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CONOCÍ a Tomás Rodríguez Bolaños hace algunas décadas. Entonces yo era un joven abogado y él el alcalde de mi ciudad. Durante un periodo relativamente largo, coincidente de modo parcial con su cargo municipal, asesoraba al Ayuntamiento en el realojo de los pobladores de un barrio marginal, en el que la droga hacia estragos, mientras el urbanismo comenzaba a tener mono por desarrollarse.

Pero no fue en la vertiente legal en la que tuve contacto con Rodríguez Bolaños, sino por la común afición a los toros, que me habían llevado a iniciar la ya dilatada trayectoria en la crítica periodística. Recuerdo que a los pocos años de aterrizar en Valladolid, estación de destino, fui a ver, en grada alta, donde me lo podía permitir, una corrida de toros que se celebró aquel 13 de mayo. Una fecha en la que, pese a quien pese, coincide la festividad del patrón de la villa y de los coletudos: San Pedro Regalado.

Rodríguez Bolaños, con quien coincidí en diversas comidas, cenas y reuniones del jurado del trofeo taurino en honor al fraile de El Abrojo, ofrecía ese trato cordial y cercano, transparente, de quienes se saben cumplidores de una misión, instrumentos para un bien común. Qué diferente la clase en su quehacer en la política con el (mal) estilo de Pedro Sánchez. Coincidir en las siglas es, muchas veces, sólo eso.

En cierto modo fue un alcalde que ejerció como un hombre de Estado para un municipio. Que sabía pensar y gobernar para todos. De ahí su apuesta, sin los complejos y prejuicios actuales, por impulsar la feria taurina de San Pedro Regalado. Creía en lo que hacía y no quiso nunca ceder a presiones que impidieran que el ciudadano se sintiera respetado.

Eran, claro, otros tiempos, pero no más fáciles, por las tensiones que en ocasiones se disparaban ante una democracia aún joven e inexperta. Supo Rodríguez Bolaños aplicar el espíritu de la transición también a escala municipal. Para la libertad, la de verdad, no dudó en ponerse el mundo por montera. El valor de un buen hombre.