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TODO un trago el asunto del Aquarius. Un asunto humanitario, no el más grave, no el de mayores proporciones, pero sí uno de los de más posibilidades para enfocarlo con ánimo emocional. Por tanto, también ideológico. Político. Incluso, por qué no, ético. Sí, ya sé… Pero la paradoja irónica ayuda.

Un barco a la deriva con seres humanos necesitados de alimentos y de amparo. Un chaval secuestrado, y con la amenaza cierta de un tiro en la cabeza. La muerte de Miguel Ángel Blanco sólo fue su muerte. Como la de cientos de asesinados por ETA, pero la historia de su muerte tuvo un calado emocional impactante. El tiempo que se acaba, los segundos que son paladas del enterrador.

Creo que yo hubiera decidido lo mismo que Sánchez. El político quiere ganar, sostenerse, crecer en su poder. Y si sopla el viento de una decisión a su favor aún con más ímpetu desplegará las velas. El problema puede ser convertir el gesto en norma. Sánchez lo va a tener complicado porque llegará el día, como le pasó a Zapatero, en el que tenga que gobernar contra sí mismo. Entonces ya no será tan fácil que le voten, ni en el Congreso ni en las urnas.

Salvo, eso sí, que voten los animales. No es un exceso esto que digo, bueno sí, pero viene al hilo de que el ministro de Cultura sostiene, quizá ahora no tanto -la cartera y los privilegios aconsejan modular los mensajes-, que los animales son, más o menos, iguales que los seres humanos. También en inteligencia. A mí no me extrañan esas consideraciones: existen personas de tan miserable actitud que se pueden comparar con alimañas.

Como esa gentuza de Alsasua que ha sido condenada por la Audiencia Nacional y a la que una muchedumbre ha salido a apoyar en Pamplona. Un supremacismo vestido como defensa de lo autóctono que desvela la necesidad de un Estado que, animales aparte, luche por la igualdad de todos. Y empiece por que se pueda vivir en libertad real en cualquier territorio de España.