Javier Pérez Andrés

El padre de todos los brindis

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FUE inevitable admitirlo. Hace apenas unas horas, todos y todas, sin distinción de edad, lengua, país, rango social y de todo aquello que nos separa o diferencia, en una choza de pastor, en el salón del Gran Hotel, en la casa del pueblo al calor de la gloria (que, si se pudiese medir, esta temperatura seguramente fuese la mejor de todas) o en el octavo piso de la ciudad derrochando calefacción central… Todos, repito, entrechocamos las copas de cristal para desearnos felicidad con una corona de burbujas bailando sobre la superficie del vino. Es el gran brindis del año. Es el padre de todos los brindis. Me pregunto muchas veces cómo nos arreglaríamos esa noche sin el descubrimiento de aquel fraile que entró en el refectorio gritando «¡Hermanos, hermanos estoy bebiendo estrellas!».

Cuentan en Reims que todavía hoy se escuchan esos gritos por las bodegas de la abadía de Hautvillers donde nació la burbuja y el espumoso tras refermentarse un vino en un envase de vidrio.

En esta escena del calendario del teatro de la vida con partitura navideña nos sabemos todos el papel de memoria. Nos deseamos venturosa felicidad, nada más y nada menos que para todo un año. Muy lejos de ese solidario significado que algunos colocan en el origen germano de la palabra «brindis» esta otra expresión «te lo ofrezco».

Dejémoslo como está. Una cosa es desear y otra ofrecer. Pero hay mucho más en esa escena de gorrito, espumillón, copa de espumoso con trozos de papel de colores y una nariz con piloto encendido por el alcohol. Solo ese día y a esa hora somos buenas personas. Tan buenas, que nos embarga la niebla de la felicidad como una droga blanda que se consume al son de las doce campanadas. Posiblemente sea la única foto de gente feliz que posa enseñando dientes al mismo tiempo en casi todo el mundo rico. En ocasiones, ese momento es el esperado para un abrazo pendiente. Para algunos, el minuto de respiro cuando se dejan atrás doce meses de calvario. Pero, en líneas generales, hay unanimidad en el grito común: «¡Feliz año 2019!». Es entonces cuando nos fundimos en un abrazo sentimental sin precedentes a lo largo del año, una escena con mil caras repleta de sonrisas, tristeza, melancolía, alegría, pena, deseo y locura. Y así fueron, son y serán las cosas en la nochevieja universal. Este acontecimiento festivo será de los pocos candiles de la Navidad que se apague y el único brindis fiel a un horario fijo.