El vino de Cascorro
Me lo contó Clemente Gómez, un bartolo de más de setenta años, ganadero curtido, orgulloso de su pueblo y amante de los caballos. «Yo monto a caballo desde los tres años y mis hijos y nietos también aprendieron al mismo tiempo que a andar». No exageraba. Apareció con su nieto sentado en la grupa. Clemente era de esos paisanos afables, buen contador de historias y con esa hospitalidad que hemos ido perdiendo en los pueblos. Aquella noche, entre las llamaradas de las hogueras y las nubes de humo, ocurrió algo insólito en medio de las Luminarias, un fascinante rito purificador que, a mediados de enero, moviliza a los habitantes de San Bartolomé de Pinares y a centenares de caballos, pues son los protagonistas. Y entre el calor de las llamas, el frío de enero, las cortinas de humo y los chasquidos del fuero surgió una figura extraña. Pregunté quién era y me dijeron: «Es El Cascorro, tiene plaza y estatua en Madrid y en San Bartolomé, es que de niño vivió aquí casi tres años… antes de lo de Cuba». Aclarado. Ahí estaba el bueno de Eloy con su cuerda y su lata de gasolina en medio del fuego. Paradojas.
Eloy Gonzalo, que así se llamaba, fue otro héroe popular de las guerras de Cuba, que luchó en el sitio de Cascorro, en la tierra de Camagüey, uno de aquellos escenarios de las guerras de nuestros abuelos. Los bartolos cuentan la historia de su medio paisano: «Se amarró a un cordel para acercarse al enemigo y volar un bohío con una lata de gasolina y así, si le mataban, tirando de la cuerda podrían recuperar su cuerpo y ser enterrado en España». Aquella vez se salvó.
A la mañana siguiente pregunté por el vino y por la bodega cooperativa (esta localidad abulense forma parte de la DO Cebreros). Me dijeron que estaba cerrada hacia unos años. Que los socios abandonaron las viñas y que solo un milagro del «Cascorro» devolvería el vino al pueblo. Me hizo gracia la expresión. Pasaron los años. Y este fin de semana me enteré de que un centenar de habitantes se han reunido en la Casa de la cultura con la intención de abrir la bodega, salvar las viñas que quedan y elaborar vinos con DO. Esta mañana entre la niebla una bartola amiga mía me aseguro que había visto al «Cascorro» con una copa de vino de garnacha en la mano. Todo un milagro.