Lagunas primaverales
AUNQUE el Campo de Medina afirma ahora la estampa de la Castilla desarbolada, un paisaje sin apenas matices ni mobiliario natural que Delibes calificó de espectacular por su carencia de ornato, no hace falta remontarse muy allá para descubrir otra imagen distinta en este mismo espacio. Más o menos, el salto recorre el medio siglo que lleva su terrazgo parcelado. En los alrededores de Carpio se cuenta hasta media docena de bodones o lagunajos, aunque la mayoría no pasa de mera referencia toponímica, pues la concentración parcelaria resultó poco cuidadosa con estos humedales. Otro tanto ocurre en el entorno de Castrejón y de Nueva Villa de las Torres, aunque el conjunto más nutrido son las Lagunas Reales de Medina.
En Carpio se salvó la laguna de las Lavanderas por la tenacidad de su brote y quizá también por la dramática leyenda de Cirilo Rodríguez, el solitario que la habitó en un palafito aislado en medio de la charca, escribiendo novelas de alquiler. Eran tiempos aquellos de vivencias extrañadas, con mucha gente apeada del carril. Así que Cirilo se instaló con su luenga cabellera y las barbas bravías en medio de las aguas y allí vivía de la caza, cuyos excedentes canjeaba en el pueblo por arroz y aceite. Escribía novelas de negro para algún corresponsal distante, cuyo nombre nunca delató. Hasta que un mal día apareció ahogado en la laguna que amparó sus últimos sueños. Todavía hoy su silueta parece recuperarse para contemplar las codiciadas ruedas de avutardas que celebran el esplendor primaveral.
Cuatro años de labor costó el rescate ecológico del lavajo de Las Lavanderas, la surgencia más importante en nuestra provincia del acuífero de los Arenales. Llevado a cabo por la Consejería de Medio Ambiente y la Obra Social de la Caixa, el proyecto, vinculado a la estación depuradora de aguas cuyo emisario amplió la zona lacustre, restauró la botánica de la cubeta, protegió el perímetro inundado y colocó un observatorio de aves, devolviendo su estado a la fase anterior a la mecanización agraria.