Diario de Valladolid

Una vida escrita en la pizarra

El entrenador, uno de los más jóvenes en debutar enACB, acumula 45 años seguidos en los banquillos desde que comenzara en los patios de LaSalle

El vallisoletano Gustavo Aranzana realiza el gesto de solicitar un tiempo muerto.-J. M. LOSTAU

El vallisoletano Gustavo Aranzana realiza el gesto de solicitar un tiempo muerto.-J. M. LOSTAU

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Guillermo Sanz

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No todas las biografías de los grandes hombres viven en pilas y pilas de páginas. Algunas se relatan con letras impregnadas en una pizarra. Es el caso del entrenador vallisoletano Gustavo Aranzana, que pasó de un pupitre frente al encerado de un aula del colegio La Salle a los grandes banquillos con la pizarra con la que se trazan las estrategias ganadoras del baloncesto en la mano.

El balón naranja cayó en sus pies casi por casualidad, pero su sombra se pegó a él con más firmeza que la de Peter Pan. «Empecé en el baloncesto en La Salle. Me apunté porque jugaba mi hermano y me gustó», recuerda. En los patios del colegio fue quemando etapas como jugador mientras se hacía un hueco como entrenador del minibasket. «Nunca piensas que puedes llegar a profesional», confiesa. Sin embargo, la lógica acabó cayendo fruto de su propio peso. El papel de Aranzana en el CDU, donde además de jugar ejercía de segundo de Mario Pesquera, llamó la atención de las altas esferas.

El río llevó sus aguas hasta Huerta del Rey, donde fue reclamado para convertirse en la mano derecha de Vicente Sanjuan, Enrique García, Mario Pesquera y Emiliano Rodríguez antes de que una marejada pusiera todo por los aires y a un jovencísimo Gustavo Aranzana al frente del equipo, convirtiéndose uno de los entrenadores más jóvenes en debutar en ACB. «Tienes 25 años y llevas tiempo en el club. Tienes la seguridad de que estás preparado y de que puedes solventar el problema, pero por dentro tienes vértigo. Es una obligación salvar al equipo. Había que ser valiente», recuerda. Esa experiencia, previa al paso por la coordinación de la cantera del club, sirvió para marcar el camino a seguir.

Vigo, Palencia y León (donde se convirtió en leyenda tras nueve temporadas) fueron la confirmación de Aranzana. Los ascensos se sucedían y cada vez se oían más fuertes los gritos que reclamaban su vuelta a casa para ejercer de profeta en su tierra; un ruego saciado en 1997. Con Aranzana como rey Midas comenzó una época de alquimia en la que Pisuerga lograba convertir cualquier cosa en oro. El entrenador logró contagiar su ilusión a un grupo mayúsculo de jugadores. «Me hizo muchísima ilusión poder volver a casa. Era un reconocimiento. Fue un proyecto con muchas dificultades económicas, pero llegamos a jugar Europa, fue la última vez que se jugó el playoff y llegamos por meritocracia a las semifinales de la Copa del Rey que se jugó en Valladolid», recuerda.

Sevilla, Tenerife y, de nuevo, León, engordaron la leyenda de Aranzana en la ACB, donde es, con 584 partidos, el séptimo entrenador con más encuentros dirigidos... y con el hito de no haber sido nunca destituido en 40 años como profesional. «Son 18 temporadas y espero volver algún día. Para ello trabajo», asegura el vallisoletano, hoy entrenador del Leyma Coruña. Aprendiz de maestros y maestro de aprendices que llegaron a doctorarse como Paco García, Chechu Mulero, Ricard Casas, Porfi Fisac, Jesús Sala, Hugo López o José Luis Abós. «Yo he sido segundo de muchos grandes entrenadores, pero también he tenido a muchos segundos que han llegado a ACB y eso es un motivo de satisfacción para mí», reconoce.

La vida de Aranzana sobre el parqué se escribe más allá de las fronteras de España. En el año 1991, durante su primera etapa en León, recibió la llamada de la selección española. Desde entonces (como entrenador sub 23, sub 22, sub 20 y como asistente de Lolo Sainz y Javier Imbroda en la absoluta) han pasado por sus manos varias generaciones de ÑBA. De los Dueñas, Jiménez o Garbajosa, a los hermanos Gasol, Navarro, Ricky Rubio, Claver, Rudy Fernández, pasando por los Villacampa Rodilla o Pablo Aguilar. Con ellos, prendió de su solapa cinco medallas internacionales: tres bronces (dos con la sub 20 y uno con la absoluta) y dos platas (una con la selección absoluta y otra con la sub 20) y en la pared, un diploma olímpico como el conseguido en Sidney 2000. «Es el sueño de los sueños. Cuando empiezas en esto no te lo puedes imaginar. Estar en el desfile con la equipación de España y decir que soy olímpico es un sueño maravilloso», reconoce.

La casaca roja quedó aparcada hace años (aunque sigue ligado a la federación como formador de entrenadores) pero su pasaporte siguió poniendo sellos. Lo hizo en Venezuela (con los Guaiqueríes de Margarita y con los Trotamundos de Carabobo) y en Marruecos. «Podía haberme quedado en España, pero estalló la crisis y el baloncesto pasaba por una etapa extraña. Al final eres entrenador y tienes que entrenar, pero son muchos meses fuera de casa sin ver a la familia y es muy duro, pero la experiencia te mejora», admite el entrenador, que vive una nueva época en la LEB-Oro a la sombra de la Torre de Hércules, en A Coruña. ¿La jubilación? Lejana y, tal vez algún día, a orillas de su Pisuerga. «Empecé en Valladolid y, evidentemente, sería bonito acabar allí, pero creo que la gente que está al frente es gente que conozco y quiero y sé que el club está en buenas manos», concluye.

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