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UN DÍA de hace muchísimos años, en una de aquellas noches de ron, cerveza y humo en las que respirábamos ese aire irrespirable que se podía respirar, ocurrió algo. Fue una frase. Se descolgó de una conversación, en medio de la ruidosa nocturnidad de un bar, a última hora. Fue esta: «Nunca entendí las cosas del Estado, pero lo que más me encabrona es no entender el estado de las cosas». Con la última copa tenía su carga filosófica. Se archivó para siempre en mi disco duro y nunca vuelve sola, pues regresa con su banda sonora: el Adiós, mi amor, adiós de Demis Roussos, aquel Goodbye que salía de la máquina de discos. Y sigo escuchando la frase que volaba libre por encima de los ceniceros, como una mariposa azul que yo mismo vi salir aquella noche de la camisa blanca de un poeta en plena conversación. Y cada vez que observo ese hilo que sale del diminuto volcán de un cenicero, con sus hileras de humo blanco de los incendios mal apagados de aquellos cigarros sin boquilla, vuelvo a ver a la mariposa haciendo cabriolas. El poeta se llamaba Félix Fernando y había nacido «a mucha honra» en La Cuesta de La Maruquesa… «Por encima del río y del canal y a la misma altura que la estatua del Corazón de Jesús, el de la torre de la catedral pucelana». Recuerdo a mi viejo amigo que hacia poesía, «que no es lo mismo que escribir poesía» precisaba, cuando me dijo en medio de la niebla que se moriría sin entender qué era aquello del estado de las cosas… Y se fue sin descubrirlo, pero me dejó la misión de investigar su significado. La otra noche regresé al mismo sitio. Caras nuevas. Músicas nuevas. Pero sin ceniceros ni cortinas de humo donde buscar mi mariposa.

En la amanecida y ya de regreso, pensaba en las «cosas» de mi poeta amigo. Y me fijé en que, como en aquellos amaneceres, los almendros florecían a la intemperie y no habían perdido su inquebrantable canto a la libertad. Y ahí estaban, los almendros en flor, otra vez burlando a jardineros y a constructoras. Nadie se atreve a podarlos. Y leí en la prensa digital algo sobre las cosas del Estado: avances del periodo electoral con sus promesas para incumplir de nuevo; sus traiciones de última hora y ese juego de cartas y de chaqueta en el que siempre ganan los mismos frente a la sorpresa de los ciudadanos... Y entonces me di cuenta de que la flor de almendro es una de esas cosas que merecen la pena, sin podas, sin injertos, y son moverse de su sitio.