere la incomprensión y sean devueltos a sus países de origen. La voy ganando, creo, pero me temo que la guerra que estamos empezando a perder es la de la indiferencia y la de ver, oír, estremecernos, pero acabar mirando para otro lado cada vez con mas frecuencia y menos remordimiento.

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