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PONGAMOS FIN a la literatura lastimera: la ruina no es bella. Acabemos con la poesía que ensalza la ruindad. La ruina de muchos edificios es, sencillamente, una vergüenza de piedra, una condena que pesa sobre muchos de nuestros términos municipales. En el siglo XXI, no se puede aceptar la desgraciada estampa de abandono y la falta de sensibilidad ante el espectáculo lamentable de innumerables ejemplos que jalonan la geografía de Castilla y León.

Me refiero al estado actual de conventos, palacios, castillos y monasterios, y todas las huellas de arquitectura industrial y popular. No voy a caer en el error de acudir al texto de la Ley de Patrimonio: ahí está y en el papel. Ni llorar por un eterno plan director. Tampoco voy a recurrir a lo fácil: echar la culpa a la Junta, a la Consejería, al Ayuntamiento, al Obispado, al marqués o al mismísimo Mendizábal y su consabida Desamortización. Prefiero refugiarme en Europa Nostra y estar atento a sus listas –rojas y negras– para sentirme acompañado. Y no perder de vista a Promonumenta, en León.

Para alguien que tiene un sentido cronológico de un cuarto de siglo de caminos, senderos y vericuetos, admito que se han afrontado rehabilitaciones muy necesarias sobre monumentos señalados. En este caso, me refiero a la actitud impasible de muchos de nosotros, que conocemos el estado deplorable de un edificio de valor histórico en nuestro pueblo y pasamos por delante de sus zarzas y grietas sin inmutarnos. Bueno, a decir verdad, sí que exclamamos para dentro y para fuera: «¡Qué pena que se deteriore y nadie haga nada por impedirlo!».

Que cada cual coloque la pieza en su puzle. Se trata de que nosotros –el común, la población, los habitantes de las localidades, con nuestros hijos y nietos, los veraneantes y esa legión de entusiastas rurales– tomemos cartas en el asunto. Que nos pongamos manos a la obra y que iniciemos una gigantesca hacendera, una revolución, armada con rastrillos, escobas y otras herramientas de trabajo, para limpiar, lavar la cara, suturar las heridas de la desidia y señalizar lo mínimo.

Seguro que, si empezamos por algún sitio, llegará la rehabilitación si es viable. Ha quedado claro que tenemos que ponernos a limpiar el polvo de siglos y redimir nuestras conductas para salvar las últimas piedras, esas que no cantan ni bailan ni ríen. Solo agonizan.