Mujeres de cohesión
CASI la totalidad de los hijos e hijas estamos de acuerdo en que nuestra madre era una mujer guapísima. Basta mirar las fotos del álbum: son preciosas, parecen artistas de cine. Ahí están, en marco de plata, en la estantería de la sala de estar, que así se llamó siempre a la habitación más grande de la casa, donde se comía, se cosía, se estudiaba y se jugaba a las cartas junto a la estufa de butano. En este espacio, madre dirigía la orquesta con una vara de fresno: dura, pero flexible, y de corteza dulce. Hoy ese comedor de vida y esa vara de mediar -que no medir- se ha diluido. Las televisiones ‘privadas’ –o sea, cada uno la suya– han descentralizado aquel bendito roce.
Volviendo a las instantáneas de cine, a madre nunca se le nota triste en ellas. Siempre he pensado que, en esas fotos, había dos madres en blanco y negro: la de antes y la de después de la sonrisa de peluquería. Porque la figura materna es la clave de piedra del arco de la vida. Como falle la puerta que abre, la casa familiar se derrumba y, con ella, lo cotidiano y hasta la propia existencia. No me explico cómo muchas mujeres han sido –y son– capaces de sujetar ese arco soportando, además, los malos tratos de la pareja.
De los derechos de la mujer –que estos días brotan y explotan por doquier– me quedo con el silencio de aquellas madres y mujeres que, a pesar de mil presiones y daños sentimentales y físicos, cohesionaron familias y criaron a hijos e hijas con normalidad, dándoles la misma oportunidad, enseñándoles a ser solidarios, independientes e iguales, con los matices de una época marcada por la muñeca y la pistola, pero sin devaneos machistas ni feministas. Personas libres, en definitiva, como hoy demuestran la inmensa mayoría de los jóvenes.
Salvando las distancias entre las nuestras y las madres que sostienen en sus brazos criaturas que se mueren de hambre en el telediario, quiero aplaudir a las mujeres de la cohesión, que siguen existiendo, por fortuna. Padecí en mi infancia y adolescencia el impacto de un paternalismo cruel. Crecí engañado mientras lloraba. Me rodeaban leyes, sociedad, familia y entorno que callaban. Pero un día, en España cambió todo, y la sociedad también. Entonces, se acabó el silencio y llegó la cordura. Por eso hay que ser implacables ante los casos que se cuelan en nuestra época. Por derecho de mujer y de madre.