El AVE es caro
EL TRIBUNAL de Cuentas de la UE publicó el mes pasado un demoledor informe sobre la alta velocidad ferroviaria que invita a la reflexión. Sobrecostes, inviabilidad desde el punto de vista del número de pasajeros, velocidad muy inferior a la prevista en el diseño… Todo «un mosaico» de ineficiencias en una inversión de 11.700 millones entre 2000 y 2017.
Pocos fueron los que cuestionaron la rentabilidad social y económica de unas inversiones que se comieron año tras año más del 50% de las inversiones del Estado. A punto de cumplir los doce años de su llegada a Segovia y a Valladolid habría que preguntarse en qué medida la alta velocidad ha reducido desequilibrios económicos, ha propiciado la cohesión territorial, ha impulsado la economía regional y ha mejorado la vida de la mayoría de los ciudadanos en una comunidad dispersa, con elevada población en el medio rural y con gran primacía de servicios en las zonas urbanas.
El AVE no está al alcance de todos; la alta velocidad es cara para la inmensa mayoría, máxime cuando el poder adquisitivo de los que menos ganan se ha menguado con la crisis y el concepto de mileurista ha dado un giro de 180 grados.
El mito de que a más infraestructuras más desarrollo regional se desvanece a tenor de la escasa recolocación y reequilibrio de la actividad económica y del empleo que hasta ahora se ha generado. ¿Alguien puede ignorar que Madrid no sea la gran beneficiada por el AVE a Valladolid o a cualquiera de las ciudades que se unen con la capital? ¿Y no genera la Alta Velocidad un mayor desequilibrio entre las urbes principales y el mundo rural?
Ser el segundo país del mundo con más kilómetros de vías de alta velocidad ferroviaria sería un factor básico de competitividad si a este elemento logístico que actúa en la reducción de costes de transportes se sumaran otros ligados a la especialización productiva, a la formación y a la innovación. No lo digo yo, lo apunta con rigor y valentía el geógrafo César Muñoz, que cuestiona las millonarias cifras de una acelerada inversión con criterios políticos unilaterales que evidencia falta de planificación y ausencia de una ordenación del territorio coordinada con las infraestructuras y con otras políticas activas. A lo que hay que sumar el abandono del ferrocarril convencional, lo que ha podido elevar las diferencias con un mundo rural al que ni siquiera llega la banda ancha de internet y al que cortaron el paso al tren convencional. El AVE es un asunto demasiado caro y complejo como para que alguien se anticipe y analice con el trecho recorrido si Zamora saldrá del subdesarrollo cuando tenga alta velocidad o necesitará mucho más.