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YA estoy más tranquilo. Se paró la noria y se bajaron de ella ediles más o menos convencidos de lo que decidieron como buenos cristianos a indicaciones, eso sí, de sus ayatolás democráticos, que les han dictado desde cada sinagoga. Obedientes. Hijos de las tres culturas. Que están en el ADN. Se notó que los primeros pasos, bastón en mano, los dieron algo mareados de dar vueltas de noria al centro, a la derecha, a la izquierda, a sus extremas… Todo para terminar siguiendo una flecha recta que conduce a la casa consistorial.

Miles de concejales y de concejalas se han juramentado en una causa para el común. Lo especial de este compromiso es que lo han adquirido con los más cercanos: sus vecinos del pueblo y de la ciudad, donde viven empadronados los ciudadanos. Con casa en el pueblo. Son aquellos que en la Antigua Grecia se definían por un cierto número de ventajas, obligaciones y exigencias que les distinguían de los no ciudadanos. De ahí sus prerrogativas políticas, jurídicas, religiosas, beneficios sociales, exigencias fiscales y obligaciones militares. Metecos (inmigrantes-forasteros) y esclavos (asistentes y parados) vivían en la ciudad con los ciudadanos, pero esta era exclusivamente una comunidad de ciudadanos. Ciudadanos hombres, puesto que las mujeres estaban excluidas de los derechos políticos. El caso es que los ciudadanos siguen acaparando el protagonismo en detrimento de los «ruralianos». Y ahí seguimos, con la mujer aun reivindicándose y los «metecos» del XXI saltando las vallas para subirse a las pateras.

Servidor sigue siendo un recalcitrante cronista y activista ruralista por convicción. De ahí que me emocionen mis alcaldes y alcaldesas en este arcano geográfico de 94.226 km². Ojo, hay ahí un par de kilómetros arriba y abajo que habrá que investigar. No así la cifra de habitantes, que ya se encarga el INE de restar a los 2.423.875 cada año y de borrar del mapa a unos cuantos de los 2.248 municipios y más del doble de núcleos de población. Aldeas, para entendernos. Estoy tranquilo porque han jurado y prometido, con voz clara, por su conciencia y honor cumplir fielmente las obligaciones de sus cargos con lealtad al Rey y guardar y hacer guardar la Constitución como norma fundamental del Estado. Y esto tranquiliza en esta España «laberíntica», el país de la patria chica, como escribió Gerald Brenan, al que cantó mi añorado Carlos Cano.