Ser felices
LA DERECHA azul y la derecha naranja han unido sus votos a los del independentismo para tumbar el Presupuesto del Estado más social del siglo. Por diferentes motivos. Si el PSOE y UnidosPodemos hubieran logrado para su presupuesto sumar los votos independentistas, estas derechas del odio, la histeria y la crispación habrían vuelto a sacar las banderas a la calle para impedir unas cuentas que servían de base para recuperar derechos sociales recortados por el PP.
El ‘problema catalán’ provoca extraños compañeros de cama, toda una adición de insolidaridades en un contexto político en el que la derecha ha arrebatado a la izquierda la hegemonía cultural del progreso y la igualdad. Utilizo expresiones que Bruno Estrada, adjunto a la Secretaría general de CCOO, vierte en su libro La Revolución Tranquila y con el que tuve el placer de conversar este miércoles en Valladolid. Y lo hago porque este economista incorpora la felicidad en la hoja de ruta de ese cambio profundo que necesita una sociedad para que el concepto de democracia llegue a todos los ámbitos y sectores.
Entre los interrogantes que me provocan las reflexiones de Estrada hay uno para el que tengo pocas respuestas: cómo es posible que las elites económicas y sus abanderados políticos, que tanto dolor y pobreza han provocado estos años de crisis, sigan campando a sus anchas y se arroguen, cual monopolio, los valores de la libertad y el progreso. Estoy seguro de que uno de motivos tiene que ver con los errores de la izquierda.
Menos mal que no han podido, y lo han intentado con saña, frenar la mayor subida del salario mínimo en 40 años y un aumento de las pensiones que, con ser muy escasa, supera la que quisieron Casado y Rajoy.
El mismo día en el que unos y otros tumban el proyecto de Presupuestos, la OIT advierte de que España es el país europeo donde más contratos de menos de seis meses se hacen. El mismo informe alerta de que «persisten déficits de trabajo decente» y de la alarmante brecha laboral entre hombres y mujeres.
Los patriotas de banderita miran para otro lado e ignoran por completo las dificultades de subsistencia de mucha gente, seguramente (Estrada dixit) porque prefieren una sociedad marcada por los intereses de los accionistas y no de los ciudadanos. Cuando se instala el cinismo y la ocultación de la realidad social entre los que temen la pérdida de privilegios de las elites, basta contraponer los datos a sus fantasías. La OIT confirma que la precariedad y las desigualdades se enquistan. Por eso, no es malo ahora que prime el coraje y los programas electorales incorporen compromisos concretos y visibles para que el reto de la felicidad llegue a los paganos de tanta desigualdad.