Más seguridad en los encierros
LOS FESTEJOS TAURINOS, tan arraigados en Castilla y León, llevan aparejada una dosis de peligro que muchas veces se olvida o se minimiza, hasta que una desgracia, como la ocurrida ayer en Cuéllar, nos hace reflexionar sobre ello. El municipio segoviano se tiñó de luto, en la última jornada de las fiestas, por la muerte de un vecino corneado en el encierro. El varón, de 61 años, se encontraba en la zona conocida como el Embudo, un tramo en el que acaba la conducción de las reses por los caballistas antes de seguir el recorrido por las calles de la localidad.
Uno de los toros se quedó rezagado y se dirigió hacia una tapia de ladrillo donde un grupo de personas presenciaba el encierro. Los espectadores intentaron guarecerse y algunos salieron corriendo, pero el toro fue a por uno de ellos, más desprotegido, y se cebó con él infiriéndole varias cornadas, todas ellas de gravedad, en zonas vitales. Ni los esfuerzos de los caballistas ni el traslado de l herido a la enfermería de la plaza de toros cuellarana sirvieron de nada, ya que las cornadas eran mortales de necesidad. Fue un dramático final de fiesta que se prolongará con tres días de luto oficial por la muerte de este vecino en un peligroso encierro que pudo haber terminado aún peor, ya que un caballista y dos corredores resultaron heridos en el mismo tramo, afortunadamente sin gravedad.
Hablábamos antes de que hechos como estos deben llevar a al reflexión, porque las circunstancias en las que se desarrollan los encierros en algunos pueblos a veces no son las más indicadas. El lugar en el que se produjo la mortal cogida en Cuéllar debía estar libre de espectadores, ya que existe una señal que advierte de la prohibición de permanecer allí. Sin embargo, es habitual que ese tramo acoja espectadores. Podemos imaginar que es así porque ‘nunca ha pasado nada’. Hasta que pasa. Los toreros, los cortadores, los aficionados a correr en los encierros, saben que, cuando se enfrentan a los toros, en mayor o menor medida están jugándose la vida. Quienes los observan desde la barrera sin las precauciones necesarias también deben tenerlo en cuenta. Por eso, las medidas de seguridad y de control deben ser las máximas y, si es preciso incrementarlas, los ayuntamientos tienen que adoptarlas para tratar de que los riesgos, que siempre los habrá, sean los mínimos.